Uno de los problemas más serios de la ciudad de Lima es el transporte. Creo que todos los habitantes temporales o permanentes de Lima padecemos no sólo la congestión sino la desinhibida demostración de desconsideración y desinterés por los demás que caracteriza el acto de conducir un automóvil en esta ciudad. Que los automovilistas giren a la derecha desde el carril izquierdo, que crucen con el semáforo en rojo, que no den preferencia al peatón, que de hecho se detengan en medio del crucero peatonal o que bloqueen una intersección, son actos que no pueden calificarse ni siquiera de cotidianos o de habituales; sino que parece inimaginable conducir en Lima sin cometerlos y padecerlos.

Es un lugar común atribuir estas conductas a “la poca cultura” o a la “ignorancia”. De hecho, estas conductas son uno de los pretextos favoritos de quienes sacan a relucir sus prejuicios, atribuyéndolas a que el otro automovilista “es un pobre diablo” (la versión clasista), “tenía que ser mujer” (la versión machista) o “es un cholo ignorante” (la versión racista). Curiosamente –aunque admito que esto no tiene rigor científico– mi experiencia personal indica lo contrario. Los conductores de autos nuevos y caros suelen ser igual de prepotentes que los de combis o taxis (la explicación clasista es absurda); los peores conductores son precisamente los de combis o taxis, cuya gran mayoría está conformada por hombres (la explicación machista no tiene razón de ser); y, finalmente, en provincias (llenas de “cholos“) el caos vehicular, aunque existe, es incomparablemente menor que el de Lima.

Salvando las distancias, me parece que los limeños simplificamos prejuiciosamente el problema del tránsito cuando pensamos que se trata fundamentalmente de un problema de orden o de educación. Es decir, no cabe duda de que hay desorden –y por lo tanto hay que poner orden– y no cabe duda de que una mejor educación ayudaría a que la ciudad fuera más humana. Sin embargo, tengo la impresión de que el desorden y la poca educación no son la causa sino la consecuencia del problema. Y esto es importante porque la manera en que se define el problema determina nuestras propuestas de solución.

En su célebre trabajo “Instituciones”, Douglass North define a las instituciones como conjuntos de restricciones o reglas formales o informales creadas por el hombre para crear orden y reducir la incertidumbre en el intercambio. Este trabajo en particular concluye con North preguntándose cómo es que se relacionan las reglas formales con las reglas informales.

Lo cierto es que las reglas informales pueden de hecho entrar en conflicto con las formales. Pueden contradecirlas y dejarlas sin efecto en la práctica. El problema es que la gente no es necesariamente consciente de cuándo está creando una nueva regla. Lo hace espontáneamente. Imaginemos una esquina cualquiera de la Avenida Javier Prado donde hay un letrero que dice “Paradero prohibido”. La gente tiene flojera de caminar e igual espera allí. Los choferes de transporte público no desean perder pasajeros e igual se detienen a recogerlos. La práctica es tan generalizada que aun cuando hay policías presentes, éstos no imponen papeletas, sino que se limitan a hacer sonar su silbato para que los vehículos estén detenidos el menor tiempo posible. La pregunta sería, ¿cuál es la “verdadera” regla? ¿La regla formal que dice que esa esquina no puede ser usada como paradero o la regla informal que dice lo contrario?

Y si nos ponemos a reflexionar, deberíamos entender cuáles son las verdaderas reglas que rigen nuestro tránsito (si fuéramos más lejos, deberíamos preguntarnos cuáles son las verdaderas reglas que rigen nuestra vida social en todos los ámbitos) y darnos cuenta de cuál es la regla que necesita cambiarse. En muchos casos, la regla formal también es mala (irreal, imposible de cumplir) y es eso lo que motiva la regla informal, pero en muchos otros la regla formal –que ni siquiera ha sido utilizada– no es el problema en absoluto. Por esta razón, las aproximaciones que proponen el endurecimiento de reglas formales usualmente no funcionan, porque se cambia la regla que no se utiliza, y no se hace nada por cambiar la regla que efectivamente existe.

