Por Fernando Del Mastro, Profesor en la Facultad de Derecho de la PUCP. 

A mis amigos, porque sin ellos no podría ser yo mismo.

Han pasado ya unos días desde que acabaron las fiestas, aunque decir “fiestas” quizá sea, hoy en día, solo un decir. Para muchos se trata de solo un momento, de una breve pausa, de unos pocos días que gritan por su espacio en nuestro calendario hecho de días útiles. En nuestra sociedad, pareciera que consideramos inútil a todo tiempo que no esté destinado al crecimiento económico. La Navidad y el año nuevo, ya pasaron. ¿Qué significan estas fiestas? ¿Qué significaron para nosotros? Se trata de fiestas muy antiguas, cargadas de sentido, cuyo poder simbólico está hoy en día en peligro de extinción.

“La vida sin mitos es imposible” dice Gray. De acuerdo. Me pregunto, sin embargo, a propósito de estas fechas festivas, qué mito es el que estamos viviendo. Porque me imagino que ya pocos recuerdan o saben lo que significa la navidad. De hecho, hablar del sentido de la Navidad suena hasta cursi y vacío. ¿Cuál es su sentido? ¿Por qué tan metódicamente iluminamos un árbol con una estrella en la punta y ofrecemos al otro regalos? La navidad y el nuevo año están siendo vaciados de su contenido mitológico. No significan realmente nada, o muy poco. Y se trata solo de un ejemplo en una sociedad que en general parece estar perdiendo el rastro del sentido mítico de las celebraciones, los ritos, y los fenómenos sociales y culturales. Pero, como dice Gray, el ser humano no puede vivir sin mitos. ¿Qué mitos estructuran hoy en día nuestro modo de ver el mundo? ¿Qué grandes creencias articulan nuestros caminos? Uno de ellos, que desde mi punto de vista tiene especial fuerza, es el mito del crecimiento económico. La creencia en el progreso del ser humano a través del dinero. Vaya cambio. ¿Qué diría Jesús de un pueblo que mide su éxito en función de cuánto crece económicamente? ¿Qué diría de la importancia máxima que tiene el dinero en nuestra sociedad? En una sociedad de creyentes esto debe llamar poderosamente nuestra atención.

Yo sinceramente siento que los problemas del país no tienen tanto que ver con la materia, sino que más bien están asociados a males del espíritu. Nuestra desmedida preocupación por el dinero, que nos hace ponerla como indicador central y casi excluyente de qué tan bien o mal estamos como país, contrasta sospechosamente con la poca importancia que le damos a los problemas anímicos que tenemos como sociedad e individuos. No me parece una locura pensar que nuestros problemas sean más anímicos que materiales y que tengan causas más anímicas que materiales. Creo que el caos del tráfico, la delincuencia y las pandillas, la corrupción y la discriminación, la indiferencia y el enfrentamiento social, tienen más que ver con el espíritu que con la materia. El sentido mitológico del nacimiento de Jesús simboliza el surgimiento de lo espiritual en lo material y la capacidad del ser humano de escuchar y seguir su voz interior, su destino, su ser más profundo. Ahí está el espíritu de la Navidad: en la promesa de salvación siendo uno mismo. Es el surgimiento de lo espiritual en lo material, representado también por el árbol (que une tierra con cielo), lo que deberíamos celebrar. Siento que nuestra desmedida obsesión por el crecimiento económico, y por el dinero en general, está profundamente reñida con ese mensaje.

