No cabe duda de que los beneficios que el modelo democrático aporta a la sociedad son numerosos. La libertad para elegir a nuestros representantes, la pluralidad de opciones políticas y la rotación de las autoridades son solo algunas de las ventajas que la democracia facilita, sin las cuales resultaría prácticamente imposible evitar la arbitrariedad del poder.

Sin embargo, la democracia trae consigo también una visión particular de la autoridad que puede resultar peligrosa. Contrariamente a una visión suspicaz de la autoridad como un poder que -aunque necesario- tiene intereses naturalmente antagónicos los de la población (por el simple hecho de limitar libertades), la democracia representativa ha implicado la interiorización de conceptos como ‘autogobierno’ o ‘gobierno del pueblo’. Y el problema con una visión que de cierta forma individualiza a la autoridad y al pueblo en un solo concepto es que mitiga el recelo hacia la autoridad por parte de la población, y, consecuentemente, amplía los márgenes de intromisión del poder en la vida de los privados. Qué mejor ejemplo que la oposición a la unión civil homosexual.

La tendencia social a querer hacer ley preferencias o convicciones morales radica justamente en esta noción de la autoridad como gobierno del pueblo. Pero suele dejarse de lado que la voluntad del pueblo, en realidad, significa nada más que la voluntad de la parte más fuerte o numerosa de la población (la mayoría). Por lo tanto, es perfectamente posible que la población se oprima a sí misma mediante la imposición de las preferencias de la mayoría sobre las minorías. Y es que si la invasión de la vida privada mediante leyes es entendida como la plasmación de la voluntad de la sociedad, basta con apelar a tal supuesta legitimidad para justificar cualquier tipo de injerencia en la libertad de las personas. ¿El resultado? Un cheque en blanco para prohibir todo lo que la mayoría considere que es malo. Estaría demás citar algunos ejemplos históricos en los que la mayoría ha estado de acuerdo en conceptos morales que generaron atrocidades hoy en día inconcebibles.

Quizás el argumento más popular para argumentar en contra de la unión civil homosexual es que el daño a terceros se produce a través de una degeneración moral en perjuicio de la sociedad en su conjunto. Sin embargo, aquellos que argumentan que una conducta particular puede significar una ‘degeneración’ debida a una violación a la ‘moral’ o las ‘buenas costumbres’ se olvidan que la moral y las buenas costumbres son conceptos abiertos que varían según el contexto histórico y social. ¿O acaso no era precisamente la inmoralidad o la degeneración de la sociedad los males que se alegaban en contra del matrimonio interracial o la manumisión de los esclavos? ¿No ha quedado demostrada hasta el hartazgo ya la falibilidad del sentido moral a estas alturas de la historia? En mi opinión, resulta bastante débil seguir amparándose en conceptos claramente cambiantes para prohibir conductas.

Por lo tanto, la única manera de mantener a raya a un Estado que cuenta con la peligrosa arma de representar a la mayoría es legitimando su intervención únicamente cuando sirve para evitar el daño a terceros. Y que me disculpen los religiosos, pero la unión civil homosexual no hace daño alguno a terceros ni atenta contra la sagrada institución del matrimonio. La unión civil es una figura contractual de derecho privado perfectamente realizable que nada tiene que ver con valores metafísicos.

Las preferencias de la mayoría de la sociedad no tienen, bajo ningún motivo, por qué convertirse en ley. Si existe consenso sobre la posibilidad de corrupción del poder, no existen razones para negar analógicamente la posibilidad de corrupción del “gobierno del pueblo”. Parece que nos olvidáramos demasiado seguido de que democracia existe para garantizar que todos seamos iguales ante la ley, no para hacernos desiguales. Si queremos disfrutar de los beneficios de la democracia, debemos cuidarnos de no cruzar la línea. Aunque qué cómodo debe ser argumentar lo contrario cuando se tiene la suerte de estar en la mayoría.

7 COMENTARIOS

  1. buenos días: Excelente artículo. Considero que la noción que algunos autores adoptaron, ya hace muchos años, sobre la democracia como tiranía de la mayoría, sigue siendo adoptada por muchas autoridades y personas que mueven la opinión pública. Sin embargo esta concepción superficial es adoptada tanto por personas que apoyan esnecarios discriminatorios a favor de los homosexuales, lesbianas, entre otros, como por quienes defienden a ultranza el establecimiento de un estado radicamente distinto (matrimonio igualitario). En este último caso, se invoca, además, la tiranía del buen pensar (tiranía ilustrada?), al no admitir el diálogo y la concertación para lograr acuerdos satisfactorios (unión civil, medidas de discriminación positiva=.

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