Por: Ludwig Von Mises

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/2949. Republicado con permiso.

La guerra es una institución humana primitiva. Desde tiempo inmemorial, los hombres tuvieron ansias de luchar, de matar y de robarse. Sin embargo, el reconocimiento de este hecho no lleva a la conclusión de que la guerra sea una forma indispensable de relación interpersonal y que los esfuerzos por abolir la guerra vayan contra la naturaleza y estén por tanto condenados al fracaso.

Supongamos que admitiéramos la tesis militarista de que el hombre está dotado de un instinto innato para luchar y destruir. Sin embargo, no son estos instintos e impulsos primitivos los que caracterizan al hombre. La preeminencia del hombre radica en una razón y el poder de pensar, lo que le distingue de otras criaturas vivientes. Y la razón del hombre le enseña que la cooperación y colaboración pacíficas bajo la división del trabajo es una forma de vida más beneficiosa que la lucha violenta.

No quiero ocuparme de la historia de la guerra. Baste con mencionar que en el siglo XVIII, en vísperas del capitalismo moderno, la naturaleza de la guerra era muy distinta de la que había sido en la era de los bárbaros. Los pueblos ya no luchaban entre sí con el objetivo de exterminar o esclavizar a los derrotados. Las guerras eran una herramienta de los gobernantes políticos y se libraban con ejércitos comparativamente pequeños de soldados profesionales, compuestos principalmente por mercenarios. El objetivo de la guerra era determinar qué dinastía debería gobernar el país o la provincia. La mayores guerras europeas del siglo XVIII fueron guerras de sucesión real, por ejemplo, las guerras de de sucesión de España, Polonia, Austria y finalmente Baviera. La gente normal era más o menos indiferente acerca de los resultados de estos conflictos. No estaban demasiado preocupados acerca de la cuestión de si su príncipe gobernante era un Habsburgo o un Borbón.

Sin embargo, estas continuas luchas supusieron una  pesada carga sobre la humanidad. Fueron un serio obstáculo a los intentos de conseguir una mayor prosperidad. Como consecuencia, los filósofos y economistas dirigieron su atención hacia el estudio de las causas de la guerra. El resultado de sus investigaciones fue el siguiente:

Bajo un sistema de propiedad privada de los medios de producción y libre empresa, con la sola función del gobierno de proteger a los individuos frente a ataques violentos o fraudulentos a su vida, salud o propiedad, a los ciudadanos de cualquier nación les da igual dónde se encuentren las fronteras de su país. No le preocupa a nadie si su país es grande o pequeño y si conquista una provincia o no. A los ciudadanos individuales no les genera ningún beneficio la conquista de un territorio.

Para los príncipes y las aristocracias gobernantes es diferente. Pueden aumentar su poder y sus ingresos fiscales expandiendo el tamaño de sus reinos. Pueden beneficiarse de la conquista. Son belicosos, mientras que los ciudadanos aman la paz.

Por tanto, concluían los viejos liberales, no habría más guerras bajo un sistema de laissez faire económico y gobierno popular. Las guerras quedarían obsoletas porque desaparecerían las causas de las guerras. Como estos liberales clásicos de los siglo XVIII y XIX estaban completamente convencidos de que nada podría detener el movimiento hacia la libertad económica y la democracia política, estaban seguros de que la humanidad estaba en los albores de una era de paz sin interrupciones.

Lo que hacía falta para que el mundo se asegurara la paz, afirmaban, era implantar la libertad económica, el libre comercio y la amistad entre las naciones y el gobierno popular. Quiero destacar la importancia de estos requisitos: libre comercio interior y exterior y democracia. El error fatal de nuestra época ha consistido en el hecho de que ha olvidado el primero de estos requisitos, que es el libre comercio, y destacado solo el segundo, la democracia política. Al hacerlo, la gente ignora el hecho de que la democracia no puede mantenerse permanentemente cuando no existen la libre empresa, el libre comercio y la libertad económica.

El presidente Woodrow Wilson estaba totalmente convencido de que lo que hacía falta para asegurara la paz en el mundo era asegurar la democracia. Durante la Primera Guerra Mundial, se creía que con que solo la casa real alemana de los Hohenzollern y la privilegiada aristocracia terrateniente alemana, los Junkers, fueran eliminados del poder, podría lograrse una paz duradera. No que no veía el Presidente Wilson era que esto no bastaría en un mundo de creciente omnipotencia del gobierno. En un mundo así de creciente poder del gobierno, existen causas económicas de la guerra.

