Por Elody Malpartida, estudiante de la Facultad de Derecho de la PUCP y miembro del Consejo Editorial de Enfoque Derecho.

“Te van a violar”, le dice el Auxiliar a María Josefa, resignado. Esta oración es parte de uno de los diálogos más impactantes de la obra de teatro, La Cautiva, escrita por Luis Alberto León Bacigalupo y dirigida por Chela de Ferrari. En ella, se relata la historia de una joven de 14 años llamada María Josefa – la Cautiva – quien es asesinada por oficiales de las Fuerzas Armadas al ser hija de senderistas. Por si no fuera poco, ya en la morgue, al Auxiliar encargado de limpiarla y coserla se le ordena prepararla para ser ultrajada por un grupo de militares, que incluye a quien la mató. Esta situación se vuelve aún más conflictiva cuando la Cautiva despierta y se rehúsa a aceptar que está muerta. Es así que la riqueza de la obra recae en dos personajes que, a pesar de sus diferencias, se asemejan en tanto no comprenden la naturaleza de la realidad en la que les ha tocado vivir.

La Cautiva ha sido aclamada por la crítica peruana en la segunda mitad del 2014, y no es para menos. Pero dicha puesta teatral, avalada por sus espectadores, fue investigada por la Dirección contra el Terrorismo (DIRCOTE) y la Procuraduría Antiterrorismo, por orden del Ministerio del Interior. Como consecuencia de ello, el día de ayer se anunció que se denunciará a la obra por apología al terrorismo. El informe de la DIRCOTE, revelado por el programa de noticias Panorama, indica que la obra da “una descripción de violación sistemática de derechos humanos por las fuerzas del orden y da a conocer subrepticiamente los objetivos de la organización terrorista Sendero Luminoso”. Al mismo tiempo, señala que los actores – al encarnar a senderistas- hacían arengas a favor a la lucha armada, situación que permitía se exaltase el terrorismo. Pero, ¿realmente caben todas estas figuras dentro del delito de apología al terrorismo?

Para empezar, es menester preguntarnos sobre el aspecto típico de la apología al terrorismo en el derecho peruano. Actualmente, tanto la Ley antiterrorista 25475 como el Código Penal regulan este delito. Por un lado, el primero establece  en su artículo 7 que  “será reprimido con pena privativa de libertad, no menor de seis ni mayor de doce años, el que públicamente a través de cualquier medio hiciere la apología del terrorismo o de la persona que lo hubiere cometido…”. Por el otro, el segundo indica en su artículo 316, inciso 2 (a manera de agravante), que “si la apología se hace de delito de terrorismo o de la persona que haya sido condenada como su autor o partícipe, la pena será no menor de seis ni mayor de doce años. Si se realiza a través de medios de comunicación social o por el uso de tecnologías de la información, la pena será no menor de ocho ni mayor de quince años…’’.

Ahora bien, ¿qué es lo que implica la apología al terrorismo exactamente? Una nota publicada en el Diario El Comercio cita a Marcos Ibazeta, ex presidente de la Sala Penal Antiterrorismo, quien explica que ningún marco normativo – ni los ya existentes, como se puede apreciar anteriormente – permite que se denuncie puestas o montajes artístico. Únicamente se puede denunciar el delito de apología al terrorismo si es que ha ocurrido una incitación directa a la violencia o exaltaciones (entiéndase, alabanzas) de acciones terroristas. Esta postura se basa en una Sentencia del Pleno Jurisdiccional del Tribunal Constitucional del 9 de agosto del 2006 (003-2005-PI/TC). Precisamente por este motivo es que hace menos de un mes le fue imposible al Ministro Urresti denunciar al Movadef por llevar a cabo una exposición de arte en donde se exhibían cuadros hechos por terroristas condenadas como Elena Iparraguirre y Maritza Garrido-Lecca. A pesar del escándalo realizado por el Ministro Urresti,  la muestra artística no calificaba dentro de los parámetros ya mencionados, motivo por el cual no se pudo llevar a cabo ninguna acción legal.

Regresando al caso concreto, en el momento en el que la Cautiva recuerda las arengas de su padre, diciendo “Compañeros, con el partido no habrá ricos ni pobres, todos seremos iguales… ¡Viva el Partido Comunista! ¡Viva la lucha armada! ¡Viva el presidente Gonzalo!”, lo único que está haciendo es representar la realidad de muchos de los niños que fueron y son secuestrados y adoctrinados por Sendero Luminoso. Al mismo tiempo, describir la “violación sistemática de derechos humanos por las fuerzas del orden”  no es más que un reflejo de los abusos de este tipo que se llevaron a cabo durante la época del terrorismo, tales como La Cantuta o Barrios Altos, situación que no excluye el hecho de que los senderistas fueron aún peores en sus prácticas del terror. Queda más que claro, entonces, que desde una perspectiva legal, en La Cautiva no existen elementos que hagan apología o que alaben el terrorismo. Es, claramente, una obra de ficción, y por tanto – por más absurdo que suene aclararlo –, si existen actores que se refieren al terrorismo o que encarnan el papel de un terrorista, no se puede interpretar como si estuvieran haciendo apología.

En la obra, la Cautiva está asustada tanto o más del senderismo que profesa su padre, que de los militares que la mataron y que ahora quieren ultrajarla. Gran parte de los peruanos, sobre todo los que vivieron de cerca el conflicto armado interno, tienen ese mismo miedo. Y lo bonito de esta obra es precisamente eso: es una obra que pretende invitar a la reflexión, que dice que malos hay en todos lados y que a veces quien tiene el deber de protegerte – tu padre, o las fuerzas del orden-  puede también hacerte daño. Esto no es, ni será apología; es la exposición de una realidad que muchos de los peruanos ignoran o buscan olvidar. Y ese es precisamente el objetivo de la obra: obligarnos a conocer y, a muchos otros, a recordar.

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