El reto de los críticos de cine no es tanto convencer de ir a ver (o de no ver) una película, sino más bien lograr que los comentarios sean para todos: quienes la vieron y quienes no. Nada peor que arruinar el final contando cómo viene. Si evitar esto es de por sí difícil, en “El Secreto de sus Ojos” es además indispensable. No queremos contar que “el asesino es el mayordomo”, así que trataremos de ir con cuidado.

La situación se torna aún más difícil si lo que se quiere es analizar la trascendencia (o como veremos, la intrascendencia) del Derecho como eje del guión. ¿Cómo descifrar mensajes en una película sin revelar cuál es la trama y su final? ¿Cómo describir el carácter de soñador comprometido del Quijote sin contar sus hazañas con molinos de vientos convertidos en gigantes? ¿Cómo comentar de “Twelve Angry Men” el inmejorable tratamiento del principio de duda razonable sin describir la capacidad de un miembro del jurado para convencer a los otros once de la inocencia del acusado? ¿Cómo explicar el sentido de justicia y Derecho contenido en “El Secreto de sus Ojos” sin relatar su inesperado desenlace? La única forma es con un comentario intencionalmente incompleto. No nos queda otra si no queremos arruinar la película al lector que aún no la ha visto.

Para algunos, la religión es un intento desesperado por traducir el mundo a algo comprensible y armonioso. Algunos lo llaman fe; otros, engaño. Pero en uno u otro caso la religión es siempre vista como excusa para entender la realidad en toda su complejidad. Otro ejercicio similar es pensar que las vidas de las personas están compuestas de un tejido de coincidencias. Alguno explicará su vocación de abogado en la coincidencia que su padre también lo es; otro explicará su feliz matrimonio en haber ido a la fiesta en la que conoció a quien después sería su esposa; y así podemos pensar en ejemplos infinitos, haciendo que hasta las coincidencias más insignificantes (a pesar de lo que se cree, no es tan complicado encontrarlas) son en realidad prodigiosas y pronostican los finales más felices o los más desgraciados. Los hechos relevantes de la vida son entonces resultado de eventos aparentemente intrascendentes.

“El Secreto de sus Ojos” (www.elsecretodesusojos.com) es un buen ejemplo de la maestría necesaria para lograr un tejido de coincidencias, a veces nimias, a veces significativas, que ayudan a explicar historias extraordinarias.

Benjamín Espósito se jubila luego de dedicar su vida a trabajar como asistente en un Juzgado Penal, postergando su sueño de escribir una novela. Se anima a hacerlo a partir de una impactante historia que a regañadientes le tocó cubrir mientras trabajaba. Debe investigar un crimen y encontrar al asesino, pero su compromiso con ese objetivo deja de ser sólo profesional para convertirse en el motor de su propia vida. La coincidencia de haber estado de turno en ese caso transforma toda su vida.

Espósito no escribe para sí mismo ni para denunciar los terribles juegos de poder, corrupción y dictadura, sino para la mujer que compartió con él esa historia. Mientras la escribe termina por aceptar que la única forma de reivindicarse a sí mismo y al amor que mantuvo callado por años es precisamente escribiendo.

“El Secreto de sus Ojos” no sólo está bien escrita (no es un guión original sino adaptado), sino que está bien realizada. Texto y contexto son unidos en la pantalla para transmitir un mensaje con particular maestría, gracias a que el guionista y el director están muy bien coordinados.

La película se abre con un adiós en una estación de tren que hace gala de un estilo melodramático que no deja de ser elegante, con colores cálidos, en cámara lenta. Nada más clásico y dramático que una despedida en una estación de tren. Comienza así de forma muy visual y cinematográfica, con una fotografía que se centra en la pareja decolorando los contornos. Es notoria la ambición del director de acompasar los giros de la trama con un lenguaje audiovisual que le siga el ritmo. De esa forma, a medida que la historia avanza, la película se hace más narrativa, de estilo televisivo, con una fuerte carga de suspenso, propia de un thriller.

