Por: Javier André Murillo Chávez
Asistente de Investigación de Derecho de la Competencia y Propiedad Intelectual y del Instituto de Estudios Internacionales (IDEI) de la Pontificia Universidad Católica del Perú.

El coyote y el correcaminos es uno de los clásicos dibujos animados de la empresa Warner Bros, yo diría que uno de los más creativos y divertidos que han transmitido por la televisión y, paradójicamente, uno de los más sencillos. Se basa en la historia de un hambriento coyote que persigue a un escurridizo pájaro correcaminos, caracterizado por su increíble velocidad. Tras cientos de episodios, ¿dónde está lo creativo y lo divertido? Lo primero está en los millones de métodos que tiene el coyote para intentar capturar al correcaminos, capítulo tras capítulo, traducido en todo el catálogo de artilugios de la ficticia marca ACME, que por lo general, siempre termina con el pobre coyote lesionado, explosionado o estrellado en un profundo acantilado; he ahí donde reside lo segundo: el coyote tras muchos intentos jamás atrapó al correcaminos, pero sí ha logrado hacernos reír a carcajadas.

Al igual que el coyote, se puede decir que el Derecho de Autor siempre intenta “atrapar” a la realidad. Con la aparición de las primeras obras manuscritas, las civilizaciones antiguas acordaron reglas básicas de recopilación, copia y uso de las mismas. Con la invención de la imprenta, se tuvo que regular por ley los derechos y obligaciones de los sujetos en torno a la actividad de impresión y creación de obras, pues se incrementó exponencialmente la posibilidad de reproducción. Con la invención de la televisión y los soportes de audio y video (BETAMAX, VHS, CD, DVD, Blue-ray, etc.) se tuvo que especializar mucho más la regulación. Igual historia observamos con la aparición de las computadoras, los programas (software) y los almacenadores portátiles pendrive (coloquialmente conocidos como USB en el Perú). Como se puede observar, la realidad, y en concreto el desarrollo tecnológico, (como el correcaminos) siempre lleva la delantera. Sin embargo, con la creación y difusión de Internet parece que esta persecución nunca acabará.

Entender la estructura básica del sistema de Derechos de Autor actualmente planteado es sencillo. Estos se dividen en dos grupos: por un lado, los derechos morales consistentes en el reconocimiento al autor, la posibilidad de divulgar su obra, modificar (e impedir que se modifique) la misma, así como retirarla del comercio. Por otro lado, los derechos patrimoniales consisten en la posibilidad exclusiva de autorizar o prohibir la reproducción, la comunicación al público, la distribución, la traducción, el arreglo, la transformación, la importación de copias no autorizadas o cualquier otra forma de utilización de su obra. Ambos grupos tienen sus propios conflictos, pero el verdadero problema es la excesiva duración de los segundos y la inflexibilidad de todo el sistema frente al Internet y las nuevas tecnologías.

Si bien ya era compleja la tarea de controlar el cumplimiento de esta normativa, ahora es prácticamente imposible. La capacidad de difusión de información – qué duda cabe, un bien foco de interés económico en esta era – es demasiado alta  (se pueden enviar documentos desde una oficina en Perú a una oficina en Europa en menos de 30 segundos). Sin embargo, a pesar de ser muy útil, también es posible cometer infracciones muy graves en cuestión de segundos. Como los bienes inmateriales se traducen en simple información de fácil transferencia (gracias a Internet) y con la facilidad de acceso que implican los dispositivos móviles (smarthphones, tablets, netbooks, entre otros), el correcaminos ya se pierde a la vista del pobre coyote, quien una vez más queda estampado contra una pared usando zapatos cohete marca ACME. ¿Quién debe sancionar al vendedor peruano de películas bamba grabadas en cines rusos cuyo titular de Derechos de Autor es una gran empresa estadounidense? ¿Podrá la policía revisar nuestro reproductor mp3 para ver si tenemos música descargada ilegalmente en nuestros playlists? ¿Cuánto tiene que pagar y cómo le pide permiso al autor un pequeño colegio que graba en video la actuación de los chicos de primer grado cantando una famosa canción protegida por Derecho de Autor en una verbena, cuando el video es subido a Internet?

Según estos ejemplos, podemos observar que la infracción más común a los Derechos de Autor es la distribución y/o reproducción no autorizada e impaga de diversos tipos de obras protegidas – como software de computadoras, videoclips, música, libros, etc. –. Todas estas son subidas a la Web en el extranjero, luego son vendidas en mercados informales de nuestro país y son compradas en estos por nosotros, ya sea por los excesivos precios de las copias originales, los pocos ejemplares genuinos ofrecidos, la escasa publicidad, el mínimo número de puntos de venta, etc. En muchos otros casos, nosotros mismos subimos y descargamos libros, música y programas de la Web ilegalmente. La idea es clara, los originales no son populares, lo bamba está muy al alcance y, adicionalmente, las normas son muy estrictas y rígidas. Tan es así que usted o yo nos hemos convertido en “piratas”, pues es probable que en la actualidad todos los nacidos en los últimos 30 años hayamos violado los Derechos de Autor de manera doméstica: descargando una canción de Internet y colocándola en nuestros reproductores de música, descargando libros recientes de la Web en formato pdf, descargando claves para programas de computadora – como los antivirus – que requieren pago, etc.

