Ha habido una serie sin precedentes de acusaciones de comportamiento no ético de empresas estadounidenses y extranjeras. Las acusaciones que han obtenido mayor publicidad conciernen –naturalmente, debido al colapso financiero del 2008 y a la depresión económica mundial que causó y que continúa con nosotros- a los bancos (tanto bancos comerciales tales como Citigroup y JP Morgan Chase, como los “bancos no bancarios” como Goldman Sachs y Lehman Brothers), entidades relacionadas como brokers de hipotecas, fondos de cobertura (acusados de divulgar información privilegiada), esquemas Ponzi (como Madoff’s); agencias de calificación como Standard & Poor’s; compañías farmacéuticas; otros proveedores médicos sin fines de lucro; estudios de abogados; manufactureros y minoristas de alimentos (acusados de realizar marketing engañoso que contribuye a la obesidad de la nación y a la epidemia de diabetes); los motores de búsqueda de Internet (como Google) y redes sociales (como Facebook, acusadas de invasiones de privacidad); universidades sin fines de lucro y escuelas vocacionales (acusadas de engañar a los postulantes).

Aunque me estoy refiriendo a estas acusaciones como unas de comportamiento no ético, muchas de ellas violan la ley penal o civil. El comportamiento empresarial que no es ético y probablemente también ilegal incluiría cosas como llenar una junta directiva con marionetas que no actúan como representantes de los accionistas (como debería ser) y, por el contrario, están en el bolsillo del CEO; así como la divulgación confusa de condiciones de crédito, la explotación de la dificultad de los consumidores para entender las tasas de interés y la contratación de mujeres atractivas para vender fármacos a los físicos.

No hay nada nuevo en el comportamiento no ético de las empresas. Ni tampoco este se restringe a las “empresas” en el sentido de sociedades privadas con fines de lucro. Muchas universidades e institutos no tienen fines de lucro, y sin embargo han sido agudamente criticados por tener salarios administrativos exorbitantes, costos de matrícula excesivos y por tergiversar las oportunidades de empleo de sus graduados (las facultades de Derecho son particularmente ofensivas en este sentido). Los reguladores son acusados de ser flexibles con los regulados porque esperan ser contratados por un estudio que están regulando luego de su periodo de servicio público. Los parlamentos son acusados de suprimir votos, y las donaciones a campañas políticas son criticadas como cuasi-sobornos.

Tampoco es posible decir que existe una mayor cantidad de comportamiento no ético en los negocios (ampliamente definidos de manera que incluyan cualquier suministro de bienes o servicios; el “mercado” en el sentido más amplio) hoy en día de lo que existía diez o veinte o cien años atrás. Mi opinión es que, dado el aumento de regulación y expansión en remedios legales, existe una menor cantidad hoy en día que hace cincuenta o cien años. Son básicamente el enojo hacia los bancos, ampliamente culpados por nuestros problemas económicos desde el 2008, y el creciente alcance de los medios electrónicos los responsables por el hecho de que el comportamiento no ético esté recibiendo mucho mayor publicidad que en tiempos pasados.

Sin embargo, la publicidad sobre qué tanto se ha extendido el comportamiento no ético debería invitar a mirar críticamente a la ideología de libre mercado, que es tanto un pilar de la ideología y política conservadora como una corriente altamente influyente del pensamiento económico. Es la corriente tipificada por los populares escritos económicos de Milton Friedman y Alan Greenspan, que sostiene que los mercados financieros –y por extensión los mercados en general- están “auto-regulados”: operan eficientemente cuando existe poca o ninguna supervisión regulatoria del Estado. El cual sabemos ahora que es falso, al menos en el caso de las finanzas.