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Hans Kelsen, en un ensayo sobre el concepto de justicia y el sistema legal instaurado por Jesús en el nuevo testamento, plantea cuál es la visión que el hijo de Dios, cuyo nacimiento festejamos, tiene del dinero: “Donde esté tu tesoro, allí está también tu corazón… No podéis servir a Dios y al dinero (Mateo, vi: 19ss)” y agrega Kelsen: en el nuevo testamento “el dinero … es el diablo” (Kelsen, 1957). Palabras duras, por las que Jesús fue perseguido y crucificado. Quizá hoy, en nuestra sociedad, tampoco sería Jesús un líder de opinión muy respetado. Yo personalmente no pienso que el dinero sea el diablo, aunque ciertamente puede traer consecuencias demoníacas y sacar de nosotros pulsiones más asociadas a Satán que a Jesús, que nos dominan y afectan la armonía y el balance. Creo que esa fuerza del lado oscuro no está en el dinero en tanto metal o papel, sino en la máxima importancia que le damos, en la fuerza que tiene como determinante de nuestra autoestima y de nuestro valor, en lo que la gente hace y sacrifica por tenerlo, y en la pérdida de balance que instaura entre materia y espíritu.

Piense usted a quién y cómo decidió regalar en esta navidad. Para muchos el valor de un regalo depende de su precio, y no de aquello que expresa una persona a otra. Regalar es un medio de expresión sin igual, es un esfuerzo de pensar realmente en el otro, de buscar darle algo que le haga bien, de agradecer, de aconsejar, de decir algo de modo simbólico, de ofrecer. Dado que la Navidad tiene lugar en uno o dos días, tenemos poco tiempo para pensar en qué darle a las personas importantes para nosotros. Comprar se convierte en un deber, en un estrés, en un gasto. La capacidad para expresar lo que sentimos está también en extinción junto con el espíritu de la navidad, junto con el lenguaje y la comunicación de lo anímico y espiritual. La Navidad es, hoy en día, una oportunidad de negocio. Es una lástima que no se pueda medir tan fácilmente el bienestar que generaría, no en plata sino en felicidad y tranquilidad, dar dos días más a las personas para pensar bien qué dar al otro.

La asociación entre precio y valor es en cierta medida ficticia, y eso aplica no solo al valor de las cosas, sino también al de los seres humanos, que demasiadas veces renuncian a su verdadero ser por hacerse valiosos en el mercado.

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Dos escenas navideñas vienen a mi mente mientras escribo estas líneas. Un niño afuera de una juguetería en la Av. Pardo y Aliaga, en San Isidro. Estaba solo y parado mirando como salían del lugar personas con paquetes, quizá imaginando qué había dentro. Su rostro parecía dar cuenta de una especie de resignación profundamente triste, de voluntad reducida a nada, de ausencia de cualquier cosa semejante a la alegría, de añoranza utópica. Y frente a él pasaba una persona, tras otra, tras otra, sin siquiera mirarlo o incluso huyendo de un eventual pedido que les incomodara en ánimo festivo. Cada una de esas personas parecía ser un símbolo del imperio desmedido de la materia. La misma escena la vi en la Av. La Paz, en Miraflores. Un niño con su hermano mayor y su mamá. El niño menor lloraba al costado de unos camiones de madera de una tienda de artesanías. Ni siquiera miraba al camión, parecía llorar por el reconocimiento de su lejanía combinado por el deseo de todo niño de tener un carro de juguete. Era un llanto desconsolado, pasivo. Pasaban las personas, mirándolo, sin saber qué hacer, quizá hasta sin saber qué sentir. En ambas escenas habían bolsas, compras, gasto: tanto dinamismo en el mercado como indiferencia.

Quizá el índice de indiferencia sería una buena variable que agregar para medir qué tan bien estamos como país. Pero en nuestro querido y odiado Perú, como en buena parte del mundo, es el crecimiento global en dinero el indicador más importante que nos indica si estamos bien o mal. Es esa la variable reina que nos tiene a todos obsesionados.

