Por Gonzalo Monge Morales, miembro de la Comisión de Contenido de la Asociación Civil THĒMIS. Practicante del Área Constitucional del Estudio Echecopar, asociado a Baker&McKenzie International. Asistente de docencia del curso “Derecho Constitucional II” del Dr. Abraham Siles Vallejos.

No creo que un político pueda actuar sin tener un sueño, sin tener una meta, sin tener un norte que no es personal, sino para su ciudad, su país, de valores. Eso es lo que mueve, lo que lleva a responder a cada coyuntura y a la continuidad, a no dejar de actuar”[1].

La noticia sobre el fallecimiento de Henry Pease me cogió de sorpresa en medio de una reunión social, generándome una profunda y sincera tristeza. Sabía que su estado de salud era frágil, pero no me esperaba que nos deje tan pronto y de modo tan sorpresivo. ¿Por qué me afectó tanto? Henry Pease y sus enseñanzas fueron, sin lugar a dudas, uno de los motivos que me llevaron a estudiar Derecho.

Sonará extraño que un sociólogo y politólogo, con su experiencia de vida y sus enseñanzas, motive a un alumno a estudiar Derecho. Sin embargo, Henry Pease lo hizo. Su absoluto compromiso con el fortalecimiento del régimen democrático y por la búsqueda de una sociedad más justa y con respeto a los derechos de las personas me inspiró a buscar esos objetivos, no desde la Sociología o la Ciencia Política ‒carreras por las cuales opté en algún momento‒, sino desde el Derecho y su método de estudio de la realidad.

La relación entre el Derecho y la realidad es tensa y de perpetuo conflicto. Por un lado, el Derecho no puede estar ajeno a la realidad y desconocerla, pero por otro lado tampoco puede ceñirse únicamente a ella. El Derecho, por sí solo, tampoco puede cambiarla y transformarla. Que nuestra Constitución Política de 1993 señale que todas las personas somos iguales no hace que la discriminación desaparezca. Que recoja como el fin último de la sociedad y del Estado a la dignidad humana no evita que todos los días sepamos de los más horrendos crímenes contra personas inocentes. Y, por supuesto, que consagre el principio de separación de poderes tampoco hace que el poder sea efectivamente distribuido y controlado.

Hasta ahí, pareciera que triunfa la teoría de que “el papel lo aguanta todo” y que las normas tienen que soportar el saberse ineficaces y destinadas a ser incumplidas. En lo personal, creo que no podemos aceptar estas conclusiones de forma pacífica. No podemos quedarnos en nuestros sitios como unos testigos de piedra, que todo ven, pero nada pueden hacer. Henry Pease no lo permitiría. Como político y académico, él luchó siempre por una sociedad más democrática y más justa en la que se respeten los derechos de las personas.

¿Puede el Derecho responder a los objetivos del maestro? Sí, pues si bien el Derecho por sí solo no puede cambiar la realidad, sí puede ser un instrumento para transformarla. El Derecho puede ser un vehículo para avanzar hacia la búsqueda de los más nobles objetivos, para una mejor convivencia entre las personas. Ello se refleja en las Constituciones, las cuales no sólo enuncian derechos y principios, ordenando el sistema político, sino que también consagran los principios e ideales de una sociedad. Sin embargo, para concretar estos ideales en el ámbito de la realidad, es necesario encausar y controlar el poder, pues no hay peor enemigo para la democracia y los derechos fundamentales de las personas que el poder descontrolado y arbitrario.

El gran reto del Derecho, particularmente del Derecho Constitucional, ha sido siempre el control y límite al poder. Como todos sabemos, el poder encierra en sí mismo la semilla de su propia degeneración, motivo por el cual las personas con poder público o privado deben estar siempre controladas. Y eso lo sabía muy bien Henry Pease, quien nos recordaba siempre que la historia de la democracia es la historia de la reducción del poder. Todo poder que se concentra se convierte ineludiblemente en arbitrario y tiende a descontrolarse, abusando del mismo. Es por ello que en las democracias existe tanta discusión sobre a quién le corresponde determinada función, así como quién controla a quién, precisamente para evitar problemas de concentración del poder.

Ejemplos de concentración del poder abundan en nuestra historia. Henry Pease tuvo la oportunidad de confrontar directamente al último gran intento de concentración de poder en el Perú: El gobierno dictatorial del Ingeniero Fujimori. Ese gobierno es un claro ejemplo de cómo el principio de separación de poderes fue dejado de lado del modo más grosero, copando el Poder Judicial y el Congreso de la República. No contento con ello, el régimen se dedicó a comprar la línea editorial de varios medios de comunicación, a maniatar al Tribunal Constitucional y a conseguir respaldo de parte de la sociedad civil.

El desenlace de la historia es harto conocido por todos, pero las secuelas de ese régimen perduran hasta hoy, pues la corrupción y la desconfianza por el régimen democrático y sus instituciones siguen vigentes. A mi parecer, ello es consecuencia de la cultura autoritaria que buscó fomentar ese régimen. “Gobernar es mandar. Discutir es perder el tiempo” parecía ser la consigna del gobierno fujimorista. En palabras del maestro, “todo eso tiene que cambiar, como tiene que imponerse el diálogo y la capacidad de concertar en vez de la diatriba y el discurso insolente y a gritos. Ello toma años, porque esta dimensión es la más lenta en las sociedades, pero tiene que buscarse con prisa y sin pausa si queremos consolidar la democracia”[2].