La competencia es, sin lugar a dudas, esencial para la eficiencia de la producción y distribución de bienes y servicios. Pero no es un antídoto para las prácticas no éticas realizadas por los productores y los distribuidores. Existen tres problemas. Uno son las limitaciones de la publicidad negativa. Supongamos que un fabricante de cigarros descubre una manera de reducir la incidencia del cáncer pulmonar en un 50% entre los fumadores compulsivos. ¿Podría alguien imaginar un anuncio que diga “si eres un fumador compulsivo, cámbiese a nuestros cigarros: reducirán sus probabilidades de obtener cáncer pulmonar (como resultado de fumar compulsivamente) en 50%”? El anunciante estaría envenenándose a sí mismo. Los problemas son usualmente comunes a todo un mercado, y la publicidad que toca un problema común tiende a ser contraproducente para uno mismo (“nuestro avión se cae sólo la mitad de veces que el de nuestra competencia”; “nuestros airbags tienen más probabilidades de prevenir que tu pecho sea destrozado por el timón en un choque frontal que los de nuestro competidor”).

Un segundo problema relacionado es creado por deficiencias cognitivas e informativas que debilitan la efectividad de los consumidores como ejecutores de la competencia que mejora el bienestar del consumidor. Por ejemplo, cotizar precios que no están redondeados a un dólar es una práctica perjudicial; retrasa las transacciones, aumenta los registros de gastos y es un drenaje para el la Casa de la Moneda de Estados Unidos, porque un centavo tiene costos de producción. Pero los vendedores entienden que un precio de US$7 consigue menos clientes que un precio de US$6.99, y sabiendo aquello los vendedores se muestran extremadamente reacios a redondear.

En tercer lugar, la mayor parte de la competencia se da entre organizaciones, y las organizaciones están compuestas por personas cuyas funciones de utilidad no son idénticas a las de la organización. Las organizaciones son usualmente nidos de intriga, donde los esfuerzos por avanzar personalmente pueden perjudicar los objetivos de la organización. Esto es verdad en su máximo nivel; un CEO seguro está mucho más preocupado por su salario que con el valor de la corporación, y puede (dentro de ciertos límites, por supuesto) promover este a expensas de aquel. Los CEOs usualmente, como mencioné anteriormente, tratan de llenar la junta directiva de amigos y marionetas, generosamente compensados por hacer muy poco, de modo que el salario del CEO no sea cuestionado y su permanencia en el cargo sea asegurada.

El proceso legislativo es criticado frecuente y justamente en el sentido de que el horizonte del legislador (a menudo justo después de la elección) tiende a truncarse, lo cual causa que este ignore los costos y beneficios a largo plazo. Pero lo mismo ocurre frecuentemente en los negocios, especialmente en finanzas, cuando los beneficios a corto plazo pueden ser enormes, como lo eran en las burbujas inmobiliarias y de crédito en los inicios del 2000. Frecuentemente tendrá sentido para la perspectiva de un comerciante individual asumir riesgos muy altos, si de un punto de vista estadístico es poco probable que los riesgos se materialicen hasta después de haber ganado beneficios significativos.

Todas las tendencias a la ineficiencia que son inherentes a una economía de mercado están en realidad magnificadas en los Estados Unidos por la intensidad de la competencia, así como por la inequidad de ingresos y la debilidad de la red de seguridad social, una predominante ideología de libre mercado que ha provocado una fuerte oposición política a la regulación, la enorme publicidad que es dada a las personas ricas y la divulgación pública de los ingresos y riqueza de las personas ricas; el limitado prestigio de muchas carreras que no son lucrativas, la ausencia de aristocracia –que proveería un camino alternativo de acceso al dinero- y la tendencia estadounidense de atribuir el éxito financiero a la habilidad y al esfuerzo, incluso cuando es altamente atribuible a la suerte.

Una regulación extremadamente laxa, especialmente de parte de la Comisión de Bolsa y Valores (que regulaba las entidades financieras no bancarias, como Lehman Brothers) pero también de parte de la Reserva Federal, otros reguladores bancarios federales y reguladores de los seguros estatales, y una regulación irregular de alimentos, fármacos y artefactos médicos no representarían un problema si los mercados fueran realmente auto-regulados, como Greenspan pensaba. No lo son. Probablemente necesitemos una regulación más fuerte. El peligro está en la regulación excesiva, la cual ha provocado el movimiento desregulatorio que comenzó a fines de 1970 y que tuvo, en general, efectos beneficiosos (aunque no en finanzas; los desreguladores no apreciaron las potenciales consecuencias macroeconómicas de una crisis financiera). Es difícil lograr un balance. Pero puede que el péndulo haya oscilado demasiado en la dirección de la desregularización.

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