Por: Farid Kahatt
Profesor de Relaciones Internacionales en la PUCP

La más conocida representación cartográfica de la superficie terrestre sigue siendo la proyección de Mercator. Se trata de un mapamundi del siglo XVI útil para el propósito con el que fue concebido (servir como carta de navegación), pero que no representa de manera proporcional los dos hemisferios de nuestro mundo: el hemisferio sur (en principio, la mitad del planeta) empequeñece súbitamente, mientras el hemisferio norte cobra dimensiones desmesuradas. Al ver el espacio desproporcionado que ocupa en él Eurasia, es más fácil entender por qué Halford Mackinder la consideró a principios del siglo XX el pivote geográfico del mundo y el “heartland” (V., corazón terrestre), de la geopolítica mundial.

Con base en el mapamundi de Mercator, a fines del siglo XIX se estableció el meridiano cero, a partir del cual se miden las longitudes. Es el que conocemos como “meridiano de Greenwich”. Así que cuando hoy vemos el mundo según Mercator, no sólo Europa parece ocupar un espacio territorial que en realidad no posee, sino que además el centro del mapa se encuentra a poca distancia de Londres (que no en vano era entonces la capital del mayor imperio colonial que haya conocido  la humanidad).

Nuestras representaciones de la geografía mundial se formulan desde una perspectiva eurocéntrica incluso en un sentido literal. Solemos referirnos al continente americano, por ejemplo, como el “Hemisferio Occidental” porque está ubicado al oeste de Europa. De la misma manera, durante siglos se conoció a cierta región del mundo como “Cercano Oriente” precisamente por su cercanía a Europa, en contraposición al “Lejano Oriente”, ubicado a una distancia considerablemente mayor. Ese “Cercano Oriente” se convirtió tras la Segunda Guerra Mundial en el “Medio Oriente” por una razón que tiene poco que ver con la geografía, y que obedece más bien a consideraciones políticas. Básicamente, la razón por la que el cuartel general británico en la región se dio en llamar “Comando del Medio Oriente”, fue que esa denominación permitía dividir la región del Mediterráneo. Este último era el término que prefería emplear la diplomacia francesa (rival del Reino Unido en la empresa colonial), para denominar una región con una continuidad territorial, que pretendía ubicar bajo su esfera de influencia.

Es decir, el “Medio Oriente” no alude a una realidad geográfica inconmovible, sino a una realidad política cuya denominación ha cambiado a lo largo del tiempo. Durante parte de la Guerra Fría contenía al conjunto de Estados de mayoría árabe, pasibles por tanto de recibir la influencia del nacionalismo panárabe que emanaba del principal rival de los Estados de la OTAN en la región (el régimen egipcio presidido por Gamal Abdel Nasser). Ello contribuyó a reforzar la percepción del Medio Oriente como unidad política, en tanto se encontraba surcada por esa amenaza de seguridad. Cuando la principal amenaza de seguridad para los Estados de la OTAN pasó a ser Al Qaeda, se produjo un nuevo intento de redefinir el Medio Oriente para incorporar en él a los países que constituían entonces el epicentro de dicha amenaza: Afganistán y Pakistán. El carácter contingente de este tipo de denominaciones fue puesto de relieve por el hecho de que esta fue finalmente una redefinición fallida. Ello no impide sin embargo que aún se puedan rastrear en la red mapas de lo que el entonces “Grupo de los Ocho” pretendió rebautizar como el “Gran Medio Oriente” (es decir, incorporando Afganistán y Pakistán al Medio Oriente, digamos, “tradicional”).

Circunstancias similares estuvieron a la base del surgimiento de una región geográfica que hoy también aparece como producto de la naturaleza de las cosas, y no de una decisión política: el “Sudeste Asiático”. El término surgió para designar las áreas al sur de China que fueran ocupadas por el Japón durante la guerra del Pacífico, en el contexto de la Segunda Guerra Mundial. Pero en la medida en que quienes así la concibieron actuaron hacia ella como si se tratase de una entidad unitaria (propiciando en ocasiones que sus rivales y aliados en la región comenzaran a hacer lo mismo), esa condición tendió a convertirse en una profecía auto cumplida.

Como queda implícito, no cualquiera podía arrogarse la potestad de colocar nombres sobre un mapa: había una jerarquía entre sujeto cognoscente y objeto conocido, y esas mismas relaciones de poder contribuían a conceder carta de ciudadanía a las regiones así concebidas. O, como dijera Winston Churchill, franceses y británicos trazaron líneas sobre un mapa para delimitar los Estados del Medio Oriente con una copa de brandi en una mano, y un puro en la otra: podían hacerlo porque eran las “Potencias Mandatarias” (cuando no las viejas potencias coloniales), en esa región. Es decir, las potencias occidentales se reservaban el derecho a nombrar al otro, pero también a cambiarle de nombre cuando lo consideraban conveniente.

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