Por: Federico Salazar
Cursó estudios de Filosofía en la Universidad Mayor de San Marcos, y desde entonces ha tenido una destacada carrera como periodista y conductor de televisión.

El ser humano es, ante todo, egoísta. Entiende el mundo y mira a los demás a través de los lentes de su propia personalidad, de su propia circunstancia, de su propia formación. No es ni bueno ni malo, sino, simplemente, inevitable.

Las cosas, las personas, los hechos de la vida valen para mí en función de mis intereses, de mis preocupaciones, de mi visión del mundo y de la vida. Aunque es una característica egoísta, así es todo ser humano, incluso el más altruista.

El misionero, por ejemplo, ve el mundo desde la misión que se ha fijado. Cree que eso es lo más importante del mundo y por eso se dedica a ayudar a los demás. Su altruismo es efecto de su egoísmo, no su negación.

La persona altruista pone en su mente a otros como prioridad, por encima de sus propias satisfacciones materiales, corporales o pecuniarias. Sin nos metemos en su pensamiento y nos instalamos ahí, veremos que su interés es el otro; o sea, el busca atender su interés, no el interés de los otros.

Admiramos, por supuesto, a las personas que pueden posponer sus necesidades inmediatas en favor de las necesidades de los otros. Sin embargo, no hay una diferencia cualitativa entre esa persona y, por ejemplo, el capitalista más salvaje que sólo busca su ganancia y sus beneficios.

El capitalista cree que es importante ganar dinero, y se satisface al obtener créditos de su actividad. Para él eso es lo que tiene valor y por eso lo hace. Nada esencialmente lo distingue del misionero -él también cree que es importante lo que se ha fijado como principal interés: ayudar a los otros.

La sociedad no podría caminar si no fuéramos libres para establecer, cada uno, lo que vale más la pena; si cada uno no pudiese fijar libremente sus intereses y valores. Sólo una sociedad libre permite a ambos coexistir y coexistir con ellos a todos los seres humanos cuyas escalas valorativas se encuentran a mitad de camino de estos dos extremos.

Por eso el objetivo de todo orden social es proveer las reglas que permitan la convivencia de los seres humanos y la coexistencia de sus intereses, disímiles y variados. El altruista, además, tiene mucho que agradecer al capitalista, porque gracias a él existen los medios materiales que él podrá ayudar a procurar y hacer llegar a los más necesitados.

Para que el alimento, el techo o la ropa lleguen a los más pobres es necesario, ante todo, que ese alimento, ese techo o esa ropa sean producidos. Las cosas en el mundo no caen del cielo. Alguien las hace y porque alguien las hace están ahí, a disposición de la gente.

El altruista entrega su trabajo, su tiempo, y a veces hasta su vida a la misión autofijada. Pero, si todos fuésemos altruistas, ¿quién produciría los alimentos, los techos, las ropas que necesitamos?

Un misionero lleva educación a una comunidad abandonada. Pero, ¿de dónde salen los materiales didácticos, el conocimiento que se transmite, los recursos materiales para la escuela? Si recorremos hacia atrás el camino de cada bien (la tiza, la carpeta, la luz eléctrica, por decir), veremos que esos bienes son posible gracias al sistema de producción y comercio basados en el mercado.

En otras palabras, sin aquellos que sólo buscaban su propio interés, no es posible que los altruistas logren sus objetivos. Lo pueden hacer, gracias a que la economía libre del intercambio ha creado recursos que antes no existían. Ésta es la virtud del egoísta.

No me refiero al egoísta que atenta contra los derechos de los otros. Ése, en realidad, no es un egoísta radical. El ladrón, el estafador, el asaltante quieren quitarle a otros lo que es de éstos; atentan contra los intereses ajenos.

Alguien que atenta contra los intereses de los demás, en alguna medida, atenta contra sus propios intereses de largo plazo. Supongamos que en mi comuna producimos, entre todos, 100 dólares al mes. Si yo robo 20, eso quiere decir que el total bajó, porque yo dejé de aportar al total, de manera que el resultado es 100 – “n”. Eso me llevará a una sociedad con menos posibilidades de intercambio y, por tanto, con menos posibilidades de desarrollo, lo que finalmente me afectará a mí mismo.

El antisocial, por tanto, no es un buen egoísta, no es un egoísta verdadero; es, simplemente, un depredador. Ser egoísta auténtico, por tanto, no sólo no tiene nada de malo sino que, más bien, resulta favorable a la sociedad y, en esa medida, plenamente virtuoso.

El egoísmo no sólo es una virtud, sino además, la única manera en que tenemos de instalarnos en el mundo. Éste vale, después de todo, lo que cada uno de nosotros cree que vale. Sobre esa base fijamos nuestras metas y hacia aquellas metas lanzamos nuestras vidas, lo que hacemos por nosotros y por los demás.

Quien no aprecie la virtud del egoísta no está viendo lo que ha hecho brillar a la civilización.

