Hoy en día es común escuchar a los ciudadanos quejarse del mal Congreso que tenemos. “Todos son unas ratas”, “no hacen nada, solo se dedican a robar”, “estos otorongos, deberían cerrar el congreso”, etcétera, etcétera. Sin embargo, pocos de nosotros, en medio de la crítica, nos ponemos a reflexionar sobre por qué tenemos los congresistas que tenemos y qué es lo que estos representan exactamente.

En la democracia moderna el concepto de representatividad es, obviamente, abstracto. Las reglas electorales nos permiten (y sobre todo las reglas que derivan del voto preferencial más aún) elegir determinados representantes para que nos “representen”. Sin embargo, ¿qué significa esta palabra? ¿Es posible que cada uno de nosotros sea representado por alguien? ¿Y si no sale el candidato por el que votamos? ¿Y si luego el representante no cumple el mandato? ¿Pero cuál fue el mandato?

El problema de la democracia representativa es que, si bien el Parlamento es representativo de la sociedad en su conjunto, este no es representativo de cada individuo elector en particular (y nunca podrá serlo pues cada individuo es en sí mismo irrepresentable). El Parlamento es el fruto de la elección de nosotros como ciudadanos y es reflejo (en cierta medida, es verdad) de lo que somos como país.

Es una ironía que cuando alguien se queja del pésimo Parlamento que tenemos no se mire primero al espejo y note los defectos que tiene sobre sí mismo. Es como si nos quejáramos de lo “criollos” que son nuestros congresistas y no notemos o critiquemos que somos una sociedad que adula la “criollada”.  Lo irónico es que les ponemos unos estándares a nuestros congresistas que ni siquiera nosotros como sociedad podemos cumplir. Y lo más grave es que somos nosotros mismos los que tenemos el poder de colocarlos allí. Nosotros como conjunto, pero ninguno individualmente.

Cuando nos enteramos del famoso congresista “come oro”, por ejemplo, y criticamos desde la capital su accionar, no nos damos cuenta que este congresista es auténticamente representativo de la población que lo eligió (los mineros informales) y que exigirle que en su accionar sea distinto a lo que representa es una quimera.

Como soluciones proponemos una serie de medidas legales: la reforma de la Ley de Partidos, el financiamiento público de los mismos, la eliminación del voto preferencial, la supervisión de las elecciones internas por parte de la ONPE, entre otros. Y no vemos que el problema de fondo, nos coloquen las reglas jurídicas que nos coloquen, no se encuentra en la norma, sino en la cultura política que se tiene alrededor de la norma. La era de la tecnología y la información rápida, en donde nuestra vida se centra alrededor del trabajo y la diversión, la acción y vida políticas se han vuelto escasas. Existe en nuestro país una crisis de apatía política que hace aún más precaria la decisión que tomamos respecto a nuestros representantes. Y lo que es más grave aún, es que luego renegamos y exigimos estándares que ni siquiera nosotros podríamos cumplir. Si bien individualmente cada individuo pueda ser probo, el Parlamento no representa a cada individuo, sino al conjunto estadístico.

El historiador Arnold Toynbee decía que “el mayor castigo para quienes no se interesan por la política es que serán gobernados por aquellos que sí se interesan”. Eso es lo que le está pasando hoy día al Perú. La enorme apatía política nos ha llevado a aislarnos de la acción política y exigir que otros sean y hagan lo que nosotros no estamos dispuestos a hacer. Al final del día es como querer comer pollo y eruptar pavo.

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