En mi opinión, la situación del tránsito en Lima no es caótica porque las reglas formales sean malas –es decir, hay algunas reglas malas pero qué tan malas pueden ser, las reglas de tránsito son prácticamente estándares en buena parte del mundo– sino porque las vías de la ciudad están colapsadas. No es posible hacer que esa cantidad de vehículos y pasajeros transcurra eficientemente por esa infraestructura vial, sin importar la regla formal o informal que se nos ocurra poner. Para solucionar el problema necesitamos hacer que varias reglas formales se cumplan –lo cual es un tema de autoridad y no de legislación– y necesitamos construir una infraestructura vial acorde con el tamaño y las necesidades de la ciudad.

El punto de vista que estoy tratando de proponer, en resumen, es que si tengo que repartir cinco panes y dos peces entre cinco mil personas mi problema –a menos que yo sea Jesucristo– no es el orden. Desde luego, habrá desorden, pero aun con orden seguiría habiendo un problema. Curiosamente, en estas situaciones de escasez –de comida, de medios de transporte público, de boletos para el fútbol o de lo que sea– la gente tiende a ser más desordenada, desconsiderada y violenta; exactamente lo que ocurre en nuestro caso. Definir el problema como un problema de “orden” es fracasar necesariamente en encontrar una solución.

Finalmente, quisiera hacer una reflexión: ¿se han preguntado qué pasaría si un chofer de transporte público en Lima siguiera absolutamente todas las reglas [formales] de tránsito en esta ciudad? Viajaría vacío. Los demás vehículos le ganarían todos los pasajeros mientras él se detiene sólo en los paraderos autorizados, viaja a la velocidad establecida en el reglamento, no le cierra el paso a los demás, etc. Considerando que estas personas apenas tienen ingresos de autosubsistencia, ¿pueden realmente darse el lujo de seguir todas las reglas? Por lo tanto, postulo que si resucitáramos a Manuel Antonio Carreño y lo pusiéramos a ganarse la vida en Lima conduciendo una combi o un taxi, terminaría conduciendo igual que los demás choferes. Es una cuestión de supervivencia. La educación nunca está de más, pero no siempre es el problema.

2 COMENTARIOS

  1. mmmm…… un mejor estudio y más completo se desarrolló en colombia y perú … se llama la guerra del centavo y explica que lo que subyace al problema- la estructura del negocio- incentiva a romper reglas para ganar un sol más; y es que el sistema de competnecia en transporte publico bajo el esquema actual solo es empleado en africa, peru bolivia y algunos paises asiáticos, un esquema de concesiones con una autoridad central y donde no es negocio romper es la forma en que cambia todo…… esto funciona asi en el mundo desarrolla. Un ejemplo claro es, a alguiens e le ocurriria hacer carreritas en el metropolitano???????, PUES NO y no solamente porque hay un carrilll. porque si pongo alli combias o los antiguos carros bajo el esquema de combi, pues harian carreritas como siempre……. lo que impide que rompan reglas es el esquema de negocio de concesión en cuasi monopolio, dnde los operarodres solo tiene que cuplir con los requisitos y la autoridad corrige las distorciones naturales que ocurrirán, el esuqem a es de contrato con arbitraje y no autorización como actualmente es combi. SOLUCIONANDO el problema de transprote masivo, el problema de taxi y vehículo privado disminuiran y podrás aplicar tus medidac clasica, multas etc. para corregir el trnasito ASI HIZO CHILE Y ASÍ hizo el mundo entero NO HAY NADA QUE INVENTAR ….. solo es decisión política.

  2. las vias de la ciudad están colapsadas porque TIENES UNA CIUDAD DE 8 MILLONES DE PUNTAS y no tienens un sistema de transporte masivo implementado….. tu tren y tu metropolitano la estructura dle sistema estánd esarrollados al 10% de toda la red…………….. Es la solución aqui y en la china, el transporte masivo en concesión a menso que quieras chapar tu combi en nueva york porque alli se defiende le libre mercado. la liberalización del mercado de transporte fue el cuento más iluso que nos vendieron, de pura deducción hipotetica sin ningun sustento empirico, bullard y los demás parecían los snderistas del libre mercado, aplicando todo de manual sin tener ninguna evidencia, ahora cunado tienes el problema 20 años después tan que le echan la culpa d elos males a la educación.

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