Traducido por Manuel Ferreyros. Republicado y traducido con permiso de los autores. El artículo original se encuentra aquí.

Los liberales y conservadores tienden a estar en desacuerdo sobre el papel de la suerte en el éxito financiero. Aquéllos suelen considerar que juega un papel muy importante, mientras que los últimos suelen pensar que juega uno pequeño: que el éxito financiero es atribuible en su mayor parte al talento y al trabajo duro. Llevado a su extremo, la segunda posición es aquélla que fue sostenida por la libertaria radical Ayn Rand.

La importancia del desacuerdo para la Economía tiene que ver principalmente con los impuestos. Gravar éxitos atribuibles a la pura suerte no tiene efectos desincentivos, y por tanto es una forma barata de financiar el gobierno. Gravar el éxito atribuible al trabajo duro puede inducir una sustitución hacia el ocio, la reducción de los ingresos monetarios, y gravar el éxito financiero atribuible al talento puede inducir a que algunas personas talentosas sustituyan por actividades que generan ingresos sustancialmente no pecuniarios (aparte del ocio), lo cual puede ser socialmente menos productivo como negocio. Más allá de la preocupación económica, sin embargo, está una cuestión ética que es particularmente aguda en una sociedad, como la nuestra, en la que existe una gran desigualdad de ingresos y riqueza.

Yo no encuentro ningún mérito a la celebración del magnate financiero de Ayn Rand y sus seguidores. Creo que en última instancia todo es atribuible a la suerte, buena o mala. No solo las cosas obvias, como el coeficiente intelectual, genes que predisponen a la buena o mala salud, la época histórica y el país en que se nace, la riqueza de los padres, quiénes se llega a conocer en las etapas críticas de la vida y de la carrera, la altura y apariencia y temperamento de uno, en una  medida determinados por la genética, y la tendencia innata al riesgo o la precaución (que es un factor excepcionalmente importante); pero también las características que hacen que una persona tome decisiones críticas que pueden resultar bien o mal, las características que realmente se derivan de algunas de las características de “suerte” señaladas. Las características de toma de decisiones incluyen la inteligencia, la imaginación, la actitud hacia el riesgo, y características de la personalidad como la agresividad, la inadaptación, la indolencia, y qué tanto uno toma precauciones por el futuro. El talento es suerte, pero también lo es la propensión a trabajar duro (a menudo consecuencia de una personalidad compulsiva) o a no trabajar duro.

En resumen, yo no creo en el libre albedrío. Creo que todo lo que una persona hace es causado por algo. Es cierto, y es la base de la creencia en el libre albedrío, que muchas veces consideramos conscientemente los pros y los contras para decidir sobre un curso de acción; “nosotros” estamos decidiendo, en lugar de que la decisión sea tomada por algo ajeno a “nosotros”. Pero el cálculo y la toma de decisiones son diferentes. La decisión puede solo significar el cálculo del balance de utilidad y inutilidad; el resultado de la balanza determina la decisión. Sin duda, cuando un gato se abalanza sobre un ratón tiene decidido hacerlo, pero la decisión fue compelida por las circunstancias: la dieta felina, la presencia del ratón, etc. Una descripción completa del incidente no requeriría hablar del libre albedrío.

Si esto es correcto, una persona brillante y rica como Bill Gates no tendría “derecho” a su riqueza en un sentido moral Ayn Randiano. Pero sería ridículo inferir de aquí que el gobierno debe tomar su riqueza y distribuirla entre los pobres, en base a la teoría de que la única diferencia entre Gates y una persona pobre es que uno ha tenido suerte y el otro no. Pero la razón por la que se sería ridículo es porque tendría efectos terribles de incentivos, no porque se estaría violando algún sentido profundo de la libertad humana.

Los efectos de gravar fuertemente la riqueza pueden depender en parte de la clase de suerte que generó la riqueza que ahora debe ser quitada y entregada a otra persona. Puede haber diferentes efectos entre gravar la riqueza que resulta principalmente de cualidades personales, como el CI y la ambición, y gravar riqueza que no tiene relación con tales cualidades, riqueza heredada, por ejemplo, o riqueza obtenida al ganar la lotería, o bien, un ejemplo más sutil y más importante, riqueza que resulta de tomar el riesgo financiero no guiado por una perspicacia financiera real (o, no hace falta señalar, a partir de actividades antisociales, como el crimen). Fuertes impuestos a la riqueza ganada probablemente induzcan a muchas personas capaces y con energía a aumentar sus actividades de ocio en relación con el trabajo productivo, pero también induciría otras personas a aumentar su esfuerzo de trabajo en relación con el ocio con el fin de preservar o aumentar su riqueza vista de la pesada carga tributaria. Fuertes impuestos sobre riqueza no ganada más probablemente tengan el segundo efecto más que el primero porque, a falta de talento, estas personas tendrán que trabajar duro (o trabajar y punto –tal vez estaban viviendo de su riqueza heredada o conseguida de otra manera y no trabajaban en absoluto–) con el fin de mantener un nivel de vida decente, dado que carecen del talento de las personas adineradas que han ganado su riqueza en lugar de que les haya caído en el regazo.

