Por Mario F. Drago Alfaro, Asociado del área Regulatoria de Miranda & Amado y Profesor de Análisis Psicológico del Derecho en la Universidad del Pacífico. 

La prueba de una inteligencia de primer orden es la capacidad de mantener dos ideas opuestas en la mente al mismo tiempo y aún conservar la capacidad de funcionar.”

F. Scott Fitzgerald. The Crack-Up. 1936.

Este post no es político, aunque sí de políticas públicas.

Existen muchas razones que explican por qué el actual alcalde de Lima, Luis Castañeda, ganó la última elección. Creo que todas son válidas y ayudan a entender la idiosincrasia de nuestra ciudad.

Sin perjuicio de ello, en esta pequeña entrada quisiera abordar una explicación complementaria sobre el tema desde el punto de vista psicológico, enfocándome en la discusión sobre el proceso mental que facilitó a los electores votar por dicho candidato sin sentir la “culpa” de tener que elegir a una persona identificada con la frase “Roba pero hace obra”.

Durante las elecciones municipales de 2014, la encuestadora Datum Internacional dio cuenta de que casi la mitad de los limeños coincidían en que Luis Castañeda “robaría” de llegar a ganar las elecciones:

roba pero hace obra 1

Pese a ello, 41% de la población aún estaba dispuesta a votar por el candidato que “robase”. De hecho, Castañeda arrasó las elecciones con casi el 51% de los votos válidos.

roba pero hace obra 2

En este post no trato de abordar las razones por las cuales los votantes decidieron finalmente optar por Castañeda (“más obras” es la respuesta evidente), sino explicar cómo es que la gente pudo superar las contradicciones morales que evidentemente genera saber que se está votando por alguien que “roba”, simplemente porque “hace obra”.

La explicación, desde el punto de vista cognitivo, es mucho más compleja que el simplismo de apelar a una ponderación de valores de cada votante, o a una distorsión de los valores en nuestro país. No me agrada la idea de pensar que el limeño promedio es una “mala persona”. Todos, incluso el individuo más bondadoso u honorable, se encuentran ocasionalmente con estos conflictos mentales, por lo que evolutivamente hemos desarrollado mecanismos que nos permiten relativizar nuestras creencias y opiniones para aliviar la tensión que nos genera tener actitudes y realizar acciones inconsistentes. La Psicología explica esto a partir de la denominada “disonancia cognitiva”[1].

Cuando se habla de música, una disonancia hace referencia a un conjunto de sonidos inestables que el oído percibe con tensión, resultando desagradables. En contraposición, una consonancia es una armonía, acorde o intervalo considerado estable y, por tanto, agradable para nuestro oído.

La cognición, en palabras sencillas, es el término científico para hacer referencia al proceso mediante el cual pensamos. Tiene relación, en ese sentido, con nuestros procesos mentales y el procesamiento de información en nuestra mente.

La teoría de la disonancia cognitiva puede ser definida como el proceso de superación de un conflicto interno. Fue propuesta por el psicólogo estadounidense Leon Festinger en la década de 1950, y busca explicar cómo es que la gente reduce el estrés y logra un equilibrio emocional cuando enfrenta comportamientos o creencias inconsistentes.

A través de este mecanismo, las personas son capaces de racionalizar o justificar sus cambios de actitudes. Ningún ser humano es inmune a este problema, y es probable que nos termine costando tiempo, dinero y felicidad. Lo más peligroso es que la disonancia cognitiva es un proceso en gran parte inconsciente; por lo que rara vez nos damos cuenta que tenemos en conflicto dos creencias contradictorias o sistemas de valores simultáneamente. Por lo general, utilizamos cada creencia solo cuando es socialmente más conveniente hacerlo. Esta “anestesia a la moral” es lo que le permite a la mayoría de los seres humanos sobrevivir y funcionar sin llegar paralizarse y deprimirse.

La contradicción entre dos creencias crea una especie de “vacío de presión” que de forma espontánea genera una tercera creencia con el fin de llenar ese espacio. En general, esta “tercera creencia” es pura fabulación. En términos más sencillos, es “el fin que justifica nuestros medios”.

roba pero hace obra 3

La importancia de la disonancia cognitiva, dentro de un proceso electoral, por ejemplo, nos obliga a repensar si la estrategia de los demás candidatos de insistir en los defectos conocidos de Castañeda fue eficaz. Al ser una idea que ya fue internalizada y superada por el elector, tendrá muy pocas probabilidades de generar un cambio en sus preferencias.

Es el equivalente a pensar que la advertencia de “Fumar mata” en las cajetillas de cigarros disminuirá su consumo. El fumador ya sabe cuáles son las consecuencias de sus actos, por lo que insistir en ello generalmente no tendrá éxito. Él ya superó la disyuntiva de enfrentar su salud con su satisfacción. La mejor manera de que alguien deje de fumar es tomando consciencia de nueva información que rompa el paradigma generado por la disonancia cognitiva (p.e. desde aspectos tan relevantes como un familiar con cáncer hasta temas aparentemente no relacionados como terminar una relación y decidir darle un “giro” a tu vida).

Lo mismo sucede en estrategia política. Antes de continuar con la campaña de “Roba pero hace obra” hasta desgastarla, creo que hubiese tenido más exitoso la presentación de nueva información que irrumpa el proceso de disonancia cognitiva y obligue al electro a repensar nuevamente la importancia de su moral.


[1] En este punto quisiera hacer una precisión en la que concuerdo con Mullainathan y Washington: “This impact of behavior on attitudes is most commonly known as cognitive dissonance, which is also how we will refer to it. Psychological research on the other hand has shown that several other mechanisms besides the one emphasized by a narrowly defined cognitive dissonance theory could produce a similar effect. For example, self perception theory (Bem, 1967) provides a second explanation for the impact of behaviors on beliefs: Individuals infer their opinions from their own actions. The publication of the 1967 article sparked great debate: “But as evidence began to accumulate that dissonance was indeed an unpleasant state of arousal, self-perception theory began to wane as an explanation for dissonance phenomena.” (Hogg and Cooper, 2003). We continue to use the phrase cognitive dissonance because of its use in common parlance, and not to signify a position on which specific psychological mechanisms may be at work.” Ver: Sticking with your vote: cognitive dissonance and political attitudes. Disponible aquí.

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