Por Carlos Andrés Gómez Ramos, estudiante de Derecho de la PUCP y miembro de la Comisión de Cursos de THEMIS. 

Hace unos meses, un amigo me extendió un artículo de Enfoque Derecho titulado “La nota de participación, el MBTI y la sombra”, escrito por quien fue mi profesor, Fernando del Mastro. Si bien nunca me he encontrado en el otro lado de la relación pedagógica, como alumno siempre he tenido el mal hábito de adoptar una postura crítica y sancionadora respecto de la manera como se maneja, en ocasiones, el sistema de evaluación. Y dentro de este paradigmajuicioso, la “nota de participación” siempre me ha parecido un criterio que no suele recibir la atención que debería. Mi amigo sabía esto, inclusive habíamos tenido un pequeño debate al respecto y, por tanto, consideró que era imperativo que yo leyera dicho artículo dado que el autor compartía la postura que él tan fervientemente defendía.

En la apertura de su discurso, el autor parte con una experiencia personal seguida de la enumeración de una serie de sentimientos y sensaciones que en él despierta la participación. Se habla del “roche”, de sentir que lo expresado no se condice con lo pensado, del miedo a “caer mal”, del “salirse” (mentalmente) de la clase, etc. Y sí, me siento totalmente identificado con cada uno de los sentimientos a los que se refiere el profesor Del Mastro. Quizás no sea el caso de la mayor parte de los lectores, pero sí el mío, porque yo lo he experimentado. La exposición del autor me genera una innegable empatía, pero no comparto en absoluto la conclusión a la que arriba. Y no la comparto, ya que la habilidad de hablar y participar en clase es eso: una habilidad.

En el contexto de la formación del abogado, se habla con regularidad de skills o “destrezas legales”. El participar en clase, el saber expresar ideas de manera clara y concisa, hacer que lo que se dice se condiga con lo que realmente se quiso decir y el no sentirse cohibido de participar por lo que el resto pueda estar pensando son ejemplos de lo que podría implicar dominar estas destrezas.

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Es cierto, en el mundo existen extrovertidos e introvertidos, las personas son distintas y actúan diferente, y ser de uno u otro modo no te hace mejor ni peor. Si tuviera que condensar el punto angular de la postura de Del Mastro, lo plantearía en los siguientes términos:

“En base a su personalidad, a algunas personas se les hace más difícil que a otras el participar según la forma cómo la participación suele ser manejada por el sistema educativo, por lo que es nuestra obligación como profesores adaptarnos a todos los alumnos y no solo a los que tienen más habilidad para proporcionarnos una respuesta verbal inmediata”.

Esta noción es interesante e indudablemente proviene de una postura bien intencionada, pero me parece que entre las buenas intenciones y el análisis emocional se termina por tergiversar la óptica de lo que se buscaba tutelar en primer lugar. Me explico.

Pongámonos en el supuesto de dos alumnos de personalidad introvertida que estudian el mismo curso con dos profesores distintos. El alumno “A” lo lleva con el profesor “X”; y el alumno “B”, con el profesor “Y”. El profesor “X” es consciente de toda la teoría educativa sobre las personalidades, la introversión, extroversión, etc. Y, por tanto, toma las sugerencias que propone el autor, plantea las preguntas a ser desarrolladas en clase con anticipación, da espacios de reflexión y demás medidas que implican adaptarse a las necesidades de los alumnos.

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Por otro lado, el profesor “Y” desarrolla su clase planteando preguntas a medida que va desarrollando los temas y califica la participación de los alumnos según las intervenciones que se van dando de manera espontánea (como suele pasar). ¿Qué es lo que tenemos al final? “A” y “B” han llevado el mismo curso; por ende, teóricamente, han adquirido los mismos conocimientos, pero posiblemente “A” tenga mejor nota que “B”, y podría considerar que ha tenido una experiencia más “exitosa”. Sin embargo, la principal diferencia no se ubica en el ámbito académico. Al finalizar el curso, “A” podrá tener o no una mejor nota, pero “B” tendrá un activo más. Lo que termina por suceder es que, pese a las buenas intenciones de “X”, su comportamiento ha terminado por ser perjudicial para “A”, quien ahora está en inferioridad de posibilidades con respecto a “B”.

Ante esta argumentación, la respuesta lógica es que esto podrá ser cierto en la medida en que “B” tome el entorno hostil y el condicionamiento operante sujeto a la calificación reprobatoria como una motivación para “superarse”, para desarrollar destrezas que hasta ese momento se hallaban renegadas. Y ahí entramos a la esfera de “adaptarse o morir”. Si a “B” le ha “tocado” un tipo de profesor que no se cohesiona con su personalidad, que no posee la actitud y disposición necesarias para otorgar a cada uno de sus alumnos la atención que demandan, entonces estará ante una encrucijada: a) salir de su zona de confort, entregarse a la incertidumbre, probar, fallar, acertar, practicar y mejorar; o b) desaprobar. Dicho de otra forma: adaptarse o morir.

Se podrá decir que esta metodología no es del todo ortodoxa, pues parte de la misma escuela que predica lanzarse a la piscina sin flotadores como la mejor manera de aprender a nadar, noción que por demás de efectiva no parece ser la mejor. Estoy seguro de que la respuesta pedagógica será que la idea no es “matar” a los estudiantes, y a ello yo respondo: “si es que es lo que hace falta, quizá debería serlo”.

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Verán, esta teorización de adaptar el profesor al alumno- además de ser utópica y ajena a la realidad- transmite el mensaje de que esto “está bien”, que está bien conformarnos con nuestros temores, que está bien permanecer en nuestra safe zone y esperar que los demás se adapten a nuestras necesidades particulares. Y quizás no tenga la suficiente experiencia para decir esto, pero me atrevería a afirmar que “la vida” no funciona así.

Coincido en que el sistema detrás de la nota de participación no es perfecto, pero su imperfección no pasa por las muletillas de los alumnos. Los alumnos tienen que acostumbrarse a hablar, lo cual no implica cambiar su personalidad, sino simplemente desarrollar dicha habilidad y saber adaptarla al contexto. Un amigo muy cercano me dijo en mi primer ciclo en la Facultad de Derecho: “Aquí, si no hablas, no existes”.  Y es tan cierto ahora como lo fue en ese momento y como lo ha sido siempre en ese contexto y en tantos otros. Es así en la vida académica y es así en la vida profesional. Lo que rescato es que es una situación irrefutable ante la cual algunos tienen la facilidad y otros no. Y ahí es donde debe intervenir la pedagogía con toda su categoría, pues no se está evaluando la habilidad oratoria de los alumnos. Algunos hablan fuerte; algunos, suave; algunos, fluido; algunos tartamudean, pero lo que vale está detrás de las formas. El educador debe estar en la capacidad de “pelar” el medio e identificar la esencia de lo que se dijo y no solo lo que se habló. Un profesor debe ser un apoyo para los alumnos, mas no su lazarillo.

Por todo lo desarrollado, discrepo con la postura del Profesor Fernando Del Mastro. No obstante, no niego que haya un problema por resolverse, sino que ese problema, a mi parecer, no está donde él lo ubica. A mi parecer, las soluciones propuestas en el artículo al que se viene haciendo referencia más parecen “parches” utópicos a una escala micro, antes que respuestas viables que pudieran llegar a generar un efecto macro. No me queda más que concluir que si hay un terreno común, es que la participación en clase es una herramienta de aprendizaje de valor inmensurable, pero una que se ha visto descuidada y precariamente desarrollada desde hace ya demasiado tiempo.

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