Publicado originalmente en el diario El Comercio. Todos los derechos del texto reservados. Republicado con permiso del autor.

Jesús y los santos desnudos. Estas imágenes de la exposición de Cristina Planas en la sala Miró Quesada Garland llevaron a un grupo de personas a pedir a la municipalidad de Miraflores su censura alegando que ofendían a la fe católica. Algunos defensores de la muestra retrucaron diciendo que no habría nada de qué ofenderse, pues no se trataría de una crítica al catolicismo, sino de la visión personal de la autora acerca del más allá. No podría estar más en desacuerdo. Cualquiera que haya recibido una formación católica entiende que sexualizar la imagen de Cristo como lo hace la obra de Planas puede llegar a ofender las creencias más profundas de muchos creyentes. No creo, sin embargo, que el sentirse ofendido justifique que un grupo quiera utilizar al Estado para silenciar las doctrinas u opiniones que lo agravian. Todos tenemos ideas o prácticas que atentan contra las más profundas convicciones de otros, especialmente cuando se trata de religión. Es por eso casi imposible que  un culto difunda sus ideas (a través del arte o cualquier otro medio) sin riesgo de ofender al resto. En una muestra artística judía, por ejemplo, Jesús sería presentado privado de la divinidad que le corresponde según el catolicismo, y la Santísima Trinidad sería simplemente negada. Una muestra católica, por su parte, podría condenar como pecado la homosexualidad y la poligamia, prácticas perfectamente aceptadas por el hinduismo y el islam respectivamente. Y una exposición de arte de la Iglesia de los Santos de los Últimos Días, previa a 1978, probablemente ofendería a más de uno en tanto reflejaría su discriminatoria antigua prohibición de ordenar ministros de raza negra. Por eso la única manera de que convivan todas las creencias (como deberían hacerlo en un Estado laico como el peruano) es aceptando y tolerando que la libertad de credo y pensamiento, a menudo, supone también el derecho a ofender. Salvo, por supuesto, que todos estemos dispuestos a creer en silencio.

Que diversos grupos se ofendan por las convicciones de otros no es un síntoma de que la sociedad esté enferma. Por el contrario, es una muestra de que vivimos en un país tolerante y en el cual todos tenemos derecho a escuchar ideas distintas en búsqueda de nuestra verdad. Es una prueba de que en nuestra sociedad un católico no puede callar a un judío ni este a un musulmán porque todos somos iguales frente a la ley. El derecho a ofender (siempre que no se mienta sobre el prójimo), finalmente, es propio de países donde las personas importan en tanto individuos y no porque forman parte de un grupo que puede aprovechar su influencia política para usar al Estado como una herramienta para escribir en las conciencias ajenas.

La Municipalidad de Miraflores, afortunadamente, parece creer que la libertad de conciencia no está sujeta a  deliberación democrática, pues no censuró la muestra y esta sigue abierta. Si me preguntan, varias de las imágenes que  presenta me parecen desagradables y algunas, incluso, ofensivas. Pero quiero vivir en un país donde Cristina Planas tenga todo el derecho a crear arte que me desagrade y me ofenda

1 COMENTARIO

  1. ¿Y qué pasa cuando una expresión artística no solo me desagrada y ofende sino, además, atenta contra intereses fundamentales como la integridad física o la vida propia?

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