Por Jose María de la Jara Plaza, Asociado del área de Arbitraje en Bullard, Falla, Ezcurra +. Profesor de Análisis Psicológico del Derecho en la Universidad del Pacífico. 

El 11 de setiembre del 2001, Al Qaeda desvió el rumbo de cuatro aviones, teniendo como resultado la muerte de 266 de personas, entre pasajeros y miembros de la tripulación.

Según Gigerenzer, el miedo generado por el 09/11 llevó a que la venta de boletos aéreos en Estados Unidos se desplomara; movilizados por el miedo, los norteamericanos optaron por viajar en sus propios carros. Así, el tráfico terrestre aumentó y hubo 353 muertes más por accidentes de tránsito, en comparación con años anteriores. De esta manera, las fatalidades generadas por las decisiones emocionales de no viajar en avión fueron mayores a las de los cuatro aviones estrellados.

El ejemplo anterior muestra los efectos colaterales del miedo generalizado. Como veremos a continuación, esta situación parecería estarse repitiendo en la lucha contra el virus del ébola.

El impacto económico del miedo

En los últimos meses, el ébola ha copado los medios de comunicación. El pánico frente al virus ha causado un rechazo generalizado, como la negativa de Australia y Canadá a otorgar visas a ciudadanos de los países afectados, la destitución momentánea de Marruecos como organizador de la Copa Africana o la suspensión en Nueva Jersey de dos colegiales solo porque regresaban de Ruanda (aun cuando dicho país no ha tenido ningún caso de ébola).

Sin embargo, las consecuencias más graves del virus no han sido las muertes ni el aumento de gasto en salud, sino los costos derivados de la aversión a la enfermedad; y es que, el miedo generalizado ha modificado el comportamiento de las personas.

De acuerdo al Banco Mundial, las personas que viven en África ahora tienen miedo a relacionarse con otros, trabajar o viajar. Los agricultores han dejado sus cosechas y huido, el personal extranjero de las mineras ha sido evacuado y las agencias de viajes han establecido drásticas restricciones. En definitiva, el pánico ha tenido efectos conductuales como la disminución de la demanda de bienes y servicios, de las transacciones comerciales y de la producción que ascienden a más de 300 millones de dólares en Guinea, Liberia y Sierra Leona. Y no solo eso, el impacto pronosticado para el próximo año podría ascender a más de 800 millones de dólares.

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Ahora, ¿esas reacciones realmente se justifican? Parecería que no. Así, por ejemplo, según la Organización Mundial de Salud, cada año mueren entre 250’000 y 500’000 personas por influenza. En contraste, desde el último brote del ébola en diciembre del año pasado, solo se han reportado 5’177 muertes.

Sumado a lo anterior, reportes recientes muestran que el virus en realidad estaría limitado a Liberia, Guinea y Sierra Leona. Si bien otros países como Nigeria y Senegal fueron afectados en su momento, actualmente se encuentran libres del virus (lo cual, dicho sea de paso, muestra que la propagación del virus no es tan grave como parecía).

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Bajo estas premisas, ¿por qué el ébola ha generado tanto pánico? ¿Por qué reaccionamos tan dramáticamente ante una enfermedad que parece generar menos pérdidas en el agregado y que parecería estar controlada? La Psicología da algunas respuestas a estas preguntas. Veamos.

O emociones o estadística, no ambas

Al igual que los ataques terroristas, el ébola presenta un riesgo pandémico; esto es, un evento fuera de lo común, que puede generar un gran impacto y que está fuera del control humano. En resumen, puede generar mucho daño pero es poco probable.

De acuerdo a Paul Slovic, enfrentados a un riesgo de este tipo, los seres humanos apagamos nuestro software estadístico; dejamos de razonar sobre qué tan probable es el riesgo y, arrastrados por el miedo, nos concentramos en el daño que el evento podría ocasionar. Un ejemplo claro de este miedo exagerado es la aversión a los tiburones (daño alto / probabilidad baja), cuando, en realidad, es más probable ser mordidos por un ciudadano de Nueva York (no es broma; ver aquí).

