Por: Henry Hazlitt. Columnista de la página web www.miseshispano.org. Es un artículo extraído de Freeman, Freeman, febrero de 1967. Copiado de una conferencia presentada en un encuentro especial de la Mont Pelerin Society en Tokyo, en Septiembre de 1966. Este artículo se ha recopilado en Free Market Economics: A Basic Reader (1974).

El artículo original se encuentra aquí http://www.miseshispano.org/2012/06/%C2%BFcomo-deberian-determinarse-los-precios/.

¿Cómo deberían determinarse los precios? Ante esta pregunta podemos dar una breve y sencilla respuesta: los precios se deben determinar por el mercado.

La respuesta es ya bastante correcta, pero se necesita cierta elaboración para responder al problema práctico que concierne a la sensatez del control de precios por parte de los gobiernos.

Empecemos por el nivel elemental para decir que los precios se determinan por medio de la oferta y la demanda. Si la demanda relativa de un producto se incrementa, los consumidores querrán pagar más por él. Sus apuestas competitivas les obligarán individualmente a pagar más por ellos tanto como permitirán a los productores ganar más. Esto elevará los márgenes de beneficio de los productores de ese producto. Esto, a su vez, atraerá a más empresas a manufacturar tal producto e inducirá a las que ya existen a invertir más capital en fabricarlo. El crecimiento de la producción tenderá otra vez a reducir el precio del producto y a reducir los márgenes de beneficio de fabricarlo. La creciente inversión en nuevos equipos de fabricación puede bajar el precio de la producción. O bien la demanda creciente y la producción —sobre todo si hablamos de alguna industria extractiva como el petróleo, el oro, plata o cobre— pueden elevar el coste de fabricación. En todo caso, el precio tendrá un efecto claro sobre la demanda, la producción y los costes de producción de la misma manera que estos a su vez, afectarán a los precios. Las cuatro cosas —demanda, existencias, costes y precio— están relacionadas entre si. Un cambio en una de ellas, provocará cambios en las otras.

De la misma manera que la demanda, existencias, costes y precio de cualquier bien individual están relacionadas entre si, los precios de todas los bienes están relacionados unos con otros. Estas relaciones son tanto directas como indirectas. Las minas de cobre pueden obtener plata como subproducto. Si el precio del cobre sube demasiado, los consumidores lo sustituirán por el aluminio para muchos usos. Esta es la conectividad de la substitución. El dacron y el algodón se usan para las camisas inarrugables; esto es una conectividad de consumo.

Además de estas conexiones relativamente directas entre los precios, hay una inevitable conectividad entre todos los precios. Un factor general de la producción, el trabajo, puede ser cambiado de una línea a otra a largo plazo o a corto plazo, directamente o indirectamente. Si un bien eleva su precio y los consumidores no quieren o no pueden sustituirlo por otro, se verán forzados a consumir un poco menos de algo. Todos los productos compiten por el dinero del consumidor y un cambio en cualquiera de los precios afectará a un número indefinido de otros precios.

Así que no hay un solo precio que pueda ser considerado un objeto aislado en si mismo. Está relacionado con otros precios. Es exactamente a través de esas interrelaciones como la sociedad puede resolver la enorme dificultad y el siempre cambiante problema de cómo repartir la producción entre miles de diferentes bienes y servicios de manera que cada uno pueda ser proporcionado tan rápido como sea posible en relación con la urgencia comparativa de la necesidad o el deseo de él que existe.

A causa del deseo y la necesidad y las existencias y su coste, todo bien individual o servicio constantemente cambian y cambian los precios las relaciones de los precios. Cambian al año, al mes, a la semana, cada día, cada hora. La gente que cree que los precios normalmente se detienen en algún punto fijo, o que pueden ser fácilmente detenidos en algún nivel “correcto”, podrían pasar una hora provechosa mirando la impresora telegráfica del mercado bursátil o leyendo el informe diario de los periódicos acerca de lo que pasó el día anterior en el mercado de cambios, en los mercados del café, cacao, azúcar, trigo, maíz, arroz y huevos, el algodón, las pieles, la lana, el caucho, el cobre, la plata el plomo y el zinc. Así verá que ninguno de esos precios está quieto nunca. Por eso es por lo que los constantes intentos de los gobiernos de bajar, subir o congelar un precio particular o dejar la relación entre precios y salarios en el punto donde estaba un determinado día (“sostener”) están destinados a ser disruptivos cuando no fútiles.

