Por: Roberto Pérez-Prieto de las Casas
Estudiante de Derecho de la Pontificia Universidad Católica del Perú

¿Alguna vez le han presentado a alguien e inmediatamente han pensado que aquella nueva persona no les causa una buena impresión? O de repente les puede haber pasado que aún no se los han presentado y simplemente al verlo/a o, peor aún, con una foto, han pensado que aquella persona no es digna de su confianza.

¿Les ha pasado que luego conocen a la persona y confirman sus sospechas? Me imagino que también les ha pasado muchas otras veces que sus sospechas eran totalmente infundadas y que por el contrario aquella persona es muy buena y podría llevarse bien con usted.

Me atrevo a imaginar que en más de una ocasión la persona que usted al inicio consideró como detestable luego terminó siendo su pareja, inclusive su cónyuge.

Como se pueden dar cuenta, muchas veces las personas tenemos una primera impresión que va a marcar nuestra relación con aquel nuevo sujeto, llevándola a algo bueno o tal vez a algo muy malo (sin razón aparente).

Entonces, ¿qué es aquello que nos lleva a prejuzgar a una persona sin razón lógica aparente? Son las sensaciones.

Como seres humanos, necesitamos clasificar a las personas en determinada categoría para poder asimilarla a nuestro raciocinio, por eso, nuestra mente necesita clasificar a los nuevos individuos con aquella información que recibimos de sus expresiones.

Esas expresiones nos producen sensaciones y son éstas las que finalmente terminan clasificando a la persona dentro de una categoría mental que difícilmente (por no decir imposible) podemos explicar. Es por eso que, si alguien les pregunta cuál es la razón del prejuzgamiento negativo, entonces exclamarán un gran y determinante: ¡no sé! Habrá otros que, como yo, no se quedarán callados y elaborarán una explicación carente de fundamento que buscará confundir al interrogador de tal manera que este se terminará enredándose, o pensará que es mejor no preguntar porque no existe lógica en lo que se está respondiendo.

Este comportamiento natural de clasificar por sensaciones no solamente se encuentra en las relaciones interpersonales; las sensaciones se encuentran también en muchos aspectos de nuestras vidas como la comida (cuando ven algo que al parecer no les gusta pero al final termina siendo bastante rico). En realidad, las sensaciones son nuestra forma de percibir el mundo, el modo de hacer contacto con nuestro medio ambiente y de cómo clasificarlo en base a la primera información que recibimos de él.

Yo no creo que el prejuzgamiento a través de las sensaciones sea malo; por el contrario, este comportamiento es natural al ser humano y sin miedo a equivocarme diré que siempre será nuestro primer modo de contactarnos con nuestro ambiente.

Nuestro cerebro, clasifica las cosas de alguna manera y aquella primerísima información es la manera más “lógica” de poner en marcha dicha habilidad clasificadora.

A este punto, ustedes se preguntarán: ¿qué tiene que ver esto con el título del artículo? A continuación trataré de contestarles.

Hace muy pocos días, se cuestionó al ahora Presidente de la Corte Suprema, el Juez Supremo César San Martín por haber mantenido una comunicación referente a doctrinas penales aplicables. Esta se dio  con un amigo suyo que también es muy estudioso de la materia , el Doctor Gonzalo del Río, en la que se hablaba de una supuesta culpabilidad del ex presidente Fujimori mucho antes de emitirse la sentencia que finalmente terminó condenando al ex mandatario a 25 años de cárcel.

En estas comunicaciones, se dio la apariencia de existir cierta sensación en el Doctor San Martín acerca de una posible culpabilidad del acusado, aunque eso simplemente despertó mi curiosidad.

Por eso, esa noticia me hizo reflexionar sobre varias cosas. La primera, la de aquel rol que debe cumplir el juez y de la abnegada imparcialidad que debe demostrarse en todo momento. La segunda va más enfocada a una institución procesal que dista mucho de aquel rol y que como veremos permite algunas inclinaciones “inapropiadas” que terminan por contradecir lo primero. Veamos.