2 COMENTARIOS

  1. Pienso que enfocar de manera tan simplista un fenómeno cultural tan vasto y complejo puede llevar a confusiones serias respecto a las intenciones del autor. De acuerdo a lo que acabo de leer, Sr. Salazar, usted acaba de escribir una fundamentación para el discurso “greed is good” de Michael Douglas interpretando al banquero de inversión Gordon Geko en la cinta Wall Street, de finales de la década de 1980.
    Al relativizar absolutamente todo no solo deslegitima las intenciones de ‘los altruistas’ afirmando que aquellas responden al deseo egoísta de estos últimos sino que, al mismo tiempo, valida y enaltece el egoísmo de quienes buscan el bienestar propio sobre cualquier otra consideración. Es más, lo que puede inferirse de ello es casi igual de simple: los egoístas son más honestos porque no esconden su avaricia, los “altruistas” por otro lado, disfrazan su egoísmo de “desprendimiento” incluso, si dejan la vida en el empeño de mejorar la calidad de vida de alguien más porque, en última instancia, todo lo que hacen responde a satisfacer sus deseos propios. Así, es posible, sus argumentos parecen menos convincentes. Por sentido común, claro, nada científico.
    No sé si Dios exista, señor Salazar, porque jamás lo he experimentado, pero pienso -eso sí, por mi propia experiencia- que algunos sentimientos y algunas acciones son más sublimes que otros y que, en ese sentido, la virtud es incompatible con la insostenibilidad o, de otro modo, no sería virtud en absoluto. Por eso que las decisiones de muy corto plazo suelen estar reñidas con la gracia, el desprendimiento o las acciones desinteresadas o generosas que, según lo que usted escribe, en esencia no existen pues toda acción responde a la necesidad de autosatisfacción. Visto así, Carrión era un loco megalómano con instinto suicida y complejo de mártir y no un científico preocupado en encontrar una cura para miles de personas en terrible y terminal sufrimiento. No conocí a Carrión ni conozco muy bien su historia así que sí, tal vez todo lo que quería era aparecer en los libros de historia médica. En el futuro (el suyo).
    Pero no vayamos tan lejos ni nos pongamos draconianos. El médico que descubrió la vacuna contra la poliomielitis, el doctor Jonas Salk es un ejemplo más saludable. No se inyectó el virus, no se enfermó él y a uno de sus hijos, y tampoco cobró un peso por el descubrimiento y lo regaló. Sin regalías, sin derechos de autor, si nada de nada. Pregúntele a Monsanto o a Bayer qué opinan al respecto. Ok, tienen que investigar para desarrollar nuevas sustancias y eso cuesta muchísimo dinero y entonces deben cobrar regalías. Pero ¿y de las sustancias que venden sin conocer los efectos de largo plazo en el medio ambiente o los organismos vivos incluyendo a las personas? ¿La civilización brilla?
    Afirmar que el egoísmo es lo que ha hecho -según sus propias palabras- brillar a la civilización, puede ser discutible. Lo que no es discutible es que, por donde se le mire, no nos ha llevado muy lejos de la barbarie de nuestros primeros días como animales bípedos. Y para comprobarlo, basta darle una mirada al noticiero que usted mismo conduce cada mañana y hacerse luego una o dos preguntas para dar sentido a cualquiera de las calamidades o notas rosa que llenan la pantalla (seamos justos, en casi todos los noticieros): Por qué y para qué.
    ¿Por qué una combi, en lo que adelantaba a otra, atropelló a ese escolar que esperaba tranquilamente a su movilidad en el paradero o un sujeto armado asesinó a un taxista para quitarle cincuenta soles? ¿Para qué quiere una minera que se respete el imperio de la ley? ¿Por qué el noticiero que usted conduce no le dio espacio hace tres años a los comuneros que hoy bloquean carreteras y apedrean los vehículos de la minera? ¿Por qué una mujer quiere arriesgar su vida para agrandarse los senos? ¿Por qué piensan en su canal que esto último le interesa a sus televidentes o los cultivará o educará de alguna manera? ¿Cómo o gracias a qué es posible que todo esto suceda? Es simple: pregúntese ¿por qué? Haga el ejercicio con honestidad.
    Me atrevo a afirmar que, en una inmensa mayoría de los casos, la respuesta yace implícita entre las líneas que usted escribió en este artículo y que con tan despreocupadas y ligeras maneras pasó por alto. Porque no quiero pensar que intentó esconderlas.

    Un cordial saludo,

    LD

    PS Aquí le dejo otro ejemplo del egoísmo, como motor de la civilización.
    http://www.bloomberg.com/news/2011-07-22/preparing-americans-for-death-lets-for-profit-hospices-neglect-end-of-life.html
    Dele una vuelta.

  2. Respetuosamente: creo que faltó en primer término revisar el diccionario más elemental (Habermas); las palabras pierden o confuden sus significados en el propósito de hacer buenas las cosas malas, ¿cómo el egoísmo, el capitalismo radical pueden ser buenos? Transita por terrenos filosóficos que hacen demasiado abierta la posición o el mensaje. En todo caso, jejé, no sé si quisiera ser un buen capitalista o un inocente misionero.

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