Los triunfos reeleccionistas de Evo Morales en Bolivia y Dilma Rouseff en Brasil, así como la casi segura victoria de Tabaré Vásquez en Uruguay, confirman la predominancia de la Izquierda en el continente. Desde hace poco más de una década, América  Latina se muestra como una región que alberga en su mayoría gobiernos que se encuentran a la Izquierda del espectro político. Sean estos gobiernos de tintes progresistas próximos a la socialdemocracia (Chile) o de un declarado radicalismo (Venezuela), todos coinciden en mayor o menor grado en políticas redistributivas, proteccionismo económico y en algunos casos hasta control cambiario.

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La predominancia de la izquierda en la región nos plantea inevitablemente la siguiente pregunta: ¿acaso la Izquierda está resolviendo la mayoría de demandas y problemas de los latinoamericanos y de allí sus múltiples victorias en las urnas? Sí y no. Me explico: la Izquierda en los países que ha vencido en las últimas elecciones sí ha atendido la mayoría de las demandas y exigencias que planteaban las mayorías que la han empoderado. Sin embargo, no ha resuelto los problemas de fondo en la mayoría de casos. Es decir, se ha hecho mucho, pero se ha hecho mal.

El caso brasileño sea quizá el más paradigmático. Actualmente, existen 32 partidos en el gigante sudamericano; sin embargo, solo tres de ellos gozan de auténtica vida partidaria y capital político propio: el oficialista Partido de los Trabajadores (PT), El Partido Social Demócrata (PSD) y el Partido Socialista (PSB), los tres de izquierda. La pasmosa desigualdad de la sociedad brasileña, la deficiencia de los servicios públicos y la inseguridad permanente son tres grandes problemas que el PT no ha podido solucionar en sus 12 años (que ahora serán 16) en el gobierno. Por otro lado, el PT ha sabido atender estos problemas con programas icónicos como “Bolsa Familia”, los planes de reforma de la educación y salud pública, así como la “pacificación y reubicación” de las favelas. Los resultados han sido variados y fueron fuertemente cuestionados en las olas de protestas multitudinarias en la víspera del mundial de fútbol.

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Tenemos entonces tres grandes problemas públicos que han sido enfrentados con determinadas políticas públicas, cuyos resultados han sido criticados no solo por la oposición, sino en las calles, por la gente, y en un momento parecía que por todos. No obstante, pese a este descrédito la Izquierda vuelve a ganar y con el mismo partido que sido remecido por más de un escándalo. ¿Cómo se explica ello? Pues en primer lugar, la Derecha no ha sabido construir una alternativa convincente para el electorado brasileño así como en la mayoría de países de la región, se ha estancado en la crítica y no ha desarrollado una contrapropuesta. Entonces bien, los votantes prefieren una Izquierda que no garantiza soluciones, pero al menos promete intentar resolver el problema.

En el Perú, la situación no es tan distinta. Los últimos tres gobiernos han sido elegidos por ser una alternativa de reforma moderada al ajuste neoliberal de los 90. Toledo fue elegido bajo la promesa de “humanizar el modelo”, García prometió el “cambio responsable” y por último, Humala, aunque abandonó la “Gran Transformación” por la “Hoja de Ruta”- esta última también introducía cambios sustanciales al esquema económico clásico. Es decir, la demanda básica del electorado que escogió a estos tres mandatarios fue la de mantener el modelo, pero a su vez reformarlo con medidas redistributivas. Ahora bien, ni los gobiernos de Toledo, García o Humala pueden ser catalogados de Izquierda si se les compara con sus pares regionales, pero estos giros de posición en el poder son peligrosos. No se puede ganar por la Izquierda y gobernar por la Derecha indefinidamente sin ir acumulando un creciente descontento social. No vaya a ser que el temido giro a la Izquierda se termine dando de la peor manera por estarlo postergando en su versión moderada.

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