Si usted, que lee ahora este artículo, tuviera que elegir una cosa, solo una cosa para el 2015, ¿qué sería? Tómese un tiempo porque de eso se tratan, en parte, estas fiestas. ¿Qué pediría? ¿Qué sería lo más importante? ¿Ganarse la Tinka? ¿Ser millonario? ¿Tener muchísima plata? Yo creo que la gente pediría otras cosas, de índole más anímico. El dinero es solo un medio que muchas veces trae más problemas que alegrías. De hecho, el mito de convertirse en millonario, cuando ocurre en la realidad, suele traer más desgracia que felicidad. En mi experiencia, y también en diversas investigaciones sobre bienestar subjetivo, el dinero no tiene correlación con la felicidad. Es más importante sentirte bien contigo mismo, tener a alguien que te comprenda, tener vínculos sanos, hacer lo que te gusta, ser tú mismo. Eso también lo deberíamos medir, esas deberían ser las variables que buscamos y que sirvan para evaluarnos: autoestima, satisfacción con la vida, motivación laboral, soporte social, salud mental y física, bienestar familiar, capacidad de escuchar y comprender al otro, capacidad para sentirnos afortunados y agradecidos por lo que tenemos, deseo de crecer. Pese a que todo esto se puede medir, nadie le presta atención. Quizá la excepción sea alguna nota periodística cuando hay un suicidio mediático o cuando alguien habla del ratio de suicidios y de depresión que va siempre en aumento. Pero la importancia brindada al crecimiento económico es abrumadoramente superior.

Conozco algunas posibles respuestas. El crecimiento económico genera empleo, el empleo genera dinero, el dinero sirve para acceder a servicios básicos de calidad, los cuales generan felicidad. Les creo, a medias. Me gustaría ver los números que muestran que eso es así. Porque para seguir tan obsesiva y exclusivamente una variable, y coronarla como “la reina”, debería existir un conjunto de investigaciones objetivas y complejas que la asocien con claridad a otras cosas que no sean meros instrumentos, sino objetivos reales que queremos como país, sociedad e individuos autónomos. ¿Hay, por ejemplo, vínculo entre crecimiento económico y variables relacionadas al bienestar subjetivo? ¿Cómo se vincula el crecimiento económico con la autoestima de la gente? ¿Con la calidad de los vínculos personales? ¿Con la salud física y mental? ¿Impacta positivamente el crecimiento en el estrés, la depresión, la ansiedad? Incluso más básicamente: ¿tiene el crecimiento económico relación con mejoras en la educación, que favorezca el crecimiento personal y la autonomía? ¿Contribuye al desarrollo autónomo y al bienestar de los niños? Si vamos a seguir tan “decididamente” a esta variable sería bueno saber o hablar de esto, por lo menos. Ello más aun cuando hay ejemplos diversos de países con alto crecimiento económico donde no sería nada bueno vivir.

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Pero aun con esa información, el problema es mucho más profundo: ¿quién decide qué variables son las que nos hacen sentir que estamos haciendo las cosas bien o mal como país? Porque sobre eso nadie debate. Podríamos estar midiendo las cosas que verdaderamente queremos, y no solo un supuesto medio. Si tuviese que haber un gran debate, debería ser ese: qué indicadores seguir y cómo evaluarnos. Sospechosamente nadie tiene ni plantea ese “meta-debate”, lo damos por hecho, en gran medida, porque los más obsesionados son nuestros medios de comunicación, los cuales plantean la inversión privada y el crecimiento económico como nuestras grandes metas como país. No dudo que ambas sean variables importantes, pero no me queda ninguna duda que hay muchas más cosas que medir, y que debemos distinguir los objetivos de los instrumentos.

Es importante saber qué tenemos, pero también debemos tener claridad sobre cómo somos y de reflexionar sobre el vínculo entre ambos. Sería ridículo decir que el crecimiento económico no es importante, pero creo con sinceridad que es peligroso hacer que todo gire demasiado alrededor de ese eje. Es en ese punto donde deja de haber balance.

