Referirnos a Venezuela pasa inevitablemente por evocar el gobierno de Nicolás Maduro y conlleva automáticamente a recordar los abusos y atropellos que el régimen chavista ha implantado en el país llanero desde los años noventa. Esta semana, esas desagradables reminiscencias se hicieron más nítidas que nunca. Todo comenzó con la excesiva represión gubernamental aplicada a los estudiantes que participaron en la marcha del 12 de febrero (#12F), donde enfrentamientos entre los manifestantes y la policía causaron la muerte de varios ellos y, ante el escándalo desatado, el gobierno prohibió la difusión por medios de contenido que pusiera en evidencia su política represiva. El castigo al pueblo venezolano fue por partida doble. Debido a esta coyuntura, en el presente editorial queremos abordar este tema recordando la importancia y el rol de los estudiantes en la historia de nuestro continente para, finalmente, analizar la situación política de Venezuela.

Para empezar, recordemos que debido a la turbulenta trayectoria política y social de Latinoamérica, plagada de gobiernos autoritarios e hitos de enorme convulsión social, los jóvenes han tenido un rol protagónico en la restauración, construcción y consolidación de los sistemas democráticos de nuestro continente. Si analizamos el siglo pasado, podemos encontrar desde sus inicios acontecimientos como la famosa Reforma de Córdova de 1918, donde a partir de la participación y movilización de estudiantes universitarios, se generó un movimiento que creó las bases para la transformación del sistema universitario que se expandió al resto de universidades en América Latina. A partir de esta noción, que vincula el entorno individual con el resto de la sociedad, en distintos países de la región y en diversas épocas encontraremos, además de grupos de estudios o debates entre estudiantes, una serie de manifestaciones de jóvenes que buscan la promoción de cambios en los sistemas de gobierno para satisfacer sus derechos y oponerse fuertemente a las medidas represivas presentes a lo largo de la historia de tantos gobiernos.

Este activismo estudiantil no es tan solo una tradición aislada de nuestra región, sino más bien un factor determinante que debe seguir fomentándose a futuro. Debido a la capacidad de aprendizaje y a la facultad de crear nuevas ideas, producto de los cambios en el proceso de socialización inicial por tener un entorno y contexto distinto, los jóvenes tienen el potencial de capitalizar los deseos de un cambio democrático al ver una realidad que no cumple con sus expectativas. Así, es importante crear las condiciones para potencializar este “factor generacional”, pues permite que el individuo se vincule desde sus inicios con el ámbito público, generando a futuro mejores ciudadanos que repercutan positivamente en nuestra sociedad.

A raíz de esto, se entiende aún más lo sucedido en Venezuela, por ser una clara demostración de disconformidad y necesidad de cambios por parte de las juventudes y una gran facción de la población. No es posible generar desarrollo en un sistema donde las instituciones además de débiles, se encuentran acaparadas por una cúpula política del gobierno de turno, donde existen graves afectaciones a las libertades de expresión, de protesta, de tránsito, de pensamiento y demás, que responden a una normatividad restrictiva y a un ordenamiento jurídico que se ajusta al abritrio de un gobernador. Lo sucedido en Venezuela constituye la cruda realidad de un país sumido en una terrible crisis económica, con una inflación que llegaría a un 75 % este año, un crecimiento económico nulo y una escasez de productos que ha forzado la paralización de unos de los principales diarios venezolanos, pues no hay papel para su impresión. A ello, se suma la ola de inseguridad que crece vertiginosamente, manifiesta en las 8 horas de terror vividas en Mérida debido a la irrupción de los Tupamaros (grupo armado pro-chavista) en un conjunto residencial donde viven disidentes del gobierno y donde, lastimosamente, la policía hizo gala de su ausencia. Por si no fuera poco, como es característico de los gobiernos autoritarios, los medios de comunicación independientes son constantemente hostigados; además, no hay garantías para quienes desean hacer escuchar su voz mediante protestas y son los jóvenes quienes suelen ser arrestados acusados con “cargos por averiguarse” o arrestados por el solo hecho de “quemar bolsas de basura” durante las manifestaciones.

Es lamentable que este tipo de acontecimientos sigan ocurriendo en nuestro continente. Más aún, que la respuesta de nuestro Jefe de Estado haya esperado tanto y que recién, dada la presión mediática, se haya pronunciado. No es la primera vez que debido al mal manejo del uso de la fuerza por parte de un gobierno para la represión de una manifestación legítima, se pierden vidas humanas. Lastimosamente, al encontrarse fuera de la jurisdicción de la CIDH y las obligaciones internacionales que esta conlleva, nos encontramos frente a una isla, donde el único oponente que le puede hacer frente a las medidas desproporcionales del gobierno es su población y, sobre todo, sus juventudes.

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