La próxima semana (miércoles 4 de junio) se inaugura la primera fase del Lugar de la Memoria (LUM), donde se pondrá en funcionamiento un auditorio y varios espacios públicos para recibir a miles de peruanos. Más allá del impecable trabajo arquitectónico, merece especial atención el significado detrás de la obra cimentada en un distrito que experimentó solo algunas de las tantas manifestaciones del conflicto armado interno que, apenas arribado a la capital forzó voltear miradas que por tiempo estuvieron de espaldas a una triste realidad al interior del país. Sobre esta iniciativa no debemos olvidar que además, constituye un deber del Estado para con los ciudadanos, y especialmente con las víctimas, el de crear un espacio dedicado a difundir las causas y consecuencias de este profundo drama nacional para evitar que ello vuelva a suceder. Así, a propósito de este evento, en el presente editorial buscaremos exponer el trasfondo y los efectos de una iniciativa que precisamente, quiere evitar que tropecemos en el círculo vicioso del cuento repetido porque solo “aquel que no conoce la historia, está condenado a repetirla”.

Para comenzar es menester cuestionarnos: ¿cómo nace este proyecto? Nace dentro del marco de las recomendaciones y reformas del Informe Final de la CVR para concientizar –y reconciliar- a la población a partir de la violencia vivida durante ese período. Así, bajo esta política y junto con el apoyo del gobierno alemán que donó dos millones de dólares para construir un museo de la memoria, se crea la Comisión de Alto Nivel presidida en un comienzo por Vargas Llosa y hoy, por Diego García Sayán. Esto evidentemente no es exclusivo del Perú; ha sido replicado en varios países que también han sufrido similares épocas de violencia, confrontaciones y guerras internas. El ejemplo por antonomasia es el Museo del Holocausto en Washington DC o el de Auschwitz-Birkenau donde se conmemora a las víctimas y sobrevivientes del holocausto. Y sin irnos tan lejos, Chile también cuenta con un museo que conmemora a las víctimas de la dictadura de Pinochet; y hace unos días, se inauguró otro en honor a las víctimas del 11 se setiembre en Estados Unidos.

Los ejemplos previamente expuestos constituyen un loable esfuerzo por difundir la historia y estimular en la población una reflexión crítica de lo vivido. Y es que ello adquiere mayor importancia aquí si partimos de la premisa que en nuestro país muchos jóvenes -de quienes pende la responsabilidad de custodiar frágiles memorias- desconocen lo sucedido durante la década de 1980 y 2000. Lo cierto es que aun suena irreal –y hasta macabro- pensar que hay movimientos que pretenden hacernos olvidar la violencia y quiénes la desencadenaron, con miras a instalar una amnesia colectiva bajo el disfraz de una supuesta “amnistía”. Es por eso que aquí donde la educación deja mucho que desear, se hace aun más fuerte la necesidad de informar, sensibilizar y proyectar que si algo conocemos muy bien es nuestro pasado, y que si en un contexto tan polarizado como el nuestro, coincidimos en algo es en combatir desde todos los ángulos posibles, la violencia que una vez vivimos.

Si bien esta inauguración podría ser un gran paso por parte del Estado en su deber de honrar y recordar a las víctimas del terrorismo, creemos que el homenaje ha tardado en llegar. Es cierto que la búsqueda de la reconciliación no depende meramente del Gobierno porque existe por otro lado el compromiso de la ciudadanía, pero es fundamental el rol que asumen los partidos políticos como representantes de la población, los que lamentablemente aún no muestran claros indicios de consenso o adopción de un frente común porque por encima, parecen primar otros intereses personales, ideológicos, entre otros. Además, preocupa –y deja un sinsabor- saber que esta misma Comisión se comprometió a impulsar proyectos similares –y muy valorables- como la exposición de fotografías Yuyanapaq o el monumento del “Ojo que llora” –cobardemente pintarrajeado-, los que lamentablemente no han tenido la merecida difusión y están más bien, hoy en día relegados (panorama que esperemos no le augure a este museo).

Han pasado más de 30 años y la memoria de quienes vivieron la época del terrorismo amenaza, entre momentos, diluirse en el olvido y en una masa de jóvenes a quienes -en muchos casos- les es indiferente el pasado. La historia se construye a partir de anécdotas, testimonios, imágenes que no sólo hacen brotar lágrimas o encienden empatías, sino generan conciencia, reflexión, cuestionamientos, dudas, preguntas, respuestas, intrigas que contribuyen a educar, tolerar y aprender de los errores del pasado para no volver a cometerlos. Por eso creemos que las exposiciones, presentaciones, los debates y conversatorios sobre la época del terrorismo entre 1980 y el 2000 harán del LUM una excelente iniciativa que esperemos tenga una efectiva continuidad en el tiempo. Finalmente, ¿no es eso lo que se busca? Así, qué mejor manera de iluminarnos a todos la memoria.

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