Por: Carlos Melendéz

Sociólogo de la PUCP y politólogo de la Universidad de Notre Dame

Publicado originalmente en el diario El Comercio, el 16 de abril de 2013. Republicado con permiso del autor.

En el Perú existen dos identidades políticas consistentes a nivel nacional, con grupos de leales seguidores y detractores igualmente apasionados. El aprismo y el fujimorismo dividen al electorado, polarizan, despiertan ímpetus y rabias, a favor y en contra: ello les permite vigencia en la arena política.

He ensayado una medición exigente de identidad política para contextos donde “no hay partidos” (sic) para calcular la magnitud de esas filiaciones. En dos encuestas nacionales post segunda vuelta (IOP-PUCP, 2011), se interroga al entrevistado si votaría por un aprista o un fujimorista a puestos de elección popular como congresista, alcalde provincial y presidente regional.

Aquél que indica que definitivamente votaría por algún miembro de estos partidos en cada una de estas elecciones es catalogado, según mi propuesta, como parte del núcleo duro de adherentes, prácticamente un militante. Siguiendo esta lógica, he calculado a los simpatizantes menos apasionados  (apristones y fujimoristones) y a los críticos más radicales (anti-apristas y anti-fujimoristas).

Según los resultados, el fujimorismo es una identidad política emergente y reta a aquellos que sostienen que la organización es un antecedente necesario para la construcción de un partido. El fujimorismo no tiene organización pero tiene seguidores: un 6.1% de fieles y un 10.4% de fujimoristones. Por su parte, el aprismo es una identidad en declive, más desgastada aún luego de su segundo gobierno. Los apristas disciplinados suman alrededor del 2% del electorado, mientras que los apristones llegan a 6.3%, de acuerdo con la metodología presentada.

Estos porcentajes agrupados (fujimoristas 16.5%, apristas 8.3%) son el aproximado de las simpatías  respectivas en contextos no electorales. Son poblaciones ideológicamente consistentes, con visiones similares sobre la democracia. Pero sus porcentajes no constituyen “techos electorales”, sino núcleos de apoyo a nivel del ciudadano promedio.

De la misma manera, se puede contabilizar a los “antis”; aquellos ciudadanos que nunca, bajo ninguna circunstancia, votarán por un Fujimori o marcarán la legendaria estrella. Un tercio del electorado es militantemente antiaprista (34.4%), mientras que un cuarto es consistentemente antifujimorista (23.9%).

Efectivamente, el antiaprismo es muy masivo en el país, pero no alcanza proporciones suficientes para evitar que el APRA tenga victorias relevantes. El antifujimorismo, por su parte, es significativamente menor, lo que le genera mayor proyección positiva hacia el futuro, a pesar de las resistencias que despierta. Es muy posible que exista una intersección entre estos grupos (antiapristas y antifujimoristas), pero, dado que el estudio se realizó con dos encuestas distintas, no se puede hacer este cálculo.

El partido de gobierno carece de militancia reconocida; sin embargo, ha logrado niveles de apoyo elevados. Considero, a manera de hipótesis, que la popularidad del binomio Humala-Heredia se construye a partir de estos dos antis. De concretarse la negación del indulto a Alberto Fujimori y proseguir las acusaciones contra Alan García, se estaría alineando al antifujimorismo y al antiaprismo como los soportes sociales del gobierno. Incapaz (¿aún?) de generar nacionalistas, el dúo palaciego capitaliza a su favor el rechazo que sus enemigos suscitan.

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