Todos tenemos un ideal (casi platónico) de un juez. Este ideal no permite que el imponente juzgador tenga sensaciones, es decir, aparte de ser una persona de avanzada edad debe, además, ser frio y casi robótico, de tal manera que solo se pronunciará luego de haber escuchado y analizado milimétricamente todos los aspectos probatorios y extra probatorios del proceso.

No me malinterpreten, el juez tiene y debe hacer esa labor, esa es su función primordial. Sin embargo, no debemos olvidar que el juzgador antes de realizar esos elaborados análisis, ha tenido sensaciones que le han permitido percibir y clasificar de cierta manera la situación que se le presentó por primera vez. Es decir, no debemos olvidar que el juzgador es humano y que percibe las situaciones a través de sensaciones y no solo eso, sino que además las clasifica de manera “lógica” basándose en la información que ha conseguido hasta el momento.

Muchas veces la mayoría de juristas se olvida de estos detalles y pretenden un juez/dios que se olvide de su naturaleza humana. Sin embargo, no existirá alguna persona que no acepte que existe una institución que se basa primordialmente en sensaciones y se olvida totalmente de aquel ideal del juez (al menos por un periodo de tiempo) con el fin de salvaguardar la efectividad de una posible sentencia fundada. Es tan poderosa esta institución, que podría terminar generando un daño totalmente irreparable basándose únicamente en sensaciones.

Como se habrán podido dar cuenta, estoy hablando de la muy controvertida pero necesaria tutela cautelar, la cual, no necesita más que de sensaciones para ser considerada “verosímil” y que finalmente obliga al juzgador a tomar una decisión que muchas veces es más difícil que el propio fondo de la controversia, ya que el simple otorgamiento de una medida puede terminar siendo devastadora para la otra parte.

Como se puede apreciar, en el momento en que esta institución fue puesta en práctica, las personas sin querer se sinceraron y se acercaron más a la naturaleza humana del proceso. Permitieron de una manera sutil, el ingreso de las sensaciones que servirían como sustento de decisiones importantes. En ese sentido, por más que se quiera camuflar con nombres rimbombantes como “verosimilitud del derecho invocado” o “adecuación”, (esta última no es más que el miedo natural a que las sensaciones sean equivocadas), lo cierto es que estamos ante jueces que abdican a su función regular y toman en cuenta primerísimas sensaciones para otorgar medidas que serán vitales.

Es cierto: no en todos los casos es así. Es verdad que hay casos más evidentes que otros, sin embargo creo que la mayoría de casos no son tan claros y muchas veces el juzgador se basará en sensaciones (irracionales) para otorgar una tutela cautelar que ojalá sea la adecuada.

En resumen, las sensaciones fueron, son y serán siempre parte importante de nuestras vidas, ya que somos seres humanos y jamás podremos renunciar a nuestra forma natural de conocer el mundo.

Nuestras “vidas jurídicas” no son ajenas al mundo real (por más que muchos quieran pensar que sí) y por tanto, nuestras decisiones en base a sensaciones siempre se darán. Sin embargo, es nuestra labor no quedarnos en aquellas sensaciones y buscar un fundamento racional que terminará dando una respuesta definitiva frente a la situación que nos encontremos: ése es el ideal).

4 COMENTARIOS

  1. Creo que el artículo detalla muy bien algo que creo todos sabemos, el ser humano siempre sigue sus sensaciones y emociones. Lo importante es poder racionalizar estas sensaciones y/o emociones y considerar si deben ser importantes o no, analizar cuánto peso tienen en la balanza.

    Por otro lado, te felicito por el artículo, es bueno leer cosas que van al grano y no florean tanto (algo que los que estudian derecho estamos muy acostumbrados a leer).

