El miércoles 7 de mayo, Martha Meier publicó una columna de opinión en el Diario El Comercio en la que aludía al “lobby de los pastrulos”. En dicha columna, refirió que el cultivo de marihuana “era tan peligroso como dejar un arma al alcance de un niño”. En realidad, lo que me resulta especialmente peligroso para el desarrollo (y los niños) es la amenaza violenta asociada al narcotráfico. Ese negocio –oculto, aunque conocido por todos- perdura de manera amenazante gracias a la prohibición que pareciera defender Martha Meier.

La prohibición no elimina la demanda de drogas sino que sumerge esas drogas en una dinámica subrepticia, en un mercado negro en el que la regulación no es aplicable y en el que, en consecuencia, no existe control de calidad ni venta “rastreable” de ninguna naturaleza. Por otro lado, el costo de oportunidad asociado a la lucha contra la comercialización ilícita de drogas es impresionante y solo cabe preguntarnos a costa de qué se libra tal lucha.

Los costos que genera el funcionamiento del mercado negro no son superfluos. En un mercado negro los conflictos no se resuelven mediante la interposición de demandas ante las Cortes, sino por medio de la violencia. En lugar de recurrir a acciones legales, los individuos involucrados en esas controversias recurren a las armas (esas que Martha Meier reconoce como peligrosas). ¿O es que escuchó alguna vez de un consumidor insatisfecho que le solicitó a su proveedor clandestino de drogas su libro de reclamaciones?

Es probable que la prohibición aliente la curiosidad precisamente en aquellos niños y jóvenes especialmente sensibles a la presión de grupo. El mercado negro impide que existan canales formales de revelación de información sobre el consumo, efectos, calidades y otra data que podría permitir a los individuos tomar sus propias elecciones y tomarlas de manera informada. Sin embargo, quienes defienden la política de la prohibición prefieren proscribir como si aquello fuera una respuesta realista a una problemática dramática especialmente asociada a la violencia.

Este post no pretende, de ninguna manera, ser la última palabra sobre el tema. Sin embargo, sí debo llamar la atención respecto de la forma en la que se suelen expresar opiniones respecto de un tema que merece, a mi juicio, un análisis profundo y desapasionado. Dudo que una política de legalización de las drogas sea rendirnos ante el problema, sino más bien un triunfo posible frente al drama de un mercado negro como el que observamos. Sea como fuera, no creo que este asunto tan sensible pueda ser resuelto endilgándole a un grupo de individuos el rótulo de “pastrulos”. Ciertamente es la apertura al debate en el mercado de las ideas la que nos conduce al desarrollo. El prejuicio puede ser más nocivo que cualquier droga ilegal.

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