Algunos estarán pensando: no es posible medir el bienestar, la autoestima, la satisfacción, la motivación, la alegría, etc. ¿Quién dice? Hay que tener la capacidad para pensar más allá, por uno mismo. Un buen líder no debería tener ningún problema en hacer algunas mediciones más ajustadas a lo que queremos como metas reales e introducir así cierto balance en nuestra percepción como país. La posibilidad de hacer estas mediciones a nivel local y regional es también muy sugerente. El problema es que nadie habla de esto último y lo único que tenemos son medios de comunicación obsesionados con el crecimiento económico y la inversión privada.

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Siento que la verdad incómoda es que no tenemos ni idea de qué queremos como sociedad, y frente a esa incertidumbre el mito del crecimiento económico nos brinda una falsa seguridad, una ilusión de que con un solo dato sabemos si estamos mejor o peor. La ilusión del diagnóstico claro y sencillo, y de la respuesta clara respecto al camino a seguir. Este mito es peligroso y va más allá de la idea de progreso como sociedad. Hoy en día la creencia de que las cosas se pueden comprender fácilmente y solucionar con medidas técnicas centradas en lo material, traspasa lo político para entrar al plano personal. La medición personal de éxito está también asociada fuertemente a lo material y, más precisamente, a lo externo y aplaudido por el resto. Al mismo tiempo, hoy en día cualquier síntoma de malestar anímico es síntoma de depresión y se trata con pastillas. Un malestar anímico es un aviso de que algo no anda bien con nosotros a nivel interno y con nuestras relaciones. Es un llamado, una pista para descubrir algo de nosotros mismos y así ganar control. Actualmente esa pista se tira a la basura. No se busca comprender para poder manejarlo, se busca callar y anular de modo fácil. Matar al síntoma rápido. Fácil, material, claro, pero desmedido e ilusorio. Esto incluye peligrosamente el mundo de los niños. No dudo que el Attention Deficit Disorder y la gigantesca cantidad de niños medicados, que aumenta año a año, favorece el crecimiento económico. De hecho, de ser un negocio casi inexistente pasó, en unos años, a ser un negocio billonario. Las consecuencias en lo anímico no interesan, aunque de hecho son bastante preocupantes.

Regresando a la idea del progreso del país mediante el crecimiento económico, veo que el problema quizá más serio es que, dado que ese crecimiento es el dato que nos dice si andamos bien o mal, la mayoría de los grandes esfuerzos están dirigidos a aumentar esa cifra porcentual y la mayoría de debates giran en torno a él. Todo gira entorno a eso, la complejidad de los problemas y retos del país se reduce peligrosamente a una única variable y lo anímico pierde todo tipo de importancia. Nadie suele reflexionar sobre el lado anímico de nuestros problemas como sociedad y tiendo a pensar que eso ocurre también en el plano personal e interpersonal, donde con mucha frecuencia nuestros problemas y conflictos no son comprendidos desde su lado anímico. Pensamos que nos peleamos por “idioteces” porque vemos solo lo externo y no vinculamos lo presente a nuestra historia pasada. Quizá esta actitud responda a que hoy en día no hay tiempo para esos temas anímicos, a que ese rollo “no vende” tanto como ir de un escándalo al otro, a que nadie nos ha preparado para esto, o simplemente a que es en verdad muy complicado verse a uno mismo. El hecho es que por lo general vemos solo una cara de la moneda. Desde mi experiencia estudiando temas de “reforma del sistema de justicia en el país”, esto es muy claro. Se cree que los problemas son solo de leyes, control y presupuesto, pero la realidad es mucho más compleja e incluye a los seres humanos llamados jueces que viven una realidad compleja y difícil, que sienten y tienen un espíritu, como individuos y como grupo. Como joven de 31 años con algo de esperanza en nuestra capacidad como sociedad para ser nosotros mismos, me da rabia y vergüenza que nuestros auto-denominados “líderes de opinión” no tengan la capacidad para ayudar a construir una visión real y balanceada de los problemas y retos del país.

