Por: Faustino Ballvé
Nacido en Barcelona en 1887 y muerto en1959, Faustino Ballvé fue abogado, economista y profesor liberal de renombre.

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/2893. Republicado con permiso.

El nacionalismo parece una cosa moderna porque parte de la existencia de las nacionalidades que se formaron en Europa entre los siglos XVI y XIX paralelamente a la desaparición del feudalismo y del’ Imperio romano-germánico que nació con Carlomagno y fue totalmente liquidado por la unidad italiana. Su espíritu es, sin embargo, antiquísimo (Riedmatten, L’Economie dirigée. Experiences, dépuis les Pharon jusqu’a nos jours. Ed. L’Observateur, Versalles, 1948) ha estado y está aún presente en la historia política y económica: lo único que ha cambiado ha sido la forma. Esta tendencia informó el régimen absolutista-totalitario de los egipcios, el de la Roma de la decadencia, el mercantilismo de los siglos XVII y XVIII y, después de un pequeño eclipse que duró desde el Congreso de Viena hasta la primera guerra mundial, renació en forma de la llamada economía dirigida bajo la influencia coincidente de la reacción belicista y del socialismo obrero que, nacido como movimiento internacional al grito de «Proletarios de todos los pueblos, uníos», se ha pasado ahora al otro lado y dice: «Proletarios de todos los pueblos, no vengan al mío a disputarme mi trabajo».

En el aspecto económico parte de dos falacias: la creencia en economías nacionales y en que una nación sólo puede prosperar económicamente a costa de las demás. Estas convicciones informaron la primera doctrina económica y los clásicos las combatieron, pero no pudieron librarse del mito de la economía nacional. Adam Smith titula su libro La Riqueza de las Naciones y, hasta hace muy poco tiempo, los tratados de Economía se titulaban Economía Política, aun cuando fuesen antinacionalistas.

Nada más ilusorio que la existencia de la economía nacional y de la riqueza nacional. Las naciones no tienen propiedades (los Estados tienen las necesarias para el cumplimiento de sus fines) y no son ricas o pobres; esto sólo sucede con los individuos. En los últimos tiempos los organismos burocráticos de la Sociedad de las Naciones y ahora de la Organización de las Naciones Unidas, han gastado un dineral en máquinas calculadoras, material de escritorio, libros, viajes y salarios de «economistas» para calcular la riqueza y la renta de las naciones. Todos estos cálculos son fantásticos y no conducen a nada porque no hay posibilidad, por muchas leyes que se dicten y por mucha policía que se cree, de saber lo que tiene y lo que gana cada individuo que vive en un país determinado. Cada casa es un mundo, la desconfianza de las gentes en los gobiernos es inveterada y fundada en amargas experiencias y la mayoría se resiste a declarar todo lo que tiene escondido en su casa o fuera del país ni cuáles son sus verdaderas ganancias, aun cuando le aseguren que sólo se pregunta «para fines estadísticos», porque teme que a última hora esos fines estadísticos sean tributarios: cuando no descaradamente expropiadores.

Después de la última guerra, Francia, la Francia de las estadísticas, quedó totalmente arruinada porque los alemanes se habían llevado todo lo que pudieron encontrar. Y, sin embargo, Francia ha renacido y es hoy, a pesar de las estadísticas, un país rico, no por la ayuda norteamericana (Plan Marshall) que se ha ido mucho en gastos burocráticos y en armamentos, sino simplemente porque los franceses han echado mano de sus reservas de oro, mercancías y bienes en el extranjero que, pese a los mandatos y las amenazas del Mariscal Petain y de los alemanes, sustrajeron a la traición y al pillaje. Un país se ha salvado por la resistencia de los ciudadanos a dejarse expropiar; por la desobediencia a los mandatos de gobiernos estúpidos o traidores. Y el ejemplo de Francia no es el único.

Igualmente ilusorio es el mito de la solidaridad económica de los conciudadanos de un país frente a los demás países. Ya hemos visto a grandes rasgos la interdependencia económica universal que quiere decir que es absurdo e imposible que un país pretenda vivir en autarquía exclusivamente de sus propios recursos: ningún país, por grande y variado que sea, ni siquiera Rusia o los Estados Unidos, dispone de todos los recursos naturales necesarios para su producción y consumo: todos necesitan importar y no en poca escala, tanto alimentos y materias primas como productos fabricados, so pena de contentarse con una vida miserable y cara, porque hay ramos de la industria que sólo en gran escala o disfrutando de condiciones especialmente favorables, pueden producir barato (pocos son los países que pueden producir costeablemente maquinaria pesada, automóviles, etc. Leyes del costo diferencial y del rendimiento). Para poder pagar las importaciones necesitan exportar.

