No resulta desconocido para quien ha tenido la oportunidad de asistir a un curso, por más general que este fuese, de Economía –o de análisis económico del Derecho– aquella creencia acerca de que el comportamiento humano puede ser explicado bajo la siguiente asunción: los agentes tiene preferencias estables y bien definidas, por lo que efectúan elecciones racionales y consistentes a estas preferencias. Esta asunción, tan característica de la Economía, se encuentra consolidada a tal punto que se erige como un auténtico elemento diferencial de la Economía respecto del resto de ciencias sociales. Como comprobación de nuestra afirmación se puede recordar que para los economistas se califica de anomalía a aquellos resultados empíricos que difícilmente pueden ser racionalizados o bien si es que se requiere modificar en algún extremo el paradigma aludido.

A continuación deseamos presentarles una anomalía con el objeto de lograr una mejor comprensión sobre aquellos comportamientos a los que la Economía neoclásica le reserva tal calificación y, por otro lado, subrayar el hecho que un agente puede estar obrando de manera contraria a su propia valoración subjetiva sobre un bien.

Tomemos el siguiente ejemplo: digamos que llenan con clips un frasco, los clips están valorizados en US$ 0.04 la unidad, con la intención de subastarlo a un grupo de alumnos, ofreciéndole al ganador el valor del total de clips (ascendente a US$ 8.00) y no los clips en sí mismos (eliminando la aversión a tenerlos en lugar de efectivo). La subasta se realiza bajo un esquema de sobres cerrados y gana, como es usual, quien emita la oferta más alta. Correlativamente, se solicita a los alumnos que determinen el valor exacto del frasco de clips. ¿Cuáles creen que son los resultados? Es altamente probable que: (i) el valor promedio de las ofertas sea significativamente menor al valor de los clips; y, (ii) el valor de la oferta ganadora será más alto que el valor total de los clips. Si se animan a efectuar este experimento serán testigos de lo que se denomina «la maldición del ganador».

Hasta la enunciación total del caso es sencillo comprender de que se trata (es un ejemplo de una subasta de valor común), sin embargo, ustedes se preguntarán ¿cómo podemos preveer que los resultados de la subasta serán los que mencionamos en el párrafo precedente? Muy sencillo, estamos recogiendo los resultados experimentales que obtuvieron Max Bazerman y William Samuelson. Ahora, y con seguridad, algún lector suspicaz objetará que quienes participaron en la subasta apenas mencionada no tenían conocimientos de Economía o de manejo de negocios. Lamentablemente esta objeción no es válida pues los participantes eran alumnos del M.B.A de la Universidad de Boston que se encontraban cursando sus clases de microeconomía.

Antes de proseguir veamos los resultados obtenidos. El valor promedio que los estudiantes consideraban era el valor real de los clips fue de US$ 5.13, suma que está muy por debajo de los US$ 8.00 en clips que tenía el frasco. Con un resultado de este tipo no se debería presentar una hipótesis de la maldición del ganador, toda vez que si los alumnos consideraban que el valor real de los clips se encontraba alrededor de los US$ 5.13 no deberían emitir una oferta por encima de los US$ 8.00; sin embargo, ¡el valor de la oferta ganadora fue de US$ 10.01! Lo más interesante es que se realizaron 48 subastas (pero sin la posibilidad de obtener un feedback), por lo que los resultados muestran una tendencia empírica bastante sólida acerca de este fenómeno.

Los resultados mencionados podrían ser objeto de una crítica, sobre todo para quienes permanezcan fieles al esquema de la elección racional, la cual es expresada en los siguientes términos: si bien los individuos pueden ser engañados en una o dos ocasiones a la larga podrán, en base a su experiencia, corregir sus errores y tomar la decisión adecuada (aquí se evidencia con nitidez la influencia del paradigma del homo economicus). En este orden de ideas, sería la ausencia de feedback la que explicaría la anomalía reseñada. Desafortunadamente, existe evidencia empírica que echaría por tierra tal percepción, para ello se puede mencionar los experimentos realizados por Sheryl Weiner, Max Bazerman y John Carroll. Aquí la investigación giro en torno a un caso que importaba la compra de una empresa, si bien aceptamos que el ejemplo es distinto al de los clips, lo que queremos subrayar al referirnos a este estudio es la circunstancia de que a los seres humanos no nos resulta tan sencillo corregir errores, incluso tomando en cuenta la experiencia.

