Enfoque Derecho entrevista a Gonzalo Zegarra, director de Semana Económica y presidente del Consejo de la Prensa Peruana. Zegarra se graduó de la facultad de Derecho de la PUCP y formó parte del consejo directivo de THEMIS. En esta oportunidad, nos habla sobre las conexiones existentes entre el derecho y el periodismo.

¿Qué relación existe entre las disciplinas del derecho y el periodismo?

Yo creo que el periodismo y el derecho tienen una sustancia común conceptual. Y es que ambas trabajan con dos elementos (principalmente): el ser y el deber ser, la realidad y la normativa. Hay una teoría (o una filosofía) del derecho que es el tridimensionalismo  jurídico, que nos dice que el derecho es hecho, norma y valor; yo en realidad creo en el bidimensionalismo jurídico, que es la ontología y la deontología: el ser y el deber ser.

Esto vale también para el periodismo. En el periodismo debemos confrontarnos también con hechos: la información, la parte informativa del periodismo; y con la parte editorial, la parte de opinión, que es donde nosotros decimos cómo es que deberían ser las cosas, cómo creemos que debería mejorar esa realidad. La diferencia es que el periodismo trabaja con la persuasión, el periodismo trata de convencer; el derecho, en cambio, lidia con la imposición, con una serie de normas que tienen que ser impuestas en última instancia por la fuerza.

Eso en periodismo no existe. En periodismo no podemos imponer nada. En periodismo nosotros simplemente tratamos de persuadir. Creo que esas son, un poco, las similitudes y las diferencias.

¿Cómo crees que sirvió tu formación jurídica para un posterior desempeño como director de una revista?

Bueno, creo que, como he dicho, el periodismo y el derecho tienen en común esta estructura semejante de confrontación con la realidad y con lo que debe ser la realidad. Entonces creo que la estructura cerebral que te otorga la formación jurídica te da las herramientas para confrontar también el trabajo periodístico, en el sentido de entender los fenómenos con los que vas a lidiar. Como confrontar la realidad (los hechos objetivos) donde yo creo que la única vía moralmente aceptable es hacer el mayor esfuerzo de objetividad posible. O sea, los hechos son los que son, no los puedes tergiversar. Eso en periodismo hoy en día está muy de moda, hay una suerte de autocomplacencia con la subjetividad, que yo creo que no aplica para la parte informativa. En cambio, para la parte editorial (para la parte de opinión) evidentemente te puedes tomar las licencias subjetivas, es decir, “yo creo esto porque a mí me parece, porque los valores en los que yo creo, que son obviamente contingentes/discutibles, me permiten opinar así. Creo que deberíamos cambiar las cosas para que sean de esta manera”.

La parte que no te da el derecho -crecientemente, además- es la síntesis. Es decir, yo creo que hoy día, cada vez más, tal vez por el desarrollo tecnológico, el Word, etc., producen abogados que escriben casi incontinentemente. Y el periodismo sí te exige ir al grano. Entonces, una carencia que tiene la formación jurídica actual es, para formar buenos periodistas, la capacidad de síntesis, que es un valor cada vez más importante en el periodismo porque la gente tiene menos tiempo. Hay tanta información que la gente necesita que le filtren lo importante, y para eso es fundamental sintetizar. El derecho, hoy día, no te provee de esa herramienta.

Si bien los medios de comunicación tienen derecho a una línea editorial, muchas veces no guardan la objetividad necesaria para hablar de un sentido de manejo de la responsabilidad con la opinión pública. ¿Cómo se debería manejar el conflicto entre la libertad de expresión y la objetividad?

Yo no creo que haya un conflicto intrínseco entre objetividad y libertad de expresión. Yo creo que el periodismo, o si quieres la doctrina internacional hoy en día, reconoce que más importante que el derecho a la libertad de expresión es el derecho a la información de la gente. En ese sentido, lo que los periodistas tienen es un mandato fiduciario de la población que necesita ser informada, para, ellos,  informarla. Entonces, si es que ese mandato se incumple, yo creo que estructuralmente existen los mecanismos por los cuales las consecuencias van a quedar internalizadas por quien defrauda ese mandato. En otras palabras, aquellos periodistas que tergiversan la información, que tergiversan los hechos, simplemente pierden credibilidad. Porque aquellos a quienes deben servir, que son el público al que se dirigen, siempre pueden comparar esa realidad, tal cual es reportada por otros medios o simplemente tal como ellos la conocen directamente, y ver que están defraudando su mandato. Entonces, eso les terminará pasando la factura en lectoría, y finalmente les terminará pasando la factura en publicidad, y ese periodismo se volverá, tarde o temprano, inviable desde el punto de vista económico.

Al revés, los periodistas que cumplen con su mandato fiduciario y ejercen el periodismo responsable,  ateniéndose a la verdad objetiva hasta donde puede ser conocida (porque también es cierto que no hay objetividad absoluta posible, y por eso es importante que los periodistas estén siempre dispuesto a rectificar), también recibirán el reconocimiento de sus lectores y serán premiados por ellos.

Entonces, en buena cuenta lo que creo es que existen incentivos intrínsecos para que se cumplan los deberes. Es lo que yo llamo, para efectos del periodismo que nosotros tratamos de ejercer acá (en Semana Económica) la feliz conjunción del deber, o la moral, y la viabilidad económica del negocio. Un periodismo moral es un periodismo más sostenible en el tiempo porque va a ser reconocido como tal. Lo moral, entendido como lo apegado a la verdad, que no tergiversa los hechos por su conveniencia,  que no mezcla publicidad con información, etc., es a la larga más sostenible porque este es un negocio de marcas y las marcas dependen de la credibilidad. Si tú te das cuenta, no hay un costo hundido muy grande en materia tecnológica o de inversiones. Sobre todo ahora que el periodismo no requiere ser impreso; ni siquiera necesitas comprar una imprenta para entrar al periodismo. La única barrera de mercado (real) es la marca. Por eso es que los medio se demoran tanto en llegar a un punto de equilibrio. No porque la inversión sea muy grande en tecnología o regulatoria (en permisos), la inversión se da básicamente en mano de obra, en planilla, en gente, en capital humano. Para obtener los retornos, para pagar a ese capital humano que es necesario para hacer buen periodismo, lo que necesitas es generar hábito, y el hábito sólo se genera con credibilidad. Entonces, esa es un poco la ecuación de valor en el periodismo. La credibilidad se genera, valga la redundancia, diciendo la verdad y demostrando que has dicho la verdad en el tiempo. Entonces, recién cuando eso se cumple y generas hábito, recién se genera una lectoría sostenida, y recién, entonces, se genera una publicidad sostenida. Esa es un poco la ecuación de valor del periodismo.

El amarillismo, el sensacionalismo y todas las formas poco serias de hacer periodismo a la larga no pagan. Incluso el periodismo popular tiene su propia lógica dentro de esta lógica que yo he expresado. La prensa popular exitosa no es una prensa mentirosa. Puede ser una prensa de mal gusto, si se quiere, pero no es sostenible que sea mendaz sistemáticamente. Es una prensa que, dentro de sus propios códigos, es razonablemente creíble

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