Hoy se festeja el día de San Valentín, en Perú el “día del amor y la amistad”, en Argentina el “día del amor y punto”. Eso, entre otras cosas, explica por qué los argentinos vamos masivamente a terapia. Este día me puso entre romántica y peleona (no se rían, hay quien encuentra esa combinación encantadora). Así que vamos con el amor.

Hoy se festeja San Valentín y muchos esperan su tarjetita, los chocolates, cena romántica, salida al cine, declaración de amor eterno o al menos un like de ese que te gusta. ¿Saben lo que me gustaría a mí? Hoy día de San Valentín, me encantaría calzar los tacos más altos que tengo para ir a un matrimonio gay en Ayacucho. O saltar de alegría en el Parque Kennedy porque, al menos, aprobaron la Ley de Unión Civil y festejar con uno de esos arroces con leche maravillosos que venden ahí. Mínimo, ir a dar unos besos muy hetero, homo, trans, o lo que sea, a la Plaza Mayor. Porque en definitiva, ¿a quién le importa a quien le quiero yo dar un beso? Ciertamente, al Estado no debería molestarle, Constitución mediante, y ¿quién podría negar que al amor hay que festejarlo siempre y en todas sus formas? El amor es mucho más que una emoción, es la fuerza motora del universo.

La contracara del amor es el miedo y una de sus expresiones más aberrantes, la violencia. La violencia contra las mujeres, los niños, los adultos mayores, las personas con discapacidades, aquellos que de alguna manera o en alguna circunstancia se encuentran vulnerables o son percibidos como “diferentes”. La violencia que mata, la que invisibiliza, la que marchita el alma y lacera el cuerpo. La violencia de la extrema pobreza, del analfabetismo, de la falta de acceso al agua, a las prestaciones de salud, a la libertad de expresión y de conciencia. La violencia mediática, la de los estereotipos, la que nos vende la publicidad. Publicidad sexista, racista, clasista, homofóbica y delicias varias. Publicidad que nos quiere hacer creer cosas ridículas como que es tarea de mujeres lavar la ropa, limpiar la casa, cuidar los niños, cocinar, o que una infidelidad se arregla con un ramo de flores, y que los varones son las voces del saber, la serenidad y la autoridad (y que pueden aparecer barbudos, torpes y bastante panzones en las publicidades de cerveza, mientras que ellas son siempre regias y no deben pesar más de 50 kilos).

Amor y violencia: ¿Y si ambos se cruzan? ¿Qué hacer cuando en un amor irrumpe la violencia? Es algo duro de asumir, pero es fundamental no avergonzarse, denunciarla y hacerla visible, buscar ayuda. La violencia en el noviazgo es mucho más común de lo que muchas chicas y chicos creen. Va desde un: “esa falda no te la pones para salir conmigo”, hasta los golpes o empujones, pasando por una larga lista de descalificaciones intelectuales, morales, estéticas, ideológicas.

Negar que el otro existe es una suprema forma de violencia que tiene muchas caras. Algunas muy explícitas, otras muy sutiles. Todas ellas inaceptables. La violencia de la exclusión, del rechazo, de la soberbia ideológica no ayuda a construir un mundo mejor. Optemos por amar y dejar amar. Hoy es San Valentín, ¿qué estás haciendo para que haya más amor en este mundo? Regala besos, peluches, tarjetitas, cenas, anillos y todo lo que se te antoje, pero estaría bueno si te reservaras un rato para pensar en esos que no tienen derecho a darse un beso en plena calle, a casarse, a criar hijos y a festejar en público el día del amor, y te sumaras a los que trabajamos para que eso pase en breve. Aunque más no sea, para que yo use por fin esos zapatos de tacón muy alto que me estoy guardando para la ocasión.

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