Por esto, la única solidaridad económica es la internacional o, mejor dicho, universal, porque no es entre naciones sino entre hombres y a través de las fronteras. Esta solidaridad sólo funciona cuando cada empresario va a los mercados de todo el mundo a comprar o a vender. De este modo juegan y se equilibran las necesidades y se compensan los cobros y los pagos difusa y fluidamente sin dificultades ni choques y cada uno se amolda suave e inadvertidamente a sus posibilidades. Así que se pretende que jueguen en el mercado, no los individuos, sino los grupos nacionales, es entonces cuando el mecanismo del intercambio se hace torpe y además peligroso porque surgen ambiciones, envidias y conflictos entre potencias armadas.

La consigna “compre lo que el país produce, produzca lo que el país necesita” no ha dado ni puede dar resultado, porque el que compra busca su comodidad como y donde la encuentra: esto es la esencia misma de la función económica y del juicio electivo innatos en los hombres. Por otra parte, para producir lo que el país necesita, es necesario disponer de condiciones naturales y de una demanda suficiente que haga la producción costeable y nadie se lanzará a producir una mercadería, por mucho que el país la necesite, que dentro del cálculo económico, resulte incosteable e incapaz de competir con la producción mundial.

Pero lo más absurdo es la obsesión de que los países sólo pueden prosperar cuando tienen una balanza de pagos favorable, o sea cuando exportan más de lo que importan y cobran más de lo que pagan, lo cual equivale a decir que un país sólo puede prosperar a costa de los demás. Este fue el latiguillo de la época mercantilista cuyos efectos desastrosos están muy bien descritos en el citado libro de Conrad. Se olvida que no se puede ser rico entre pobres porque la riqueza consiste en la posibilidad de comprar. Si un país (por ejemplo los Estados Unidos) exporta año tras año más de lo que importa y llega a acumular casi toda la riqueza de los demás países que se han pasado todo este tiempo importando más de lo que han exportado y pagando la diferencia en oro hasta quedar en la mayor miseria, ¿de qué le servirá el oro a aquel país exportador? ¿Qué podrá comprar con él en un mundo donde la gente apenas si tiene lo bastante para no morir de hambre? Se encontrará como el millonario que tiene sed en el desierto del Sahara, y no puede obtener agua a pesar de poseer una cartera repleta de dólares. Un país prospera económicamente cuando aumenta su producción de bienes que, por su calidad y precio, son apreciados en el mercado mundial, con cuyo precio compra en el mismo mercado otros productos que necesita y que en él ofrecen quienes son capaces de producirlos en abundancia y a buenos precios.

Fácil es comprender que esto sólo es posible cuando comprador y vendedor disfrutan de toda la libertad y toda la iniciativa, no sólo dentro de cada país, sino por encima de las fronteras políticas. Las naciones no son comunidades económicas sino comunidades políticas de hombres que se entienden sobre el modo de convivir. En uso del derecho a «la búsqueda del bienestar» (Declaración de Independencia norteamericana) cada hombre dentro de cualquier país se ingenia para ofrecer a los demás hombres del mundo, comodidades que les convengan por su calidad y precio a cambio de las cuales obtiene dinero, con el que él y los que le han auxiliado en la producción —y perciben de este dinero sus remuneraciones por trabajo o capital— , compran a otros empresarios presentes en el mercado nacional’ o internacional las comodidades que necesitan o apetecen. Esta libre iniciativa y este deseo de obtener cada día mayor ganancia o bienestar es lo que hace que, a través de los progresos individuales, resulten los progresos de los grupos nacionales que no son otra cosa que la suma de los progresos de sus componentes. Cuando estas actividades e iniciativas de los individuos se reglamentan en aras de un supuesto interés nacional, la actividad se frena, el ritmo de la vida económica disminuye, surgen los conflictos entre los grupos y viene la apelación a la fuerza y la guerra.