La narración se asiste de un correcto uso de flashbacks, que no se usan como muletillas para facilitar la narración, sino para enriquecer la línea argumental. La historia no es lineal, sino que se trata de un relato complejo y fragmentado, con un intenso trabajo de cámara, sin que ésta se vuelva nerviosa ni invasiva. Es una notable excepción la escena de la búsqueda incesante en el estadio, cuya factura tiene estilo operístico, de ángulos enfáticos, que nos distrae de los hechos. Esta escena no se condice con la estética general de la película, y paradójicamente no desentona, sino que se integra muy bien en el relato, de pronto para anunciar que llega el momento del clímax.

La buena ambientación hace que la puesta en escena luzca como la Argentina de los años setenta y noventa. Hay una mención discreta de los hechos históricos, de modo que sin demasiados datos explícitos, se denuncia los abusos de la dictadura y los juegos de poder. Al mismo tiempo se trata de una historia que no es “típicamente latinoamericana”, sino más bien ubicua (podría ocurrir en cualquier lugar del mundo), pero que no desecha un agradable humor costumbrista. Sobre esto último, es clave el uso de un clásico personaje literario: Guillermo Francella como Sandoval está estupendo como Sancho Panza. Es un personaje entrañable que sirve de bisagra entre el interés profesional de Espósito de resolver el enigma, y su interés personal por poner orden de su vida.

Es que Sandoval es escudero en las aventuras profesionales y a su vez, un amigo fiel; es pues el ejemplo perfecto de que no se sabe bien cuál historia es la protagonista: la policial o la personal. Esta última, la historia de amor silenciado, funciona mejor que la trama de detectives. De hecho, un punto débil de esta última podría ser que la solución del enigma se basa en miradas excesivamente perspicaces: los ojos delatores de la foto del álbum, la identificación del criminal en un mitin televisado, el clímax en el estadio. Sin embargo, puede “perdonarse” que el guión se tome algunas licencias, pues a pesar de las excesivas coincidencias, la historia no pierde verosimilitud y captura al espectador que con gusto excusa los excesos porque la historia bien los vale.

Cuando el director pretende transmitir un mensaje concreto, entonces el guión se vuelve discursivo y bastante textual, echando mano de frases bien elaboradas, de contenido poderoso, puestas en boca de los personajes. Lo interesante es que esto se logra sin perder espontaneidad: “todo puede cambiar, menos la pasión” dice Sandoval, siendo ésta la idea que desencadena la resolución no sólo del enigma, sino que marca el destino de los personajes principales. Finalmente, en el mar de coincidencias la pasión hace que las cosas se vuelvan, dentro de todo, predecibles.

Es manifiesto el propósito de no dejar cabos sueltos al final de la historia, al punto que todas las sub-tramas son zanjadas, sin dejar ningún pendiente por resolver. Este propósito es tan manifiesto, que las soluciones son bastante simbólicas: coser el expediente, encontrar la letra faltante en la nota, cerrar la puerta. Podría pensarse que este afán por no dejar temas pendientes importa que el director avala la conducta del esposo de la víctima a pesar de ser truculenta, pero al mismo tiempo se deja espacio para interpretar justo lo contrario, o más aún, para sostener que el director no ha tomado partido ni quiere que lo hagamos. De hecho, los autores de esta nota, en este punto, tienen opiniones discrepantes. Pero en cualquier caso el director es suficientemente sutil como para dejar en libertad al espectador de escoger por qué perspectiva toma partido.

¿Qué tiene que ver el Derecho con todo esto? Todo y nada. Todo, porque se trata de una película cuyas dos historias paralelas, la de amor y la policial, suceden a propósito de un proceso judicial. Todo, porque la corrupción y el lado oculto del poder están fuertemente enraizados en un sistema judicial podrido y dominado por un Poder Ejecutivo que ejerce el poder de manera ilegítima. Todo, porque el espectador sentirá regocijo o repudio por la justicia hecha con mano propia. Este “o” puede ser cambiado quizás por un “y” porque muchos espectadores sentirán, simultáneamente, regocijo “y” repudio.