Apoyo de los precios para los bienes exportacion

Empecemos considerando los esfuerzos del gobierno para contener los precios altos o para elevarlos. Los gobiernos frecuentemente intentan hacer esto con bienes que constituyen el principal producto de exportación de su país. Japón lo hizo una vez con la seda y el Imperio Británico con el caucho; Brasil lo ha hecho y todavía lo hace periódicamente con el café; los Estados Unidos lo han hecho y todavía lo hace con el algodón y el trigo. La teoría es que subir los precios de estos bienes de exportación hace bien y no daña en casa porque sube los ingresos de los productores domésticos y lo hace casi siempre a expensas de los consumidores extranjeros.

Todos estos planes siguen un curso típico. Pronto se descubre que el precio de un bien no puede ser elevado a menos que las existencias se reduzcan primero. Esto puede llevar, al principio, a la imposición de restricciones en la extensión (de tierras). Pero el precio más alto da a los productores un incentivo para incrementar su rendimiento medio por unidad de medida plantando el producto que se apoya en las áreas más productivas y empleando más intensivamente fertilizantes, irrigación y trabajo. Cuando el gobierno descubre que pasa esto, empieza a imponer controles cuantitativos absolutos a cada productor. Esto normalmente se basa en la producción previa de cada productor durante una serie de años. El resultado de este sistema de cuota es mantener alejada toda nueva competición; encerrar a los productores existentes en sus posiciones relativas previas y, de esta manera, dejar los costes de producción altos al quitar el principal mecanismo e incentivo para reducir tales costes. Se impide que tengan lugar los reajustes necesarios.

Mientras tanto, las fuerzas del mercado siguen funcionando en los países extranjeros. Los extranjeros se niegan a pagar el precio más alto. Sus compras de la mercancía controlada al país controlador se cortan y buscan otras fuentes de existencias. Los precios más altos dan un incentivo a otros países para empezar a producir la mercancía valorada. De esa manera el plan del caucho británico llevó a los productores holandeses a incrementar la producción de caucho en sus colonias. Esto no solamente bajó los precios del caucho, sino que hizo que los británicos perdieran para siempre su anterior posición monopolística. Además, el plan del caucho británico levantó los resentimientos de Estados Unidos, el principal consumidor, y estimuló el exitoso desarrollo posterior del caucho sintético.

De la misma manera, sin entrar en detalles, las políticas del café de Brasil y las del algodón en América del Norte dieron un incentivo político y de precios a otros países para iniciar o incrementar la producción de café y algodón y tanto Brasil como los Estados Unidos perdieron sus monopolios.

Mientras tanto, en casa, todos estos planes requieren establecer un elaborado sistema de controles y burocracia para formularlos y ponerlos en práctica. Esto debe hacerse porque cada productor individual debe ser controlado. Una ilustración de lo que sucede puede encontrarse en el Departamento de agricultura de los EE.UU. En 1929, antes e que existieran la mayoría de los planes de control de cosechas, había 24.000 personas empleadas en el Departamento. Hoy son 109.000. Desde luego estas enormes burocracias tienen un interés especial en encontrar razones por las que los controles para cuya puesta en marcha han sido contratadas deben continuar y expandirse. Y desde luego estos controles restringen la libertad individual y sientan precedentes para todavía más restricciones.

Parece que ninguna de estas consecuencias sirve para disuadir los esfuerzos gubernamentales de hinchar los precios de algunos productos por encima de lo que de otra forma serían sus niveles competitivos en el mercado. Aún tenemos acuerdos internaciones sobre el café y acuerdos internaciones sobre el trigo. La ironía es que los Estados Unidos estaban entre los que promovieron la organización del acuerdo del café aunque los estadounidenses son los principales consumidores del producto, es decir, las más inmediatas víctimas del acuerdo. Otra ironía es que los Estados Unidos imponen cuotas de importación de azúcar, lo que necesariamente discrimina a favor de algunas naciones exportadoras de azúcar y por lo tanto contra otras. Estas cuotas fuerzan a los consumidores norteamericanos a pagar elevados precios por el azúcar a fin de que una pequeña minoría de productores norteamericanos de caña de azúcar pueda conseguir precios altos.

No necesito señalar que estos intentos de “estabilizar” o alzar los precios de productos agrícolas primarios politizan todos los precios y las decisiones de producción y crean fricciones entre países.

