Hace unas semanas, fuimos testigos del fin de la precandidatura a la alcaldía de Lima de Pablo Secada tras la publicación de una serie de denuncias en su contra que lo obligaron a renunciar. Más allá de la gravedad de éstas, pudimos identificar un fenómeno que esta vez se tradujo en una intensa campaña individualista pese a que aún los procesos de consulta interna para elegir al candidato oficial del partido no habían culminado. El problema no es exclusivo del PPC. Todo lo contrario, está inmerso en el resto de partidos de nuestro país y manifiesto de distintas formas. Nos referimos a la débil o inexistente democracia interna que rige dentro de éstos; un fenómeno que buscaremos analizar en el presente editorial a partir de lo señalado por la ley que regula la materia, para así poder contrastarlo con lo que predomina en nuestra realidad.

Comencemos con la Ley de Partidos Políticos, publicada en el año 2003. El Titulo V de este instrumento, denominado “Democracia Interna”, señala que la elección de autoridades y candidatos del partido político en todos los niveles debe regirse por las normas establecidas en la presente Ley y en el Estatuto. Además, dispone que todas las etapas de los procesos electorales internos deben estar a cargo de un órgano electoral central del partido y que deben pasar por este procedimiento todos los candidatos a los cargos de representación nacional, regional y municipal, entre otros. Al respecto, para brindar un margen de autonomía, la ley contempla tres modalidades para elegir a estas autoridades. La primera es la elección entre los afiliados, que implica la regla de “un militante, un voto”; la segunda la encontramos en las primarias entre los militantes y cualquier ciudadano que desee participar y finalmente, están las elecciones a través de un órgano partidario.

Pese a esta regulación, la práctica demuestra otros fenómenos que distan mucho de lo que se busca en la dinámica de los partidos, para así maquillar la ausencia de democracia mediante acciones que resultan fraudulentas. Hace cuatro años, en los últimos comicios, ninguna de las agrupaciones realizó elecciones primarias de “un militante, un voto”, sino optaron por la elección a partir de un órgano partidario, permitiéndoles manejar desde las cúpulas partidarias a los candidatos que se presentaran a los procesos electorales. Esto responde a una lógica que no prioriza la renovación de cuadros, sino que va más allá de la victoria en las elecciones, eligiendo así, a las personas que pueden brindar más recursos económicos o las más populares, y no necesariamente las más capaces. Además, debido a este caudillismo interno, la formulación de planes o proyectos tienden a estar monopolizadas por las elites del partido, desincentivando la  participación de los militantes e impidiendo que aprendan y  se desarrollen en la formulación de políticas públicas. Finalmente, en el ámbito del día a día, los partidos no publicitan una vida orgánica permanente, sino que muchos se activan únicamente durante las elecciones, pues como hemos mencionado, los fines están marcados únicamente por el triunfo electoral.

Como se puede comprender, todo lo que ocurre en la práctica trae graves consecuencias. La ausencia de democracia interna en los partidos políticos contribuye a ahondar en su crisis y a generar más repulsión por parte de los electores, pues nos encontramos siempre ante las mismas figuras, que son las que manejan el poder o son respaldadas por los “caudillos” del partido. Esto, además, no permite una renovación de militantes o “cuadros”, impidiendo que más personas tengan la posibilidad de participar en el ámbito público como representantes. Asimismo, fomenta el rechazo de la población a participar en nuestra vida política, pues sienten que si no tienen el aval del poder dentro del partido no puede llegar a tener experiencia alguna como representantes.

Por otro lado, también podemos apreciar que esta precaria democracia y fuerte presencia caudillista, traerá como consecuencia un alejamiento de los militantes de su partido y será así como los propios líderes de los partidos políticos, que se están construyendo o reconstruyendo, habrán cavado la propia tumba de su proyecto. Es un síntoma natural y evidente que si el esfuerzo de los militantes no se ve recompensado con el debido reconocimiento o si, a pesar de su trabajo, están condenados a ser simplemente peones del gran juego político sin la oportunidad de competir en igualdad de condiciones por cargos de representación, el alejamiento de las bases del partido es inminente.

Consideramos lamentable esta situación y creemos que, si realmente existe una verdadera vocación para fomentar nuestra democracia a nivel nacional, es necesario primero comenzar en casa. Nuestra realidad política es, en gran medida, una manifestación de lo que sucede en la dinámica interna de nuestros partidos, por lo que un primer paso es buscar el compromiso y medidas efectivas para revertir esta situación. Actualmente se encuentra en el Congreso un proyecto para una nueva Ley de Partidos Políticos que, si bien no es para nada perfecto, es una buena oportunidad para iniciar debates necesarios en esta materia.

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