Mencioné la asunción de riesgos financieros. Debido a la incertidumbre (en el sentido de Knight-Keynes, es decir, una probabilidad que no se pueden cuantificar) de la especulación, las ganancias especulativas, como por el comercio de acciones y bonos, son principalmente el resultado de pura suerte más que de habilidad o trabajo duro. De hecho, muchos especuladores trabajan duro, pero el número de aquéllos que son consistentemente exitosos parece poco o nada mayor de lo que cabría esperar como el resultado de la mera suerte. Las ganancias especulativas tienden a elevarse en mercados de rápido ascenso y a colapsar cuando los mercados agrian.  Las vueltas del mercado las fluctuaciones en los precios de las acciones particulares son difícil de predecir ya que, como célebremente señaló Keynes, cuando uno especula sobre el precio de acciones está especulando no sólo acerca de la suerte de la compañía emisora ​​de las acciones, sino también acerca de cómo evaluarán los demás especuladores sobre la suerte de la compañía y, de hecho, acerca de la forma en que ellos evaluarán sus evaluaciones. Aunque la especulación tiende a generar información sobre los valores subyacentes y, en esa medida, es socialmente productiva, los beneficios de esa información no guardan relación con las ganancias y pérdidas que genera la especulación. Esas son ganancias y pérdidas de juegos de apuesta, y gravar fuertemente los beneficios probablemente tendría sólo un pequeño efecto negativo en la generación de información socialmente valiosa.

Así que en mi opinión no hay nada “injusto” sobre los impuestos fuertes a la riqueza, pero hay objeciones prácticas. Una de ellas es que los ricos tienen suficiente influencia política para llenar cualquier nueva ley tributaria con agujeros legales que permitan que las personas ricas minimicen su responsabilidad fiscal. Otra es que el dinero adicional recaudado será malgastado en actividades gubernamentales improductivas, incluyendo repartos que reducen los incentivos al trabajo de los destinatarios. Esta objeción desaparecería, sin embargo, si el producto de los impuestos adicionales a los ricos se destinara a reducir el déficit federal.

Hay quejas de que los muy ricos ya pagan un porcentaje muy alto del impuesto a la renta federal total, aunque la tasa máxima del impuesto federal a la renta es baja (la tasa marginal superior es del 35 por ciento, y por ganancias de capital, dividendos e intereses el impuesto es de solo el 15 por ciento), y casi la mitad de la población adulta no paga impuesto federal a la renta en absoluto, aunque paga impuestos federales sobre la nómina e impuestos estatales. No veo por qué alguien debería preocuparse de que los ricos paguen una parte “desproporcionada” del impuesto federal a la renta, a menos que exista evidencia (de la cual yo no estoy enterado) de que gravar a los ricos a tasas aún más bajas de lo que ya son gravados provocaría más trabajo productivo. De hecho, ni siquiera sé qué significaría “desproporcionado” en este caso. ¿Sería “desproporcionado” exigir al 1 por ciento de la población de mayores ingresos a pagar un 1,5 por ciento del total impuesto federal a la renta?

La ley tributaria federal está plagada de deducciones y exenciones que son agujeros legales en el sentido de que no tienen ningún producto social. Un ejemplo es la deducción de interés hipotecario, que incentiva a las personas a ser propietarios de sus viviendas en lugar de alquilarlas, y ¿por qué fomentar la propiedad de las viviendas? Otro ejemplo es la exención del impuesto federal a la renta de los pagos por empleadores de beneficios de salud para empleados, que anima a gastos excesivos en atención de salud. Algunos impuestos, como el impuesto a ingresos corporativos, causan distorsiones, al igual que el tratamiento diferenciado de los dividendos e intereses, lo cual permite que las empresas deduzcan intereses pero no dividendos. La reforma del código fiscal sería preferible al aumento de los impuestos a cualquiera, pero los agujeros legales, deducciones y exenciones son vacas sagradas, de forma que los cambios en tasas impositivas y en niveles de gasto son los únicos métodos factibles de lograr la disciplina

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