  2. Estimado Roberto,

    Saludo tu interés en el derecho procesal, puesto que, como lo has mencionado en tu artículo, existen instituciones procesales que se encuentran estrechamente relacionadas con la psicología. Sin embargo, considero muy presuroso indicar que “estamos ante jueces que abdican a su función regular y toman en cuenta primerísimas sensaciones para otorgar medidas que serán vitales”. Considero que tu apreciación no considera aspectos fundamentales desarrollados en la teoría general de la prueba (estando, por ejemplo, al aforismo tantas veces mencionado: el que alega un hecho tiene que probarlo) o en principios procesales, como el principio de inmediatez.

    En efecto, podemos partir de tu idea de que los jueces tienen una percepción, dígamos, “sensorial” de lo solicitado o alegado por una de las partes para emitir un pronunciamiento, sin embargo, considero que no es pertinente indicar que sea relevante, pues también no deja de ser menos cierto que, según principios constitucionales, como la obligación de fundamentar o motivar debidamente cualquier pronunciamiento judicial, son aspectos que deben ser tomados en cuenta por cualquier órgano jurisdiccional al momento de resolver cualquier solicitud del justiciable. No olvidemos también que no solo basta un percepción primigenía para formarse una idea para satisfacer, por ejemplo, una medida cautelar (siendo un requisito, al que nombras como rimbombante, como la verosimilitud del derecho) en tanto la prueba aportada por las partes debe ser valorada en el “ober dicta” de cualquier pronunciamiento judicial.

    Por último, concuerdo contigo el aspecto sensorial tiene innegable presencia, no solo en el aspecto jurídico, sino, como lo has indicado, en nuestra vida cotidiana, no obstante, debemos recalcar que, probablemente, basarnos en esa “primera impresión”, sería un magno error si es que no lo corroboramos con hechos. Este sencillo razonamiento es el que utiliza el operador judicial, pues de lo contrario, carecería de objeto la institución jurídica denominada proceso judicial.

    ¿Las sensaciones son importantes? Quizás. Empero, no puedo decir lo mismo de lo regulado en los artículos 188 y 196 del CPC, pues la valoración de la prueba es esencial para un pronunciamiento definitivo.

    Saludos,

    Luis

    • Luis:

      En primer lugar, muchas gracias por leer el artículo, y mostrar tu punto de vista y me da gusto que coincidamos en la mayoría.

      Yo no digo que las sensaciones sea lo único a tener en cuenta, lo que digo es que mucha gente cree que el juez debe despojarse de cualquier actividad “humana” para cumplir con su cometido y se olvidan de que no son robots.

      Concuerdo que hay principios sobre los cuales se deben basar y el derecho fundamental a probar y la injerencia de los medios probatorios van mucho más allá que un simple “quien alega un hecho debe probarlo” existen también cargas probatorias invertidas y hasta cargas dinámicas, sin contar los indicios que sean pertinentes o tantas otras cosas que van a formar un criterio en el juzgador.

      Sin embargo, estas valoraciones probatorias de darán en un momento posterior y serán quienes formen la base de la sentencia, sin embargo, a eso no me refiero en este artículo, me refiero a la primerísima impresión que todos tenemos al recibir un estímulo del exterior.

  3. Luis:

    Tu comentario deja de lado que Roberto ha dado por sentado que la influencia psicológica implica el direccionamiento de la valoración de la prueba. Los artículos 188 y 196 del CPC los conocemos todos. Eso no nos lo estás enseñando.

    Evidentemente, la postura idealista que sostienes refleja tu cercanía con los jueces (has sido asistente de uno), lo cual te desacreditada totalmente para opinar sobre este tema.

    Realmente me apena que la gente se quede en la simple apreciación de las normas y que no vaya más allá de ellas, lo cual ha ocurrido en tu caso. Es por ello que tenemos tan malos estudiantes en la Facultad.

    Atentamente,

    César Oscar Luis Flores Gálvez

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