En la época de gran prosperidad económica que comprende la casi totalidad del siglo XIX y los primeros años del XX nadie se preocupaba de economía nacional ni de balanza de pagos, concepto lanzado a la circulación al parecer por David Ricardo (antes se hablaba sólo de balanza comercial): cada uno se preocupaba de producir bienes o servicios que tuvieran aceptación en el mercado del mundo, y este entrecruzamiento multilateral de esfuerzos daba por resultado que todo se comprara y se vendiera, que todo el mundo mejorara su nivel de vida y que jamás hubiera falta de divisas extranjeras. Hasta 1914 no se dio un solo caso de que alguien, en algún país quisiera importar algo y no pudiera porque no encontraba moneda extranjera pora pagarlo a un precio razonable. Pero un día, unos economistas alemanes más o menos dependientes del bando militarista e imperialista descubren la existencia de la economía nacional (Volkswirtschaft), empiezan a razonar sobre si Alemania obtiene una justa compensación por el esfuerzo de su pueblo y crean el complejo de la explotación internacional que lleva a la guerra del 14 y nuevamente a la del 39.

Entonces se empieza a hablar día y noche de la balanza de pagos, funcionan las estadísticas y nos enteramos de que, desde hace mucho tiempo, todos los países importan más de lo que exportan. Esto da lugar a la intervención gubernamental en el comercio internacional, a las prohibiciones de importación y las primas a la exportación (dumping) y al control de la moneda con el resultado de que, a medida que se intensifica la intervención va aumentando el déficit de la balanza de pagos.

El que tenga la paciencia de repasar las estadísticas de los diversos países se encontrará con la sorpresa de que, en total, en el mundo de hoy se importa más mercancía de la que se exporta y se exporta más moneda oro de la que se importa. Esto es naturalmente imposible y la explicación está en que estas estadísticas son todas falsas. En primer lugar, porque calculan los valores de las importaciones y exportaciones por las controladas o visibles y a precios arbitrarios fijados por los gobiernos para fines aduanales. En segundo lugar, porque sólo registran los movimientos de divisas (moneda extranjera generalmente hoy dólares, francos suizos o libras esterlinas) que se hacen por canales controlados o visibles. No tienen en cuenta que el movimiento de mercancías y dinero que registran no es todo eL movimiento real sino una parte que es más pequeña cuanto mayores son las intervenciones gubernamentales, porque esas intervenciones crean y alimentan el mercado negro, que es el verdadero mercado porque es el mercado libre. Sin embargo, sobre esas estadísticas se funda la política económica de los gobiernos, política equivocada que aumenta los males que quiere evitar. De hecho la vida económica real sigue su curso, pero en forma más molesta para los consumidores que pagan los gastos de la intervención gubernamental y la prima de riesgo del mercado negro. El resultado es que el nacionalismo económico no hace a los países que lo practican, más ricos, sino más pobres porque frena la actividad económica y encarece los precios.

Quien quiera enterarse rápidamente de las doctrinas y de la historia del obrerismo, puede leer La Cuestión Obrera de Herkner (Ed. Reus. Madrid), El Socialismo de Ramsay Mac Donald (Ed. Labor) y, por lo que respecta al movimiento internacional nuestro El Socialismo y la Guerra (Ed. Estudio, Barcelona).

El movimiento obrero nace y se desarrolla bajo el signo del socialismo, cualesquiera que sean los títulos que hayan venido adoptando sus diversas tendencias que significan variantes de una tesis fundamental. (Social-democracia, sindicalismo, colectivismo, comunismo, etc.). La palabra parece haber sido inventada por el inglés Robert Owen (1771-1858) con este significado: que la actividad económica no debiera ser inspirada sino por el desinterés: no debiera ser una economía individualista sino social. A este respecto es interesante una observación del economista italiano Pantaleoni, perteneciente a la escuela matemática, quien, rebatiendo una crítica que lo acusaba de fundar sus cálculos económicos en el egoísmo individual, escribía estas palabras:

Decís que partimos de una humanidad egoísta; pero el partir de una humanidad altruista no cambia nada económicamente. Es sólo un cambio de signo. A la rivalidad del egoísmo sustituirá la rivalidad del espíritu de sacrificio y subsistirá la libre competencia.