Así, uno de los legados más valiosos de Henry Pease, para todos los abogados y estudiantes de Derecho, es saber que deliberar no es perder el tiempo. Discutir nuestras ideas, con respeto y consideración por el otro, es la única manera de conseguir los mejores resultados. ¿De qué otra forma podríamos llegar a acuerdos y conclusiones? Si tenemos una idea, expresémosla. Eludir la discusión es sólo una forma de aparentar que todos pensamos igual y de callar al que piensa distinto. Las discrepancias siempre van a estar presentes, pero el reto que tenemos todos es buscar formas de encausar esas tensiones y llegar a acuerdos que beneficien a todos.

Y así como es importante ponerle límites al poder y discutir nuestras ideas de modo democrático, es importante tener una sólida base ética. Si tenemos principios y creemos en ellos, debemos permanecer firmes en su defensa. Los escándalos éticos y de corrupción por parte de abogados son una noticia constante en los medios. Si algo podemos aprender de Henry Pease es que la conducta anti-ética no es una forma de realización personal ni profesional. Así lo demuestra su intachable carrera política y académica. Contar con una sólida base ética nos va a permitir enfrentarnos al poder autoritario, discutir con argumentos y poder, finalmente, buscar la transformación de nuestro país, cambiando la realidad.

Pero, ¿qué queremos cambiar y para qué? Recientemente, el maestro Henry Pease nos recordó que “la palabra cambio es ambigua si no se dice hacia dónde se va. Siempre cambian la sociedad y las instituciones, pero proponer un cambio exige sustentar en qué consiste”[3]. Cuando llegamos a las aulas de la Facultad de Derecho, la palabra “cambio” suele ser una de las más repetidas. Nuestro país y nuestra realidad exigen cambios urgentes, cambios que deben estar destinados a mejorar la calidad de vida de las personas. ¿Cómo lograrlo? Henry Pease identificó con acierto que ello sólo será posible si consolidamos nuestro régimen democrático, en el cual se respeten los derechos de las personas y en el cual el poder se encuentre debidamente limitado y controlado. Hacia ello deberíamos apuntar.

Bien dicen que la trascendencia de las personas y su legado no se miden por el tiempo que vivieron, sino por la intensidad de las huellas que dejan. La vida y obra de Henry Pease han marcado fuertemente a la política y la academia peruana. Sin embargo, también han dejado una marca en aquellos que tuvimos el honor de poder referirnos a él como nuestro profesor de la Pontificia Universidad Católica del Perú y como maestro para toda la vida. Jamás olvidaré sus clases y la tenacidad con la que defendía sus ideas. Ideas que, precisamente, asumí como mías y que me llevaron a optar por el Derecho para buscarlas y concretarlas.

Finalmente, creo que la mejor forma de honrar el legado de Henry Pease es tener una sólida base ética y actuar conforme a ella. Por más adversidades y opositores que encontremos en el camino, creer y luchar por una sociedad más democrática y cada día más justa debiera ser el motor de todas las personas, especialmente de aquellos que hemos escogido el camino del Derecho. Descanse en paz, querido maestro. Esperamos no defraudarlo en esta lucha que usted siguió por tantos años.

[1]     MONARD, Elohim; y Alberto RINCÓN. “Cualquier tiempo pasado”. Lima: Estruendomudo. 2014. La referencia puede encontrarse en: https://redaccion.lamula.pe/2014/08/10/no-creo-que-un-politico-pueda-actuar-sin-tener-un-sueno/tecabrera/.

[2]     PEASE GARCÍA, Henry. “Reforma política. Para consolidar el régimen democrático”. Lima: Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú. 2009. p. 35.

[3]     PEASE GARCÍA, Henry. “Elecciones PUCP: La trampa del cambio”. Publicado el lunes 26 de mayo de 2014. Ver: http://blog.pucp.edu.pe/item/184936/elecciones-pucp-la-trampa-del-cambio.

8 COMENTARIOS

  1. “Henry Pease no lo permitiría. Como político y académico, él luchó siempre por una sociedad más democrática y más justa en la que se respeten los derechos de las personas”

    Tal afirmación, la considero no muy cierta o errónea. Pues, el 2004 fue gestor de la reforma Constitucional sobre los Derechos Cumplidos contrario a los Derechos Adquiridos solo en perjuicio de los pensionistas de la 20530 y del Estado que legítimamente adquirieron su Derecho a Pensión de Cédula Viva. Mientras a los empresarios e inversionistas y privados se respetaba y respeta sus Derechos Adquiridos como Irreversibles e Inalienables según manda el Artículo 62o que permaneció inalterable. Situación q consagra una Discriminación Flagrante; viola la Irretroactividad de las leyes que es, Principio Jurídico Universal; y, consagra, también, la Paradoja Constitucional o Contradicción entre el Artículo 62o con el Artículo 103o y la Primera Disposición Final y Transitoria de la Constitución Política del Perú, aún vigente..

    • Estimado señor Raygada,

      No pretendo defender ni justificar las propuestas legislativas que el Dr. Pease haya apoyado o promovido, pero nadie puede negar su trayectoria. Su conducta política fue intachable y honesta, mientras que su quehacer académico habla por si solo. Hemos perdido a un gran peruano.

      Saludos,
      Gonzalo Monge Morales.

  2. Un buen homenaje al Dr. Henry Pease, ejemplo de coherencia entre lo que se dice y se hace. El calificativo de Maestro, resulta en su caso muy merecido. Una gran perdida para el Perú.

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