Al mismo tiempo, las historias no tienen nada que ver con el Derecho, pues cada vez que aparece una referencia al sistema judicial y al sistema político, el Derecho se vuelve disfuncional, y lo que es peor, irrelevante. El enigma se resuelve gracias a que las reglas que rigen el proceso son vulneradas, pues si nos atenemos a ellas, nos quedamos con un caso correctamente resuelto en teoría, pero con una injusticia manifiesta en los hechos. Es más, el siniestro final no es otra cosa que una denuncia del divorcio entre el deber ser y la vida real, divorcio que es ocasionado no por la falta de reglas, sino por la imposibilidad de llevarlas a la práctica por la ausencia de operadores jurídicos y políticos probos.

De esta forma, los “héroes” de la historia (si es que pueden ser llamados así) violan las normas con el mismo desparpajo y desapego a las formas que los villanos. El Derecho no sirve ni para hacer justicia ni para impedirla. Todo resultado, bueno o malo, ocurre obviando el Derecho, de modo que éste se vuelve irrelevante. Si ya es lamentable que el Derecho sea un obstáculo para lograr justicia, más lamentable es todavía que sea neutral e irrelevante frente a la injusticia, de modo que nada pasaría en la vida real si algunas reglas fuesen removidas.

“El Secreto de tus Ojos” es una oda a la irrelevancia del Derecho. Y en eso la película no es innovadora. El Derecho prescindible suele ser un lugar común, un cliché usado con frecuencia en el cine precisamente porque el imaginario del público se identifica con esa idea. Los vengadores anónimos que hacen justicia ante la falla del Derecho para alcanzarla, son tan comunes como variopintos. Desde Rambo y Comando (Stallone y Schwarzenegger, respectivamente), pasando por la eliminación de los replicants en “Blade Runner” de Ridley Scott, o la deificación de los invasores que vulneran flagrantemente el derecho de propiedad privada en “La Escalera del Caracol” de Sergio Cabrera, sin dejar de mencionar la obtención de una prueba ilícita en “Anatomía de un Asesinato” de Otto Preminger. Hasta en la televisión el fracaso del Derecho para lograr justicia es un ingrediente que atrae a los espectadores (pensemos en Dexter, el justiciero asesino en serie de la popular serie televisiva).

Seguramente una aplicación efectiva del Derecho que logra finalmente hacer justicia es demasiado aburrido para una película, o lo que es peor, poco verosímil para sostener un relato que enganche. Lo especial de “El Secreto de sus Ojos” es que hace uso del cliché (irrelevancia de la ley) con particular y brutal eficacia y maestría.

De hecho, el juego de coincidencias que activan el desarrollo de la trama conducen a un resultado unívoco: el Derecho no sirve para hacer justicia. Al comienzo decíamos que a veces las personas necesitan explicar lo que ocurre a su alrededor atribuyendo lo que les pasa a un tejido de coincidencias que les permite pronosticar finales felices o desgraciados. En “El Secreto de sus Ojos”, las coincidencias que soportan el desarrollo de la trama explican por qué es tan fácil que el Derecho, a pesar de regular casi todas las conductas humanas, puede llegar a ser la institución más prescindible en la vida de las personas.

3 COMENTARIOS

  1. me parece muy interezante el analisis que hacen respecto a la pelicula, eso todo y a la vez nada que tiene que ver con el derecho…lo cual no hace si no que afianzar mi pasion por el Derecho y que todo nuestra vida estamos sumergidos en Derecho….los felicito por esa fasceta de su vida.

  2. Me parecio muy interesante el final de la pelicula, demuestra como es que la gente esta disconforme con su propio sistema de justicia, como es que a pesar de que existan reglas estas pueden ser violadas y esta situacion es tolerada por todos, demuestra como es que la gente no cree que el Estado le pueda brindar una respuesta adecuada ante una necesidad latente. Tomar la justicia en tus propias manos demuentra la decadencia de una de las funciones principales que justifica la existencia de todo Estado, la administracion de justicia.

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