En concreto, el ébola posee tres características que lo convierten en una enfermedad temible:

(1)    Hasta el momento no se ha desarrollado una vacuna.

(2)    El ratio de mortalidad es de 70% .

(3)    La muerte es súbita, en aproximadamente 23 días.

Sin embargo, parte del análisis de un riesgo implica la evaluación de las posibilidades de incurrir en él. Y en este aspecto, el ébola no es más temible que la influenza, el sarampión o las paperas, como se muestra en el siguiente gráfico:

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Fuente: National Public Radio

El ébola no es un virus altamente contagioso. A menos que haya contacto directo con fluidos corporales, no hay riesgo de transmisión. Así, cada paciente de ébola contagia, en promedio, a solo dos personas.

En contraste, el SIDA es doblemente contagioso, las paperas tienen un ratio de viralidad cinco veces mayor y un paciente de sarampión infecta en promedio a 18 personas.

En resumen, la agresividad del ébola genera que dejemos de lado la probabilidad de contraerlo y nos concentremos en el daño que genera, llevándonos a ser más precavidos de lo que realmente el virus amerita.

Memoria y atajos mentales

Sumado a lo anterior, el pánico generado por el ébola también encuentra una explicación en la manera que funciona nuestra memoria. No somos computadoras que pueden almacenar información de forma ilimitada y extraerla con solo un click. Es por ello que nos valemos de atajos para funcionar en el día a día.

La heurística de disponibilidad es un atajo mental que opera bajo un principio simple: la opción que salta más rápido a nuestra memoria es percibida como más probable que las alternativas que demoramos en recordar. Este atajo es el que causa, por ejemplo, que la contratación de seguros de vida se dispare luego de una catástrofe y disminuya a medida que los recuerdos del evento se desvanecen.

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El ébola tiene mayor recordación porque es asociado con otras pandemias que se han repetido en la historia, literatura y religión. Ejemplo de ello son las plagas de la Biblia, el cólera de Florentino Ariza en la obra de Gabriel García Marquez, la peste negra en el siglo XIV y la gripe porcina en el 2010. Y no podemos dejar de mencionar la industria hollywoodense con películas como Night of the Living Dead,  The Happening y I am Legend o series apocalípticas como The Walking Dead.

Así pues, el ébola es asociado a un grupo de fenómenos graves que están grabados en la memoria humana, avivando así el miedo que produce.

El efecto Teresa Romero

Finalmente, la empatía también explica el pánico exagerado del ébola. A diferencia de peligros abstractos como el cambio climático, el ébola tiene víctimas concretas.

Pese a que suena contraintuitivo, nos afecta más ver sufriendo a un par de personas que imaginarnos a millones en la misma situación. Este fenómeno es conocido como el efecto de la víctima identificable; esto es, la propensión a conectarnos en mayor medida con personas concretas, en comparación a grupos indefinidos que se encuentran en las mismas o peores condiciones. Ya Adam Smith lo adelantaba en la Teoría de los Sentimientos Morales, mucho antes que las neuronas-espejo fueran descubiertas, al señalar que:

“A través de la imaginación nos ponemos en la situación del otro, nos concebimos soportando los mismos tormentos, entramos por así decirlo en su cuerpo y nos convertimos en cierta medida en la misma persona, y de ahí formamos una idea de sus sensaciones (…). Así como el dolor y la angustia exalta la tristeza más profunda, imaginarnos en el lugar de otro exalta en cierto grado la misma emoción”.

Mientras la multitud no tiene cara, Teresa Romero tiene nombre y apellido. Y más importante aún, tiene una historia emotiva que contar: una enfermera que cuidó a víctimas del ébola, contrajo la enfermedad y cuya mascota, Excalibur, fue sacrificada.

En ese sentido, la cobertura que han tenido distintas víctimas del ébola ha generado más empatía con los pacientes, ha aumentado la recordación e incrementado la aversión a la enfermedad.

En conclusión, los tres factores psicológicos identificados ayudan a comprender por qué la reacción frente al ébola ha sido exagerada. Ello sugiere que la Psicología es una herramienta clave para los creadores de políticas públicas para afrontar catástrofes como enfermedades, terremotos o desastres naturales.

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