Mantener bajos los precios

Ahora miremos los esfuerzos de los gobiernos por bajar los precios o al menos impedirles que suban. Estos esfuerzos se dan repetidamente en la mayoría de las naciones, no solo en tiempo de guerra, sino en cualquier momento de inflación. El proceso típico es algo como esto: el gobierno, por la razón que sea, sigue políticas que incrementan la cantidad de dinero y crédito. Esto empieza inevitablemente pujando los precios al alza. Pero esto no es popular entre los consumidores. Así que el gobierno prometa que “sostendrá” mayores incrementos de precios.

Digamos que tal cosa empieza con el pan, la leche y otras necesidades. Lo primero que pasa es que —asumiendo que puede imponer sus decretos— es que el margen de beneficio de producir esas cosas necesarias cae, o se elimina, para los productores marginales, mientras que el margen de beneficio de producir bienes de lujo queda sin cambios o va subiendo. Esto reduce y desincentiva la producción de las cosas necesarias que están controladas y estimula una producción creciente de bienes de lujo. Pero este resultado es justamente lo contrario de lo que los controladores de precios tenían en mente. Si el gobierno entonces intenta impedir esta desmotivación de producir los bienes controlados manteniendo bajos el coste de las materias primas, el trabajo y otros factores de la producción que inciden en ella, entonces debe empezar a controlar los precios y los salarios en círculos que cada vez se amplían más hasta que finalmente intenta controlar el precio de todo.

Pero si intenta hacer esto de una forma consistente y con determinación, se encontrará intentando controlar literalmente millones de precios y trillones de relaciones entrecruzadas de precios. Fijará rígidas distribuciones y cuotas para cada productor y cada consumidor. Desde luego, estos controles han de extenderse detalladamente tanto a importadores como exportadores.

Si el gobierno sigue creando más moneda con una mano y manteniendo rígidamente los precios bajos con la otra, hará un daño inmenso. Y señalemos también que aunque no estuviera inflando la moneda sino que solo intentara sostener los precios relativos o absolutos tal como están, o bien instituyera una “política de ganancias” o “política de salarios” diseñada de acuerdo a alguna fórmula mecánica, hará cada vez más daño. En un mercado libre, incluso cuando el “nivel de precios” no cambia, todos los precios cambian constantemente unos en relación con otros. Esto responde a cambios en los costes de producción, de existencias y de demandas para cada bien y servicio.

Y estos cambios de precios, tanto absolutos como relativos, son principalmente tanto necesarios como deseables, porque sacan el capital, el trabajo y otros recursos de la producción de bienes y servicios que se precisan menos y los ponen en la producción de los bienes y servicios que se necesitan más. Ajustan el balance de la producción a los incesantes cambios en la demanda. Producen miles de bienes y servicios en las cantidades relativas en que son socialmente demandados. Estas cantidades relativas cambian todos los días.

Así que los ajustes del mercado y los incentivos de precio y salarios que llevan a estos ajustes deben de cambiar todos los días.

El control de precios distorsiona la producción

El control de precios siempre reduce, desequilibra, distorsiona y desajusta la producción. Con el paso del tiempo, el control de precios se vuelve más peligroso. Incluso un precio fijo o una relación de precios que puede ser “correcta” o “razonable” en el día que se establece puede volverse cada vez más irracional o impracticable.

De lo que los gobiernos no se dan cuenta es que en lo que concierne a un bien individual, lo que cura un precio elevado es un precio elevado. Los precios altos llevan a economizar en el consumo, además de estimular e incrementar la producción. Estos resultados hacen crecer las existencias y tienden a bajar los precios de nuevo.

Alguien podría decir «Bueno, el control de los precios por parte del gobierno es dañino en muchos casos, pero vd. está hablando como si los mercados estuvieran regidos por una competencia perfecta. ¿Qué hay de los mercados monopolísticos? ¿Y qué pasa con los mercados en los que los precios están controlados o fijados por grandes compañías? ¿No debería el gobierno intervenir aquí, aunque solo fuera para reforzar la competencia o para llevar el precio a dónde lo dejaría la auténtica competencia si existiera?».