El leitmotif del socialismo que late dentro de todas las variantes de la ortodoxia obrerista, lo expresó en forma magistral el poeta alemán Enrique Heine en estos versos que traducidos literalmente, dicen así: «Una nueva canción, una mejor canción, oh amigos, quiero rimaros: queremos ya en la tierra alcanzar el cielo. Queremos ser felices en la tierra y no queremos penar; la barriga perezosa no debe consumir lo que alcanzaron manos industriosas. Hoy en la tierra bastante pan para todos los humanos, y tulipanes y lirios y belleza y alegría y no menos los dulces guisantes».

El leitmotif tiene, pues, dos temas: la abundancia y la explotación. Hay en la tierra pan y aun «chícharos dulces» para todos los humanos; pero la «barriga perezosa» priva de su parte a los «manos industriosas». Sin embargo:

1.—Las posibilidades de adquisición de bienes, servicios y comodidades de toda clase en un país en un período determinado, un año, por ejemplo, están representadas por la suma de dinero que en tal período han ganado todos sus habitantes. Esta suma de dinero representa la producción del país en el mismo período de tiempo. La división del dinero por las cosas y servicios, en términos generales, es el precio de estas cosas y servicios. El ingreso anual de cada individuo es la expresión numérica de su porte en el acervo de comodidades que en dicho año están disponibles para toda la población.

Pues bien: según la estadística comparativa más reciente que hemos encontrado, que es de poco antes de 1930, el ingreso medio anual por cabeza de la población era de 749 dólares en Estados Unidos, de 409 en Inglaterra, de 389 en Suiza, de 265 en los países escandinavos, de 201 en Francia y de 37 en la India. En México, según el libro El Desarrollo Económico de México redactado por peritos del gobierno mexicano y del norteamericano y editado por el Fondo de Cultura Económica, el ingreso medio anual por cabeza de la población en 1950, era de 180 dólares de dicho año que valían como la mitad de los de 1930. Es decir, en dólares de hoy y dado que fuera de los Estados Unidos, la situación económica del mundo más bien ha empeorado que mejorado desde 1930, cada habitante de los Estados Unidos, término medio, mezclando los más pobres con los más ricos, dispone para habitación, alimento, vestido, educación, salubridad, diversiones, previsión, etc., de unos 4 dólares diarios; el inglés y el suizo, de algo más de 2 dólares diarios; el escandinavo y el francés, de algo más de 1 dólar; el mexicano, de unos 50 centavos de dólar; y el hindú, de unos 20 centavos de dólar. Esto sería lo que podría comprar cada habitante de estos países si se repartiera entre todos por igual el ingreso nacional, y éste se destinara totalmente al gasto sin pagar impuestos y sin separar de este ingreso lo necesario para conservar los elementos productivos e incrementarlos al menos en proporción al aumento de la población. Ante estas cifras no podría decir hoy Enrique Heine que hay en el mundo bastante para que las gentes puedan no sólo comer pan, sino también «chícharos dulces». Antes suscribiría la frase del difunto economista francés Charles Gide de que Adam Smith no debiera haber titulado su libro La Riqueza de las Naciones, sino La Pobreza de las Naciones.

2.—Los Estados Unidos tienen fama de ser el país capitalista por excelencia y aquel en que la riqueza nacional está peor repartida. Sin embargo, según cifras de la Reserva Federal, el 70 por ciento de la renta nacional va a sueldos y salarios, el 20 por ciento a profesionistas, industriales y artesanos independientes, y sólo un 10 por ciento a intereses, dividendos y rentas.

Hace un par de años [1953], la American Econoznic Review publicó un estudio hecho por los técnicos de la Oficina Nacional de Investigaciones Económicas, del que resulta lo siguiente: pagado el impuesto, la entrada media del 7 por ciento más rico de la población es de 3.267 dólares al año por cabeza y el del restante 93 por ciento de la población de 1.124 dólares por cabeza. Si se repartiera entre toda la población, el ingreso de este 7 por ciento de privilegiados, después de pagado el impuesto cada individuo del restante 93 por ciento de la población recibiría un suplemento de 150 dólares por año. Es decir: la entrada media del norteamericano por cabeza de la población sería de 1.274 dólares por año en vez de 1.124. Habría mejorado, pues, en algo más del 10%.