Pero hay algo más, de mucha relevancia, en este mito. Si el dinero es lo más importante, me pregunto, ¿desean algo los ricos? ¿Tiene algo que ofrecerles el país, además de incentivos para hacer más dinero, a quienes tienen el futuro “comprado”? En una visión en la que el crecimiento económico es la variable reina, los problemas de los ricos no deberían preocuparnos como sociedad o hasta podríamos pensar, equivocadamente sin duda, que los ricos no tienen problemas. Enfocándonos en lo anímico todos somos más iguales porque enfrentamos retos similares.

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Quizá estén pensando algunos que soy un comunista. La verdad no sé qué “soy”, al menos a nivel de “izquierda, derecha, facho, caviar”. La necesidad de catalogar al otro, que desde el inicio de los tiempos es un arte del lado oscuro, quizá es tan atractiva porque compensa una incapacidad para definirnos de modo real a nosotros mismos. ¿Por qué nuestras opiniones tienen que estar tan empaquetadas? Quedamos reducidos a un grupo y perdemos toda individualidad. Me parece además un debate ficticio que lo único que logra es separarnos y hacernos repetir libretos y diálogos llenos de rencor que ninguno de nosotros ha escrito. Los libretos, sin embargo, nos dan seguridad y nos pueden permitir de modo fácil saber qué pensar, qué decir y hasta cómo sentir. Si tuviera que decir qué soy yo, diría que para mí lo más importante es el balance y la armonía entre las diversas fuerzas que caracterizan al ser humano (incluyendo las del lado oscuro) y, para ello, el autoconocimiento y la autoestima son centrales. La obsesión por el crecimiento económico no genera armonía, sino la destruye.

Todo esto puede sonar un poco duro con las empresas y la inversión privada. Desde mi punto de vista, sin las empresas no se puede hacer nada y ellas mismas hacen mucho de lo que se hace hoy en día. Las empresas somos nosotros, son parte central del país y de la sociedad. Creo simplemente, en términos muy generales, que viven el mismo mito que todos nosotros y que padecen, también en esa línea, de una obsesión por el dinero. El hecho de que en el concepto “recursos humanos” lo humano sea adjetivo de “recurso” ya parece dar cuenta de que lo espiritual y la esencia del ser no entra tanto en la ecuación y que, en cualquier caso, es una variable instrumental. Si yo fuera dueño de centros comerciales o de constructoras e inmobiliarias (los pongo como ejemplo solo porque me parecen empresas muy interesantes y con mucho poder) buscaría mucho más que mucha plata. Los espacios comunes en los edificios residenciales son, desde lo anímico, mucho más importantes de lo que parecen: las escaleras (que casi siempre son “de servicio”), la iluminación, lo natural y su vínculo con lo material, la salud física, el simbolismo de los colores, el sentido y la experiencia de comunidad e identidad. Un edificio es el ambiente en que vivimos y en esa medida, tiene una máxima importancia. Lo mismo ocurre con un centro comercial que es un espacio de encuentro público de la más alta relevancia en la sociedad actual. No son solo negocios. El hecho de que las empresas persigan el lucro, y el Estado, el bien común, pese a ser, en buena medida, real en lo primero y falso en lo segundo, es una ficción. Cada quien decide cuáles son sus más genuinas motivaciones y cómo y por quién quiere ser recordado al morir. El poder de las empresas es mucho mayor cuando se contemplan otras variables como objetivos prioritarios. Y no me refiero a la responsabilidad social, me refiero al planeamiento estratégico, a la definición de objetivos en la línea de negocio principal, a medir el impacto de lo que se hace en la gente, a redefinir sus metas, a tomar acciones que generen otra cosa además del dinero y a ampliar la lista de sus motivaciones prioritarias.