Innovadoramente, el estudio aludido incorporó algunas precisiones que se deben destacar, para esta oportunidad se involucraron a sesenta y nueve alumnos del M.B.A. de la Universidad Northwestern, quienes, no sólo contaban con una computadora, sino que repitieron la evaluación en veinte ocasiones cada uno y además se les brindó una serie de incentivos financieros y de feedback. En efecto, luego de cada intento se les informaba acerca del valor de la empresa, si su oferta era aceptada y cuanto dinero ganaban o perdían. Los resultados fueron más que esclarecedores, únicamente cinco de los alumnos sometidos al experimento aprendieron a minimizar su pérdida, pero sólo a partir del octavo intento; el resto no aprendió ello, e incluso en sus últimos intentos incrementaron sus pérdidas.

En este punto de la presente nota, tal vez aún se tengan reservas sobre esta teoría pues se puede creer que sólo se presenta a nivel experimental en pruebas de laboratorio. Una vez más debemos erradicar este pensamiento. La teoría bajo análisis fue diseñada por tres ingenieros quienes evaluaron las operaciones de adquisición de derechos de exploración de hidrocarburos. Dado que la cantidad de hidrocarburo que se podía encontrar era la que determinaba, salvo la presencia de algún sesgo, el valor del terreno sobre el cual las empresas pujaban, la labor de los expertos contratados a fin de calcular el valor a ofrecer por el derecho de exploración resultaba fundamental. Así, era posible que el experto, debido a la limitada información con la que contaba, recomendara ofrecer un precio muy elevado o muy bajo por tales derechos. Ante ello, y por la propia estructura de una subasta, resulta previsible que ganara una de las empresas cuyos expertos recomendaban los precios más altos (con o sin razón).

Mientras suceda ello, el ganador de una subasta probablemente se convertirá luego en un perdedor. La maldición del ganador se manifestará: (1) porque la oferta ganadora excederá el valor del bien por el que se puja; o, (2) porque el valor del bien resulta inferior a lo previsto por el experto, pero no tan bajo como para impedirle una ganancia, si bien no resulta ser la proyectada.

Iniciamos la presente nota manifestando que los economistas califican como una anomalía a un resultado empírico que no sea consistente con el paradigma clásico, si es así, ¿donde se encuentra la anomalía en los casos de subastas de valor común? La respuesta se encuentra en la asunción de racionalidad, se ha demostrado que si todos los agentes económicos fuesen racionales no se presentarías casos que puedan ser considerados como winner’s curse. Empero, por la estructura de una subasta esto resulta muy complicado. Una oferta racional requiere que el oferente pueda diferenciar entre el valor esperado del bien (condicionado por la información disponible) y el valor esperado de ganar la subasta, vale decir, a mayor cantidad de participantes existe una mayor posibilidad de incurrir en una hipótesis de la maldición del ganador, sea en su variante (1) o (2). En una subasta la lógica te indica que no seas agresivo en tu oferta precisamente por el riesgo de sobreestimar el bien, desafortunadamente, si se sigue esta conducta racional no se ganará. Aquí concordamos con Capen, Clapp y Campbell quienes sostienen: «Si uno gana un terreno frente a otras dos o tres personas puede sentirse bien acerca de su buena fortuna. Pero, ¿cómo se sentirá si la gana frente a otros 50? Enfermo».

A manera de conclusión, la maldición del ganador tiene sólidas evidencias tanto a nivel de pruebas de laboratorio, como a nivel de la experiencia en la adquisición de derechos y/o bienes a través de subastas, incluso hay quienes la aplican en el campo de las compras de empresas por medio de ofertas públicas de adquisición (OPA’s), lo cual evidencia su enorme trascendencia. Incluso, creemos que en nuestro país ya se puede haber presentado algunos casos durante la década de los noventa, sobre todo por el número de privatizaciones y/o concesiones que se efectuaron, pero para ello se requerirá contar con una serie de información adicional sobre las operaciones que en esa época se realizó. Basta por el momento recordar casos de empresas ganadoras de subastas a sobre cerrado que pagaron US$ 800 millones más de lo que ofrecieron sus seguidoras. Entonces, creemos aconsejable prestarle atención a los fenómenos de maldición del ganador.

DEJA UNA RESPUESTA

Please enter your comment!
Please enter your name here