Al mismo resultado llega el profesor Lewis respecto de Inglaterra (La Planeación Económica, Breviario del Fondo de Cultura Económica, México, D. F.). Aplicando el mismo coeficiente a los demás países citados, el escandinavo y el francés dispondrían por cabeza de la población, de cerca de un dólar y veinticinco centavos y el mexicano de cerca de 55 centavos de dólar al día por habitante. Pero con ello no sólo tendrían que vivir, sino que tendrían también que proveer a las reinversiones industriales y éstas, en un país tan poco industrializado como México, han importado en los últimos años, según el libro citado más arriba, alrededor del 14 por ciento de la renta nacional Para mantener estas reinversiones, el mexicano, después del reparto, quedaría con un ingreso medio por cabeza menor que el actual.

3.—Quedan, pues, desmentidas por los hechos, las dos tesis fundamentales de la crítica socialista de la llamada economía capitalista que no tiene nada de particular y es la economía de siempre, ya que siempre se ha necesitado para producir, en escala más o menos rudimentaria, un capital, o sea elementos o bienes de producción. El hilador y el tejedor doméstico necesitan ruecas y telares manuales, los artesanos necesitan máquinas y útiles más o menos costosos. Unos y otros necesitan, además, dinero para comprar materias primas y pora subsistir, ellos y sus dependientes, familiares y asalariados. Esto sucede igualmente en los países comunistas. Las industrias socializadas necesitan también capital fijo y circulante y también han de calcular y ajustar sus precios, al menos en las exportaciones; a los deL mercado mundial. Sólo se sustraen a las leyes del mercado en lo referente a los salarios, porque éstos son dictados por el gobierno y no precisamente en beneficio de los trabajadores, pues como lo demuestran el embajador Davis (Misión en Moscú, Edit. Mundo Nuevo, México, D. F.), y Walter Lippmann (Retomo a la Libertad, Edit. Uteha, México, D. F.), las diferencias entre los salarios de los obreros y los de los dirigentes son allí mucho mayores que en los Estados Unidos.

Ni abundancia de bienes, sino escasez, ni injusta distribución de la riqueza, sino la mejor distribución posible regulada por el mercado son las características de la economía actual.

4.—Ante la injusta distribución de la riqueza el socialismo, en todas sus variantes, no busca medios correctivos: este es el objetivo de los movimientos llamados de reforma social y, sobre todo, del dirigismo. La fórmula socialista la dio Marx en esta frase: Los expropiadores serán expropiados. Con la llamada plus valía(ver lección IV), los capitalistas se han hecho dueños de los medios de producción: debe de privárseles de la propiedad de los medios de producción, es decir: deben expropiarse los talleres y fábricas. ¿En beneficio de quién? En beneficio del pueblo, que entonces sólo se compondrá de trabajadores. ¿En qué forma? Este es el gran problema del socialismo que Pautsky discute, sin resolverlo, en su folleto El día después de la revolución. En general hoy dos tendencias. Los llamados socialdemócratas propugnan que la propiedad de las empresas pase al Estado como representante del pueblo. Los seguidores de Bakunin (los anarcosindicalistas) quieren que pase directamente a los obreros organizados en sindicatos de producción. Los comunistas fijan dos etapas: la dictadura del proletariado con la producción centralizada por el Estado como etapa socialista preparatoria del verdadero comunismo en el cual el Estado desaparecerá y sólo quedarán los sindicatos.

Lo que no se ve claro ni nadie ha podido explicar es qué diferencia se lograría con ello en relación con el sistema de libre empresa ni qué beneficio sacarían del cambio los trabajadores. La producción seguiría siendo capitalista y sujeta a las leyes del mercado que en la economía de Estado condicionarían los precios de los productos de importación y exportación y, por consecuencia, de los demás. En la economía sindical jugaría aún más completamente la competencia. De los precios impuestos por el mercado habría que deducir: los costos, las cargas financieras y las reinversiones. La dirección comercial y técnica exigiría una retribución diferencial como la exige y la obtiene en Rusia. Quedaría pora los obreros, como hoy, el resto, pero con estas dos diferencias en su contra. En primer lugar los directivos, no siendo empresarios, ni tendrían ganancias ni pérdidas, sino que tendrían sus buenos sueldos asegurados y el resto sería para los simples trabajadores, al contrario de lo que sucede ahora en que la remuneración fija es para el obrero y el empresario se queda con el resto, si lo hay. En segundo lugar, en la producción estatal desaparecería la libertad de trabajo, no habría mercado de salarios que serían fijados dictatorialmente por el empresario monopolista. Desaparecería el derecho de coalición y de huelga y el obrero sería un esclavo. Esto es lo que sucede hoy en Rusia en donde el obrero no puede elegir siquiera el lugar de trabajo y toda tentativa suya para mejorar sus condiciones es castigada como alta traición.