¿Se beneficia de las conquistas el ciudadano?

El eminente pacifista británico, Sir Norman Angell, repite una y otra vez que el ciudadano individual no puede obtener ningún beneficio de la conquista de una provincia por su propia nación. Ningún ciudadano alemán, dice Sir Norman, se benefició de la anexión de Alsacia-Lorena como consecuencia de la guerra franco-prusiana de 1870-1871. Es bastante cierto. Pero eso fue en los tiempos del liberalismo clásico y la libre empresa. Es distinto en nuestros días de interferencia del gobierno con los negocios.

Veamos un ejemplo. Los gobiernos de los países productores de caucho han creado un cártel para monopolizar el mercado del caucho natural. Han obligado a los plantadores a restringir la producción con el fin de aumentar el precio del caucho muy por encima del nivel que habría tenido en un mercado libre. No es un caso excepcional. Muchos alimentos y materias primas vitales y esenciales han estado sujetos a políticas similares implantadas por gobiernos en todo el mundo. Han impuesto una cartelización obligatoria en numerosos sectores, con lo que su control pasó de los empresarios privados a las manos del gobierno. Es verdad que algunos de estos planes han fracasado. Pero los gobiernos afectados no han abandonado sus planes. Están ansiosos por mejorar los métodos aplicados y confían en que tendrán más éxito después de la actual Segunda Guerra Mundial.

Hoy se habla mucho acerca de la necesidad de una planificación internacional. Sin embargo, no hace falta ninguna planificación, ya sea nacional o internacional, para hacer que los agricultores cultiven caucho, café o cualquier otro producto. Se dedican a la producción de estos productos porque es para ellos la forma más ventajosa de ganarse la vida. Planear esto significa siempre acciones públicas para restringir la producción y establecer precios de monopolio.

Bajo esas condiciones ya no es cierto que una nación no pueda parecer obtener un beneficio tangible de una guerra victoriosa. Si las naciones que dependen de la importación de caucho, café, estaño, cacao y otros productos pudieran obligar a los gobiernos de los países productores a abandonar sus prácticas monopolísticas, mejorarían el bienestar económico de sus ciudadanos.

Mencionar esto no implica una justificación para la agresión y la conquista. Solo demuestra lo completamente equivocados que están los pacifistas como Sir Norman Angell, que basan sus argumentos en favor de la paz en la injustificada suposición de que todas las naciones aún están comprometidas con los principios de la libre empresa.

Sir Norman Angell es miembro del Partido Laborista Británico. Este partido defiende abiertamente la socialización de las empresas. Pero los miembros del Partido Laborista son demasiado ignorantes como para cuenta de cuáles deben ser las consecuencias económicas y políticas de la socialización de las empresas.

El caso de Alemania

Quiero explicar estas consecuencias refiriéndome, en primer lugar a la situación en Alemania.

Como todas las demás naciones europeas, Alemania es pobre en recursos naturales. No puede alimentar ni vestir a su población con sus recursos domésticos disponibles. Los alemanes deben importar enormes cantidades de materias primas y alimentos y debe pagar por estas importaciones tan necesarias mediante la exportación de manufacturas, la mayoría de las cuales se fabrican a partir de estas materias primas importadas. Bajo la libre empresa, Alemania se adaptó brillantemente a estas circunstancias. Hace sesenta o setenta años, en las décadas de 1870 y 1880, Alemania era un de las naciones más prósperas del mundo. Sus empresarios tenían un gran éxito en la construcción de fábricas eficientes. La industria alemana era la principal del continente europeo. Sus productos inundaban triunfantemente el mercado mundial. Los alemanes (todo tipo de población alemana) se hacían más prósperos cada año. No había ninguna razón para alterar la estructura empresarial alemana.

Pero a la mayoría de los ideólogos y escritores políticos, los profesores nombrados por el gobierno y los líderes del partido socialista, así como los burócratas del gobierno de Alemania, no les gustaba el sistema de libre mercado. Lo despreciaban como capitalista, plutocrático, burgués y como occidental y judío. Lamentaban el hecho de que el sistema de libre empresa hubiera incorporado a Alemania a la división internacional del trabajo.

