Traducido por Manuel Ferreyros. Republicado y traducido con permiso de los autores. El artículo original se encuentra aquí.

La paradoja de votar en elecciones nacionales es que, dado que es casi absolutamente seguro que un voto singular no tendrá efecto alguno en el resultado (en una elección presidencial, solo añadiría un dígito a un número de ocho dígitos), parece no haber beneficio alguno de votar. El costo de votar es suficientemente pequeño[1] (si el costo para una persona es alto, es improbable que vote), pero es positivo, de forma que si el beneficio de votar es cero el votante está siendo irracional. Sin embargo, tal y como apunta Becker, más de 100 millones de personas se molestaron en votar las últimas elecciones presidenciales estadounidenses.

Algunas personas votan porque las campañas políticas les hacen costoso no votar: una técnica de las campañas para incentivar el voto es fastidiar a las personas para que voten de forma que se sientan incómodas al no hacerlo. Algunas personas votan porque consideran que animarán a otros a hacerlo. Algunos votan porque consideran que es un deber civil. Algunos votos son puramente expresivos: una forma de expresar sentimientos fuertes a favor o en contra de un candidato (o a favor de uno y contra su candidato); ciertamente el enojo jugó un rol en votos contra Romney por miembros de grupos que a los que él o su partido parecieron faltar el respeto, y el enojo contra Obama jugó un rol importante en el número de votos que recibió Romney. En este sentido votar es como hacer vivas o abuchear durante un evento deportivo o de entretenimiento. El aplauso de una persona durante un concierto es inaudible para los artistas, y aun así la gente aplaude, y no principalmente, creo, porque otras personas de la audiencia los mirarían con desaprobación si no lo hicieran. Y, finalmente, a las personas interesadas en política le gusta convencerse a sí mismas y a otros de que su interés es serio: están dispuestos a, como dice la expresión del inglés, poner su dinero (no dinero exactamente, sino el costo en tiempo y molestia de votar) donde tienen la boca.

Nadie piensa que aplaudir es irracional, a pesar de que al igual que votar no tiene valor instrumental, y tiene algún, costo, si bien uno muy pequeño.

La publicidad de campaña y otra actividad política –debates, convenciones de partido, etc.– tratan de emocionar a los votantes sobre las elecciones e inducirlos a votar por candidatos particulares, y en este aspecto se asemejan  mucho a publicidad de productos y servicios de consumo.

Lo que es un desperdicio no es el tiempo que la gente gasta votando, dado que la gente solo vota si considera que es un uso más valioso de su tiempo que las alternativas; lo que puede ser un desperdicio es la cantidad de dinero que se gasta en campañas electorales, y el tiempo gastado por los candidatos en recaudar dinero. Con la publicidad política, así como con la de productos, mucho del gasto no trae una utilidad real, de modo que si la colusión estuviera permitida podrían haber beneficios sociales netos. (Este es el razonamiento detrás de los límites de gasto de campañas.) Pero podría no haberlos, gracias al valor de consumo de la publicidad política y su contribución al valor que la gente deriva de votar.


[1] Nota del traductor: Este artículo fue escrito en base a las elecciones estadounidenses, donde el voto es un derecho facultativo, no obligatorio como en el Perú. Sin embargo, el análisis del costo versus el beneficio de votar sigue siendo correcto: la obligación legal simplemente significa el aumento del costo de no votar a través de multas impuestas por el Estado. Muchos, a pesar de esto, prefieren pagar la multa y no votar.

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