Verse a uno mismo es difícil, a veces es más fácil pensar y enfocar todo en el afuera, haciendo que todo dependa de qué tenemos y qué mostramos. Al hacerlo, seguimos lo que se ha hecho y deseado antes, perdemos rastro de lo interno y genuino en nosotros, y así perdemos también control. Si algo creo que sentimos los peruanos, es esa falta de control junto con la sensación de estar sin un camino claro. Veo al país más como una familia caótica sin vínculos constructivos y sin norte que como una familia sin dinero, aunque esto último sin duda sea también central. Quizá por eso sintamos también esa sensación profunda de ausencia de norte a nivel individual. Puede que sea una sensación dolorosa que quizá estemos evitando en nuestra búsqueda desmedida de lo material. No podremos vivir otra realidad si es que no comenzamos a comprender nuestros problemas también desde lo anímico, y para eso necesitamos ampliar nuestros indicadores de éxito.

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El nacimiento de Jesús es un hecho simbólico que expresa una realidad anímica central: el nacimiento de lo espiritual en lo material y la dificultad que enfrenta quien intenta dar vida a su voz interior. Es una realidad que tiene lugar en cada uno de nosotros, en nuestra historia, en nuestras vidas, en nuestros pueblos y en nuestro país. Es tan real  como lo es nuestro lado oscuro que tiende a desintegrar nuestra fuerza. Tiende a crear nuestra capacidad para encontrar una armonía única logrando ser nosotros mismos. El camino difícil que tenemos hacia nosotros mismos es mítico y su inicio es simbolizado en la Navidad, que además de una oportunidad de negocio, es una fiesta cargada de un simbolismo muy pertinente en los tiempos actuales. Es un mensaje que llama a la búsqueda de balance y armonía en nuestra visión del país.

3 COMENTARIOS

  1. Leí su ensayo con mucho interés y tiene usted razón en mucho de lo que escribe. El dinero tiene su lugar, y así debe ser, pero no lo es todo. El énfasis en tener lo suficiente para llevar una vida digna quedó en el pasado; ahora la idea es “tanto tienes, tanto vales”. La esperanza está en jóvenes, como ustedes, que están en posición de influir en los líderes del futuro.

  2. Sobrino Querido en primer lugar felicitarte por tan brillante capacidad de análisis, y por sobretodo por tu gran sensibilidad, eres un ser humano maravilloso que ve más allá del ruido , de lo que yo llamo lo de afuera , hay que sentir , escuchar el interior, el espíritu, sólo el silencio , la calma, la naturaleza el contacto con la tierra, el aire, el mar me ayudan a conectarme con mi espíritu, al igual que al pintar , somos pocos que tenemos esa no se sí llamarla suerte o capacidad, te felicito por a través de este artículo invitar a la reflexión a muchos seres humanos a recapacitar e invitarlos a escuchar su interior, la Navidad es amor , es familia , es unión, es en ese día dar un poco de uno a nuestros seres queridos, te quiero y admiro mucho, la sociedad de hoy nos invita a correr, no corramos caminemos, respiramos con tranquilidad y profundidad para lograr sentirnos y mirar años a nosotros mismos y así podemos conectar con sentimiento , con emoción, con los seres que amamos y con los que nos acompañan y con todos aquellos que son parte de nuestro día a día , desde lo ,as cercano hasta lo más lejano , un ciudadano, Te quiero y admiro , sigue difundiendo tus pensamientos y sentimientos , estoy segura contribuiran en mucho , nosotros cuando iniciamos nuestro negoció pensamos con todo cariño en que darle a chacla y esa sigue siendo nuestra motivación , el dinero vino después, tqm

  3. Gracias. Mucha claridad y certeza en lo que escribes. Leyendo, me pregunto si será posible lograr poner en práctica todas tus sugerencias sobre medir lo importante de nuestra sociedad, si alguno de nuestros líderes actuales o los que vayan llegando logren tener la sensatez de procurar esas mejoras que necesitamos realmente. Y por nuestra parte, ejercitar la espiritualidad y darle mas importancia que al dinero. Espero que sí! Sinceramente.

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