Los miedos de la mayoría de economistas acerca de los males del “monopolio” han sido injustificados y sin duda excesivos. En primer lugar, es muy difícil formular una definición satisfactoria de lo que es el monopolio económico. Si en una pequeña población aislada existe un pequeño almacén, barbería o verdulería —y esto es una situación típica— dicha tienda se dirá que está gozando del monopolio de esa ciudad. También puede decirse que cada cual goza del monopolio de sus particulares cualidades o talentos. Yehudi Menuhin tiene el monopolio de la forma de toca el violín de Yehudi Menuhin; Picasso, la de producir las pinturas de Picasso; Elizabeth Taylor el de su particular belleza y atractivo; y así podemos decirlo de otros talentos y cualidades menores en todos los aspectos.

Por otro lado, casi todos los monopolios económicos están limitados por la posibilidad de la sustitución. Si las tuberías de cobre tienen un precio demasiado alto, los consumidores las sustituirán por las de acero o plástico; si la ternera está muy cara, los consumidores la sustituirán por cordero; si la chica de tus sueños te rechaza, siempre puedes casarte con otra. Así pues, casi cualquier persona, productor o vendedor puede gozar de un casi—monopolio dentro de ciertos límites internos, pero muy pocos vendedores son capaces de explotar dicho monopolio más allá de ciertos límites exteriores. Se ha escrito mucho en estos años lamentando la ausencia de competencia perfecta; podría haber un énfasis igual en cuanto a la ausencia de un monopolio perfecto. En la vida real, la competencia nunca es perfecta, ni tampoco lo son los monopolios.

Incapaces de encontrar ejemplos de un monopolio perfecto, algunos economistas se han atrevido estos años a conjurar el fantasma del “oligopolio”, la competencia entre pocos. Pero han llegado a sus alarmantes conclusiones solo incorporando en sus hipótesis toda clase de acuerdos secretos imaginarios o entendimientos tácitos entre grandes unidades de producción y deduciendo cuáles podrían ser los resultados.

Ahora bien: el simple número de los competidores en una industria particular tiene poco que ver con la existencia de competencia efectiva. Si General Electric y Westinghouse compiten efectivamente, si General Motors y Ford y Chrysler compiten efectivamente, si el Chase Manhattan y el First National City Bank compiten efectivamente y así. Nadie que tenga una experiencia directa de estas grandes compañías puede dudar de que predominantemente sea eso lo que hacen. Entonces, el resultado para los consumidores, no solamente en el precio sino en la calidad del producto o servicio, no es solamente tan bueno como lo sería a través de la competencia fragmentada sino mucho mejor, porque los consumidores tienen la ventaja de la economía a gran escala y de la investigación y el desarrollo a gran escala que las pequeñas compañías no pueden permitirse.

Un raro juego de números

Los teóricos del oligopolio han tenido una influencia funesta en la sección antitrust y en las decisiones de los tribunales norteamericanos. Los fiscales y los tribunales han jugado un extraño juego de cifras. En 1965, por ejemplo, un tribunal del distrito Federal sentenció que una fusión que tuvo lugar entre dos bancos de la ciudad de Nueva York cuatro años antes había sido ilegal y que debía disolverse. El banco fusionado no era el más grande de la ciudad, sino solamente el tercero en tamaño; la fusión —de hecho— había permitido al banco competir más efectivamente con sus dos competidores más grandes; sus activos combinados apenas eran 1/8 de los representados por todos los bancos de la ciudad y la fusión en sí había reducido el número de bancos individuales de 71 a 70. Yo añadiría que en los cuatro años que siguieron a la fusión el número de oficinas sucursales en Nueva York se había incrementado de 645 a 698. El tribunal estaba de acuerdo con los abogados del banco en que «el público general y los pequeños empresarios se han beneficiado» de las fusiones bancarias en la ciudad. El tribunal prosiguió diciendo que «a pesar de todo las prácticas que son inofensiva en sí mismas, o incluso las que otorgan beneficios a la comunidad, no pueden ser toleradas cuando tienden a crear un monopolio; las (prácticas) que restringen la competencia son ilegales no importa lo beneficiosas que puedan ser».

A propósito, es extraño que aunque los políticos y los tribunales crean necesario prohibir una fusión ya consumada con el objetivo de acrecentar el número de bancos en una ciudad de 70 a 71 no insistan tanto en las cifras que compiten en el caso de los partidos políticos. La teoría dominante norteamericana es que solo dos partidos políticos son suficientes para dar al votante una alternativa verdadera, que si hubiera más causaría confusión y que la gente no se beneficiaría de ello.

Hay mucha verdad en esta teoría política si se aplica al ámbito económico: si realmente están compitiendo, solo dos compañías en una industria son suficientes para crear competencia efectiva.