Así, la realidad ha llegado a poner en ridículo la obsoleta regulación de los Derechos de Autor. Por ejemplo, el inciso a) del artículo 41 del Decreto Legislativo N° 822 – Ley de Derechos de Autor – señala como excepción que puede ser comunicada una obra sin requerir autorización del creador y sin tener que efectuar ningún pago cuando se realicen en un ámbito exclusivamente doméstico siempre que se cumplan dos requisitos: primero, que no exista un interés económico, ni directo ni indirecto; y, segundo, que no se propale deliberadamente al exterior ni toda la obra ni una parte por cualquier medio. En este sentido, la grabación que uno pueda hacer de un miembro de su familia – digamos, la hija más pequeña – cantando una canción conocida, en una reunión familiar, nunca podría ser colgada a YouTube – el más popular servicio de alojamiento de videos en Internet – sin pedir autorización y pagando al autor de la música y al autor de la letra, puesto que esto sería propalar la obra al exterior por un medio masivo y, por ende, una infracción. Simplemente ridículo.

A esto se añade, como agravante, la obsoleta regulación en materia de duración de los derechos patrimoniales. Así, el plazo de duración general es de toda la vida del autor más setenta años, lo cual es completamente excesivo, tomando en cuenta la vida útil de los bienes inmateriales en nuestros días y la restricción que se genera a la creatividad. Por citar algún ejemplo, la vigencia de la versión 1.0 de algún programa de computadora dura solo un tiempo corto, saliendo la versión 2.0 a solo un par de meses del estreno de la versión anterior, por lo que setenta años después de la primera publicación de la versión 1.0 -momento en que esta versión entra al dominio público según el artículo 54 del Decreto Legislativo N° 822  (Ley de Derechos de Autor)- esta versión es simplemente una gran piedra sin valor en el camino del coyote y que el correcaminos también tuvo que esquivar, pues en ese momento significó una traba que de seguro retrasó la creación o desarrollo de nuevas – y quizás – mejores versiones.

Este es, probablemente, el aspecto más criticado de esta normativa, que incluso ha llegado a posicionarse a nivel internacional en el Convenio de Berna (vigente para el Perú desde 1988), generando que exista escaso debate académico sobre la materia, pues es prácticamente imposible variar la normativa en este nivel a corto o mediano plazo, y desviándose las miradas hacia otras áreas de estudio de los bienes inmateriales como los signos distintivos o las patentes, que están más al alcance de cambios innovadores y eficientes: objetivo final de los académicos que buscan contribuir con estas áreas del Derecho.

Un gran avance a largo plazo sería cambiar la normativa gradualmente. Sin embargo, no cabe duda que, por lo obsoleta que ha resultado, cambiarla radicalmente y observar los efectos casi a ciegas también es una opción. Seamos claros, los Derechos de Autor no tienen que desaparecer, solo necesitan cambiar. Ante estas posibilidades, muchos señalan que se dejaría de crear en todos los niveles: no habría nuevas películas, ni software, ni fotografías, ni libros, etc. Sinceramente, creo que esto no pasaría porque la industria – salvo en casos muy especiales que se tendrá que tener en cuenta en una nueva normativa – está muy avanzada, por lo que tienen suficientes fondos para contener el efecto del cambio y siempre encontrarán una creativa nueva manera de lucrar (como  con la venta de ediciones de colección que aumentan el valor agregado de una copia tradicional, la venta de entradas para conciertos en vivo, la creación de versiones de software que requieran pago a cambio de ciertos beneficios, entre otras). Diversas compañías enteras se dedican únicamente a esto y no van a hacer otra cosa por un cambio normativo menos protector en cuanto al tiempo.

Una nota muy irónica es que, en clara vulneración de los Derechos de Autor de Warner Bros, algunos usuarios de YouTube han subido caricaturas en movimiento hechas por ellos (fan made) sin pagar ni pedir permiso, donde el famoso coyote por fin atrapa al correcaminos. De esta manera, algo queda totalmente claro: se necesita urgentemente un cambio normativo. Sin duda, el surgimiento de Internet es la ventaja más grande que la realidad le ha sacado al Derecho. Así, sólo queda preguntarnos oficialmente: ¿Algún día el coyote atrapará al correcaminos?

2 COMENTARIOS

  1. Definitivamente coincido con que la duración resulta excesiva; sin embargo, me queda la duda de que tu punto de vista sugiere que la legislación debe ser un poco más limitada para que a pesar de que existan nuevas tecnologías, ésta las alcance sin necesidad de efectuar una reforma. Es eso así?
    Felicitaciones por el post!

  2. Estimado Walter:

    Muchas gracias por leer mi artículo y por la felicitación. Para contestar tu pregunta, utilizo una cita de Savater, gran filósofo contemporáneo, con la cual coincido totalmente:

    “Dentro de veinte años Internet y el mundo habrán alterado su perfil, y las leyes evolucionarán a ese ritmo. Pero lo que no se puede tolerar es un ámbito sin regulación, donde se pueden hacer toda clase de cosas que son negativas para el buen funcionamiento de la sociedad y que, sin embargo, por dejadez política, para no ofender a los piratas, quedan totalmente impunes. Porque la impunidad es corrupción”. SAVATER, Fernando – “Ética de Urgencia”. Barcelona: Ariel, p. 54.

    Las nuevas tecnologías son el gran reto de la Legislación sobre Derechos de Autor; en mi opinión, la legislación debe ser reformada porque la realidad ha excedido a la misma.

    Un abrazo,

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