Todos estos grupos y partidos políticos querían sustituir la libre empresa por la gestión de los negocios por el gobierno. Querían eliminar la motivación del beneficio. Querían nacionalizar las empresas y subordinarlas a las órdenes del gobierno. Esto es algo comparativamente más sencillo en un país que en general puede vivir en la autosuficiencia.. Rusia, que ocupa un sexto de la superficie terrestre, puede hacerlo sin casi ninguna importación del exterior. Pero Alemania es distinta. Alemania no puede dejar de importar y por tanto debe exportar manufacturas. Es esto precisamente lo que nunca puede lograr una burocracia pública. Los burócratas solo pueden florecer en mercados domésticos protegidos. No están preparados para competir en mercados extranjeros.

La mayoría de la gente en la Alemania nazi de hoy quiere que el gobierno controle las empresas. Pero el hecho es que el control público de las empresas y el comercio exterior son incompatibles. Una comunidad socialistas debe buscar la autarquía. Aquí es donde entra en escena el nacionalismo agresivo (en un tiempo llamado pangermanismo y hoy llamado nacional socialismo). Somos una nación poderosa, dicen los nacional socialistas; somos lo bastante poderosos como para aplastar a todas las demás naciones. Debemos conquistar todos aquellos países cuyos recursos son esenciales para nuestro propio bienestar económico. Necesitamos la autarquía y por tanto debemos pelear. Necesitamos Lebensraum (espacio vital) y Nahrungs freiheit (liberarnos de la escasez de alimento).

Ambas expresiones significan lo mismo, la conquista de un territorio tan grande y rico en recursos naturales que los alemanes puedan vivir sin comercio exterior a un nivel de vida no inferior al de ninguna otra nación. El término Lebensraum es bastante conocido en el exterior. Pero el término Nahrungs freiheit no lo es. Freiheitsignifica libertad; Nahrungs freiheit significa la liberación de un estado de cosas bajo el cual Alemania debe importar alimentos. Es la única “libertad” que importa a los ojos de los nazis.

Comunistas y nazis están de acuerdo en que la esencia de lo que ellos llaman democracia, libertad y gobierno popular reside en el establecimiento de un completo control de los negocios por el gobierno. No importa que llamemos a este sistema socialismo o comunismo o planificación. Independientemente de cómo se le llame, este sistema requiere autosuficiencia económica. Pero aunque Rusia, en general, puede vivir con autosuficiencia económica, Alemania no. Por tanto una Alemania socialista está comprometida con una política de LebensraumNahrungs freiheit, es decir con una política de agresión.

Seguir un programa de control público de los negocios debe generar finalmente un rechazo de la división internacional del trabajo. Desde el punto de vista de la filosofía nazi, la única forma apropiada de relación internacional es la guerra. Sus hombres más ilustres se enorgullecen de seguir una máxima de Tácito. Este historiador romano, hace casi dos mil años, dijo que los germanos consideran vergonzoso conseguir trabajando duro lo que puede conseguirse derramando sangre. No fue un desliz cuando el Kaiser Guillermo II, en 1900, apuntó a los hunos como un modelo para sus soldados. Era el resumen de una política consciente.

Dependencia de las importaciones

Alemania no es el único país europeo que depende de las importaciones. Europa (salvo Rusia) tiene una población de alrededor de 400 millones de personas, más de tres veces la población de Estados Unidos. Pero Europa no produce algodón, caucho, copra, café, té, yute y muchos metales esenciales. Y tiene una producción bastante insuficiente de lana, pienso, ganado, carne, pieles y muchos cereales.

En 1937, Europa solo producía cincuenta y seis millones de barriles de petróleo crudo, comparada con la producción de 1.279 millones de barriles. Además, casi toda la producción de petróleo de Europa se localiza en Rumanía y Polonia oriental. Pero como consecuencia de esta guerra, estas áreas quedarán bajo el control de Rusia. Las manufacturas y las exportaciones de manufacturas son lo esencial de la vida económica de Europa. Sin embargo, exportar manufacturas es casi imposible bajo el control público de los negocios.

Ésa es la cruda realidad que ninguna retórica socialista puede ocultar. Si los europeos quieren vivir deben seguir los bien conocidos métodos de la libre empresa. La alternativa es la guerra y la conquista. Los alemanes las han intentado dos veces y han fracasado en ambos casos.