Precio monopolístico

El problema auténtico no es si hay “monopolio” en un mercado, sino si existe precio monopolístico. Un precio de monopolio puede surgir cuando la respuesta de la demanda es tal que el monopolista puede obtener un ingreso neto más alto vendiendo una pequeña cantidad de su producto a un precio alto que vendiendo grandes cantidades a un precio más bajo. Se asume de este modo que el monopolista puede poner un precio más alto que el que prevalecería bajo condiciones de “competencia pura”.

La teoría de que puede haber una cosa llamada precio monopolístico, mayor del que sería un precio competitivo, es válida. La pregunta real es ¿es útil esta teoría para el supuesto monopolista al ayudarle a decidir sus políticas de precios o bien para el fiscal o los tribunales al formular políticas anti—monopolio?

El monopolista, para poder explotar su posición, debe saber cuál es la curva de la demanda de su producto. No lo sabe, puede solamente adivinarlo, debe encontrarla por medio del intento y error. Y no se trata solamente de la respuesta no emocional de los consumidores a los precios lo que el monopolista debe tener en mente: es el probable efecto que sus políticas de precios tendrán en ganarse los buenos deseos o levantando el resentimiento de los consumidores. Y lo que es más importante: el monopolista debe considerar el efecto de sus políticas de precios en alentar o desanimar la entrada de competidores en su terreno. Puede realmente decidir que la política más inteligente a la larga sería fijar un precio no más alto que el que cree que pondrá la pura competencia y quizá un poco más bajo.

En todo caso en ausencia de competencia, nadie sabe cuál sería el precio competitivo si existiera. Así que nadie sabe exactamente cuanto más alto es un “precio de monopolio” que un “precio competitivo” ¡y ni siquiera estamos seguro de que sería más alto!

Aún así, la política anti—trust en EE.UU. al menos asume que los tribunales pueden saber cuánto por encima del precio de la competencia está el precio de un supuesto monopolio o “conspiración”. Pues cuando existe una supuesta conspiración para fijar los precios, se pide a los compradores que demanden para recuperar el triple de la cantidad que fueron supuestamente obligados a “pagar” de sobra.

Nuestro análisis nos lleva a la conclusión de que los gobiernos deberían abstenerse —siempre que sea posible— de intentar poner precios máximos o mínimos a cualquier cosa. Cuando han nacionalizado un servicio —correos o ferrocarriles, el teléfono o la energía eléctrica— tendrán que establecer una política de precios. Y cuando han garantizado franquicias monopolísticas —para los transportes subterráneos, los ferrocarriles, los teléfonos o las compañías energéticas— tendrán claro está que considerar que restricciones de precios impondrán.

En cuanto a la política antimonopolio, cualquiera que sean las condiciones en otros países, puedo dar testimonio de que en los Estados Unidos apenas tienen una huella de consistencia. Son inciertas, discriminatorias, retroactivas, caprichosas y llenas de contradicciones. Ninguna compañía —ni siquiera una de tamaño moderado— puede saber cuándo habrá violado las leyes anti—trust o por qué. Todo depende de la tendencia económica de un juez o tribunal particular.

Existe una enorme hipocresía sobre este asunto. Los políticos han discursos elocuentes contra el “monopolio” y luego impondrán tarifas y cuotas a la importación destinadas a proteger monopolios y a dejar fuera la competencia; garantizarán franquicias monopolísticas a compañías de autobuses o de telefónica; aprobarán patentes y derechos de copia monopolísticos; intentarán controlar la producción agrícola para permitir precios de granjas monopolísticos. Sobre todo, no solo permitirán, sino que impondrán monopolios laborales a los empleadores y obligarán legalmente a los empleadores a regatear con estos monopolios; incluso permitirán a los mismos imponer sus condiciones por medio de la intimidación física y la coerción.

Sospecho que la situación intelectual y el clima político respecto a esto no son muy diferentes en otros países. Salir de este caos legal es, desde luego, tarea de juristas tanto como de economistas. Tengo una modesta sugerencia: podemos encontrar muchísima ayuda en la antigua ley común, que prohíbe el engaño, la tergiversación y toda intimidación física y coerciva. Como nos recordaba John Locke en el siglo XVII «el fin de la ley no es abolir o restringir, sino preservar y ensanchar la libertad».

Así, podemos decir que hoy, en el terreno económico, el objetivo de la ley debería ser no constreñir, sino llevar al máximo la libertad de precios y de mercados.

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