Tras cuatro años de espera, el pasado jueves inició el evento mediático más grande del mundo, el Campeonato Mundial de Fútbol Brasil 2014. Tal es la relevancia de este suceso que desde Enfoque Derecho decidimos dedicarle una variedad de artículos y entrevistas a distintas personalidades como parte de nuestra Semana Temática, a fin de analizar el gran fenómeno de masas que ha generado la evolución de este deporte. No obstante, a pesar de la enorme alegría que transmite el inicio de este evento, consideramos necesario resaltar algunos sucesos que vienen marcando el desarrollo del mismo, los que tuvieron una expresión más el día de su presentación. Más allá de las críticas a la inauguración, por su frialdad y simpleza, y a las polémicas del partido inicial, llamó nuestra atención el incidente generado por los abucheos e insultos por parte de los espectadores contra la Presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, en razón de las constantes protestas que vienen ocurriendo en Brasil, las que no han sido debidamente atendidas por el Gobierno. Más aun, si se considera como diversos medios alegan que el evento habría sido utilizado para desviar la atención de los ciudadanos de la lamentable situación que vive el país verde-amarela. Ante esta situación y para cerrar nuestra Semana Temática del Mundial, en el presente editorial abordaremos esta coyuntura en un intento por mostrar -de manera somera y general, dada la limitación del espacio- la situación económica, política y social que se esconde detrás de la fiesta del fútbol, panorama que podría verse agravado con una eventual derrota de la selección brasileña.

Para empezar, es evidente que uno de los asuntos más delicados –y que constituye una de las principales fuentes de reclamo en las protestas- es la forma cómo se ha venido gestando y utilizando el dinero en la organización de esta Copa del Mundo. Desde el ámbito económico existe, en primer lugar, una legítima preocupación por parte de los pobladores brasileños respecto a la rentabilidad de realizar un Mundial, la que se agudiza si tomamos en cuenta los alarmantes resultados económicos que tuvo el último organizador, Sudáfrica, quien tuvo que asumir una pérdida de casi 3,000 millones de dólares. En segundo lugar, no podemos eludir que debido a los 14,000 millones de dólares que cuesta organizar el Mundial, se ha incrementado el precio del transporte público en Brasil y se han trasladado los diversos costos de la organización a la población brasileña, generando un enorme malestar; malestar que se vio plasmado en una encuesta realizada en abril de este año, donde casi el 61 % de los brasileños respondió que en vez de organizar el Mundial ese dinero debió ser destinado a escuelas, centros de salud y otros servicios públicos.

Ahora bien, con respecto al aspecto político, el panorama es igual de desalentador. Las críticas al gobierno han sido constantes en razón a los actos de corrupción en los que se han visto envueltos los funcionarios públicos tanto del gobierno de Rousseff como del que le precedió. Así, uno de los casos más emblemáticos es el de la empresa francesa Alstom, acusada de corromper a funcionarios estatales para lograr contratos millonarios con el metro de San Pablo, demostrando que el Mundial no se escapa de las enormes redes de corrupción latentes en Brasil. No solo ello; se le critica también el mal manejo por parte de las altas esferas de la clase política sobre un tema tan delicado como este. De ahí que las declaraciones de la presidenta Rousseff sean constantemente objeto de críticas, tal como cuando se dirigió a los ciudadanos para que fuesen “a comprar una cerveza, encender el televisor e hinchar por su selección”, lo que seguidamente fue interpretado como una manera de minimizar los reclamos sociales. Es en ese sentido que coincidimos con lo señalado por el congresista Alberto Beingolea respecto del gobierno brasileño, que se encuentra “contra la pared y contra el tiempo; no tiene ni los fondos para satisfacer la demanda social que él mismo generó por una serie de políticas inadecuadas y está absolutamente contra el tiempo para cumplir con sus obligaciones frente a la FIFA”.

Por otro lado, desde la perspectiva social, las protestas que hoy intentan ser encubiertas por el Mundial tienen como causa principal el incumplimiento en la atención de las necesidades de la población en un contexto de enorme desigualdad social, donde es posible encontrar a pocos metros de distancia la coexistencia de estadios lujosos con las favelas más pobres del país. Es evidente que a pesar de que el fútbol ha llegado a convertirse en parte de la cultura brasileña, existen una serie de demandas que se han visto opacadas con la realización del mundial, con el peligro de no generar beneficios a fin de lograr políticas públicas que combatan la situación social que se vive.

Dicho ello, teniendo en cuenta el contexto bajo el cual se está llevando a cabo el Mundial, surge una peligrosa interrogante: ¿y si Brasil pierde? Queda claro que ante un fracaso de la selección brasileña, las consecuencias se verían reflejadas en un inminente crecimiento de las protestas. De ahí la acuciante necesidad que Brasil planifique adecuadamente sus medidas preventivas para evitar que este espectáculo se siga ensuciando con la suma de errores que el gobierno viene cometiendo. Un supuesto tan poco alentador podría, además, generar suspicacias respecto a una posible intervención “invisible” del máximo ente del fútbol, la FIFA, para evitar que suceda un disturbio que termine manchando la historia del fútbol. Finalmente, dada esta coyuntura, creemos que el desarrollo de este evento debe invitarnos a reflexionar sobre una situación de enorme desigualdad e injusticia que se ve replicada en varios países. Recordemos que si bien son meses de alegría para los hinchas y amantes del fútbol, no podemos ser ajenos a esta triste situación que actualmente viene experimentando un país vecino.

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