Una variante muy peculiar del socialismo es el socialismo agrario, conocido también por georgismo y por movimiento de reforma agraria (Adolf Damaschke. La Reforma Agraria, Madrid, E. Reus). Parte de la teoría de la renta de la tierra ya incipiente en Adam Smith, Anderson y Malthus y desarrollada por David Ricardo. Según ella. cuando hay abundancia de tierras fértiles, ellas no producen ganancia y los precios de los productos se miden solamente por el costo de producción. Pero cuando la población crece, las tierras de primera calidad no bastan pero la alimentación y hay que echar mano de las de segunda calidad, etc., entonces los precios de los productos se rigen por el costo de los cultivos de las tierras peores. De esto se aprovechan los que detentan tierras mejores obteniendo precios superiores a sus costos y sacando una ganancia que comprende la normal y, además, una prima por la calidad de sus propias tierras, que es la renta de la tierra.

Poco después de la muerte de Ricardo, un norteamericano, Henry George, explotó a fondo y desarrolló esta doctrina sosteniendo en su famoso libro Progreso y Miseria, traducido a multitud de idiomas, que la miseria de las multitudes no procede de la explotación del obrero industrial, sino del monopolio de la renta de la tierra y proponiendo, como impuesto único, la expropiación de esta renta. Ningún país ha hecho este ensayo aun cuando se han fundado en esta teoría los impuestos progresivos o diferenciales sobre la propiedad inmueble.

Los ensayos de reforma agraria hechos en casi toda Europa después de la primera guerra mundial fueron de tipo antilatifundista y consistieron en la expropiación, con o sin indemnización, y el reparto de tierras para incrementar la pequeña propiedad. Sin embargo, Henry George ha tenido y tiene aún numerosos partidarios y, hasta la última guerra mundial, había en varios países movimientos de Reforma Agraria, siendo muy importante el acaudillado en Alemania por Adolf Damaschke, que fue candidato frente a Hindenburg para la presidencia de la República. Damaschke (libro citado antes) extendió la teoría de Henry George a la propiedad urbana y consiguió que se implantara el impuesto de plus valía a los propietarios de tierras de labor que eran vendidas a precios altos para la expansión de los centros urbanos, siendo este impuesto adoptado luego por varios países. Recientemente ha defendido y desarrollado esta teoría en forma muy interesante el doctor Carlos P. Carranza en su libro Vieja y Nueva Economía Política (Buenos Aires, 1954).

La doctrina de la renta de la tierra parte de dos errores: uno de hecho y otro de doctrina. El primero es la escasez de tierras de primera calidad. Esta escasez se hace sentir especialmente en Europa por la sobrepoblación y por las restricciones a la inmigración en los países poco cultivados. Económicamente son aún inmensas las tierras de primera calidad que están sin cultivar en el mundo, como lo expone el célebre explorador Earl Parker Hanson en su interesantísimo labro New Worlds Emerging (Ed. Dwell, Sloan and Pearce, Nueva York) y, según recientemente hacia notar un economista francés, es absurdo que esas tierras todavía no se cultiven y que se gaste un dineral en fletes para abastecer a los países sobrepoblados cuando sería mejor para todos que el exceso de población de esos países se trasladase a cultivar las tierras ociosas y a sacar de ellas su alimento. En segundo lugar, como hace notar von Mises (Human Action) la tierra no es otra cosa que un elemento de producción como las máquinas a los utensilios de trabajo. No hay simplemente tierra sino tierras de diversa calidad como hay máquinas o utensilios de diversa calidad y el que tiene una máquina o utensilio mejor, también puede decirse que le saca una renta en relación con el que los tiene peores. Por eso se pagan a diferentes precios y no se puede decir que usurpa una renta el que tiene una tierra de buena calidad cuya renta ya ha capitalizado al pagarla a más alto precio.

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