Sin embargo, los grupos políticamente más influyentes en Europa están lejos de darse cuenta de la indispensabilidad de la libertad económica. En Gran Bretaña y Francia, en Italia y en algunos países más pequeños hay grandes manifestaciones a favor de un control completo de las empresas por parte del gobierno. La defensa de la libertad económica es una causa casi sin esperanzas ante el gobierno de estos países. El Partido Laborista Británico y aquellos políticos británicos que aún llaman equivocadamente a su partido como Partido Liberal ven esta guerra no solo como una lucha por la independencia de su nación, sino incluso como una revolución para establecer el control público de las empresas. El tercer partido británico, elPartido Conservador, simpatiza en buena medida con estos objetivos. Los británicos quieren derrotar a Hitler, pero están ansiosos por adoptar sus métodos económicos para su propio país. No sospechan que el socialismo de estado en Gran Bretaña supone la condena de las masas británicas. Los británicos deben exportar manufacturas para comprar materias primas y alimentos en el exterior. Cualquier caída en las exportaciones británicas rebaja el nivel de vida de las masas británicas.

La condiciones en Francia e Italia y en la mayoría de los países europeos son similares a las de Gran Bretaña.

Un gobierno socialista es soberano en proveer al consumidor doméstico las distintas necesidades. El ciudadano debe aceptar lo que le da el gobierno. Pero esto resulta distinto en el comercio exportador. El consumidor extranjero compra solo si tanto la calidad como el precio del producto ofrecido a la venta le resultan atractivos. En este escenario internacional de servir a los consumidores extranjeros, el capitalismo ha demostrado su mayor eficiencia y adaptabilidad. El alto nivel de bienestar económico y civilización en la Europa anterior a la guerra no era el resultado de actividades de departamentos y agencias del gobierno. Esas cámaras y productos químicos alemanes, esos textiles británicos, esos vestidos, sombreros y perfumes de París, esos relojes suizos y productos peleteros de Viena no eran el producto de las fábricas controladas por el gobierno. Eran los productos de empresarios infatigablemente dedicados a mejorar la calidad y rebajar los precios de sus mercancías. Nadie es suficientemente osado como para suponer que una agencia pública pueda reemplazar con éxito a los empresarios privados en esta función.

El comercio internacional realizado de forma privada es asunto privado entre empresas privadas de distintos países. Si hay algún desacuerdo, hay conflictos entre empresas privadas. No crean conflictos en las relaciones políticas entre naciones. Afectan al Sr. Meier y al Sr. Smith. Pero si el comercio exterior es asunto del gobierno, esos conflictos se transforman en asuntos políticos.

Supongamos que el gobierno holandés prefiera comprar carbón a Gran Bretaña en lugar de al Ruhr alemán. Entonces los nacionalistas alemanes pueden pensar: ¿Por qué tolerar este comportamiento por parte de una nación pequeña? Al Tercer Riech le bastó con cuatro días para aplastar las fuerzas armadas de Holanda en 1940. ¡Probemos de nuevo! Disfrutaremos de todos los productos de Holanda, pero sin tener que pagar por ellos.

Distribución “justa” de recursos

Analicemos la reclamación frecuentemente expresada por los agresores nazis y fascistas de una nueva y justa distribución de los recursos naturales alrededor del globo. En un mundo de libre empresa, un hombre que quiera beber un café y no sea un cultivador de café debe pagarlo. Sea alemán o italiano o ciudadano de la República de Colombia, debe prestar ciertos servicios a sus conciudadanos, ganar dinero y gastar parte de éste en el café que desea. En el caso de un país que no produzca café dentro de sus fronteras, esto significa exportar bienes o recursos para pagar el café que se importe. Pero los señores Hitler y Mussolini no imaginan una solución así al problema. Lo que querrían es anexionarse un país productor de café. Pero como a los ciudadanos de Colombia o Brasil no les entusiasma convertirse en esclavos de los nazis alemanes o los fascistas italianos, esto significa la guerra.

Otro ejemplo chocante lo proporciona el caso de la industria del algodón. Durante más de cien años, una de las principales industrias de todos los países europeos era el cardado y la fabricación de productos de algodón. Europa no cultiva algodón. Su clima es desfavorable. Pero el suministro fue siempre suficiente, con la única excepción de los años de la Guerra de Secesión Estadounidense en la década de 1860, cuando el conflicto interrumpió el suministro de algodón desde los estados sureños. Los países industriales europeos adquirían suficiente algodón no solo para las necesidades de su propio consumo doméstico, sino asimismo como para sostener un considerable comercio exportador en productos de algodón.

Pero en los años que precedieron al inicio de la Segunda Guerra Mundial cambiaron las condiciones. Seguía habiendo un amplio suministro de algodón en bruto en el mercado mundial. Pero el sistema de controles de los tipos de cambio que adoptaron la mayoría de los países europeos impedía a los empresarios privados comprar todo el algodón que necesitaban para sus procesos de producción. La contribución de Hitler a la decadencia de la industria alemana de productos de algodón consistió en restringir su producción y hacerles que se desprendieran de buena parte de su mano de obra. A Hitler no le preocupaba mucho el destino de estos trabajadores despedidos. En su lugar, los mandó a trabajar a las fábricas de municiones.

Como ya he apuntado, no hay causas económicas para una agresión armada dentro de un mundo de libre comercio y libre empresa. En un mundo así, ningún ciudadano individual podría obtener ventaja alguna de la conquista de una provincia o colonia. Pero en un mundo de estados totalitarios, muchos ciudadanos pueden llegar a creer en una mejora de su bienestar material por la anexión de un territorio rico en recursos. Las guerras del siglo XX han sido, es verdad, guerras económicas. Pero no las ha causado el capitalismo, como quieren los socialistas que creamos. Son guerras causadas por gobiernos en busca de una completa omnipotencia política y económica y han sido apoyadas por las desorientadas masas de estos países.

Las tres principales naciones agresoras en esta guerra (la Alemania nazi, la Italia fascista, y el Japón imperial) no alcanzarán sus fines. Han sido derrotadas y ya lo saben. Pero pueden volver a intentarlo en el futuro, porque su falsa filosofía (su credo totalitario) no conoce ningún otro método de tratar de mejorar las condiciones materiales del pueblo que no sea la guerra. Para el totalitario, la conquista es el único medio político viable para alcanzar sus fines económicos.

Mentalidad económica

No digo que todas las guerras de todas las naciones y en todas las épocas estuvieran motivadas por consideraciones económicas, es decir, por el deseo de hacer ricos a los agresores a costa de los derrotados. No hay necesidad de que investiguemos las causas profundas de las cruzadas o las guerras de religión de los siglos XVI y XVII. Lo que quiero decir es que, en nuestra época, las grandes guerras han sido el resultado de una mentalidad económica concreta.

La Segunda Guerra Mundial no es indudablemente una guerra entre razas. No hay diferencias raciales que distingan a británicos, holandeses y noruegos de los alemanes o a lo franceses de los italianos o a los chinos de los japoneses. No es una guerra entre católicos y protestantes. Después de todo, hay católicos y protestantes en ambos bandos beligerantes. No es una guerra entre democracia y dictadura. La declaración de varias de las Naciones Unidas (en particular, la Unión Soviética) apelando a la “democracia” es bastante cuestionable. Por otro lado, Finlandia (que está aliada con la Alemania nazi) es un país con un gobierno democráticamente elegido.

Mi argumento de que las guerras recientes se han producido por consideraciones económicas no quiere decir que sea una justificación para las políticas de los agresores. Vista como un medio económico para alcanzar ciertos beneficios económicos, la política de agresión y conquista se derrota a sí misma. Aunque pueda tener éxito a corto plazo, nunca conseguirá a largo plazo los fines que buscan los agresores. Bajo las condiciones del industrialismo actual, no puede haber ninguna duda acerca de un sistema social como el que planean los nazis bajo el nombre de un “Nuevo Orden”. La esclavitud no es un método para las sociedades industriales. Si los nazis hubieran conquistado a sus adversarios, habrían destruido la civilización y hubiéramos vuelto a la barbarie. Indudablemente no habrían erigido un Nuevo Orden de mil años, como prometió Hitler.

Así que el problema es cómo evitar nuevas guerras. La respuesta no se va a encontrar en crear una mejor Liga de Naciones, ni es una cuestión de crear una mejor Corte Mundial, ni siquiera la implantación de una fuerza mundial de policía. De lo que se trata es de hacer que todas las naciones (o al menos las naciones más populosas del mundo) amen la paz. Esto solo puede conseguirse volviendo a la libre empresa.

Si queremos abolir la guerra, debemos eliminar las causas de la guerra.

El gran ídolo de nuestro tiempo es el Estado. El Estado es una institución social necesaria, pero no debería divinizarse. No es un dios: es un dispositivo de hombres mortales. Si hacemos de él un ídolo, debemos sacrificarle la flor y nata de nuestra juventud en próximas guerras.

Lo que se necesita para tener una paz duradera es mucho más que nuevas oficinas y un nuevo tribunal para la Liga de las Naciones en Ginebra, o incluso una nuevo fuerza internacional de policía. Lo que se necesita es un cambio en las ideologías políticas y una vuelta a un sistema económico sólido de libre mercado.

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