Por Italo Carella, estudiante de Derecho de la USMP, asistente legal en el Congreso de la República y miembro de Coherencia Perú. Twitter: @italocarella.

A lo largo de la evolución del Derecho punitivo, la humanidad ha sido testigo de un capítulo nefasto en la ejecución de las sentencias dictadas por los tribunales de justicia: la época de los suplicios o torturas. Louis de Jaucourt, escritor francés de L’Encyclopédie, señaló en su tiempo: “Es un fenómeno inexplicable lo amplio de la imaginación de los hombres en cuestión de barbarie y de crueldad”[1].

Uno de los casos más connotados es el de Robert Damiens, acusado de tentativa de regicidio contra Luis XVI. Una vez sentenciado, Damiens fue torturado con tenazas al rojo vivo, obligado a sujetar el cuchillo usado contra el Rey con su mano derecha para después ser esta quemada con azufre y, sobre la parte afligida, echarle plomo derretido, aceite hirviendo, cera y azufre fundidos. Inmediatamente después, Charles-Henri Sanson, el verdugo real, decide atar las extremidades de Damiens a cuatro caballos que jalaron su cuerpo por distintas direcciones con motivo de desmembrarlo. Luego de horas, y ante la dificultad de lograr el cometido, deciden cortar los ligamentos del sentenciado con un hacha, haciendo que su cuerpo ceda ante la fuerza de los caballos. Finalmente, su cuerpo fue reducido a cenizas y estas arrojadas al viento.

Todo esto, como señala Michel Foucault, forma parte del espectáculo punitivo[2]. Aquel que no solo busca crear resonancia en la población para lograr un efecto disuasivo, sino que simboliza el poder de coacción del soberano sobre el pueblo. Es decir, al cometerse un delito no es solo una infracción hacia la víctima, más bien, representa una falta ante el soberano y sus leyes, ante el sistema monárquico en sí, por lo que el soberano descarga toda su furia hacia el infractor. En el marco del estructuralismo de Foucault, se intenta consolidar la razón del poder.

José Pablo Feinmann, en una brillante explicación de la filosofía de Foucault, señala que el poder tiene la facultad de imponer la verdad (la razón). Haciendo referencia a Nietzsche se destaca su frase: “No hay hechos, hay interpretaciones”. En este sentido, no existe una sola verdad, sino que asumimos dicha realidad por imposición del poder. Esto, señalan los estructuralistas, es logrado a través de la formación de la subjetividad de los individuos.

Así pues, esta concepción de aceptar que el poder estampa su razón o verdad, abarca también la posibilidad que el Estado no sea el único que la emplee.[3] Existen pues, otros poderes que rompen con el monopolio del Derecho exclusivo por el poder estatal. En este sentido, es importante señalar el desarrollo de uno de los conflictos contemporáneos más importantes del Estado de Derecho, esto es, el de las normas jurídicas del Estado, la supremacía de la Constitución y el sistema judicial. El conflicto que hacemos referencia no es otro que los juicios mediáticos, los cuales logran crear un sistema paralelo de justicia que no necesariamente sigue la línea de lo jurídico, empero logra una mayor legitimación en la población.

Si bien es necesario un análisis más profundo sobre la materia, podemos observar a simple vista características propias del sistema en mención. Una de ellas, sin duda, es el uso del espectáculo punitivo. Los medios de prensa masivos tienen la posibilidad de crear un cadalso donde la multitud pueda apreciar con atención al sentenciado. En este lugar, el principio de inocencia es reemplazado por el principio de culpabilidad, el de legalidad por el de eticidad, logrando el cometido simbólico del antiguo sistema de leyes y el de los suplicios de fines del siglo XVII y principios del siglo XVIII: la imposición del poder por el poder, en donde no existe mayor regla que la voluntad del soberano.


[1] Encyclopédie, artículo “Suplice”.

[2] FOUCAULT, Michel. Vigilar y Castigar, p. 15.

[3] BOBBIO, Norberto. Estado, gobierno y sociedad, 2010 (1985), p. 118.

1 COMENTARIO

  1. Foucault para el tiempo que publicó “Vigilar y castigar” no se consideraba estructuralista y tampoco se consideró así antes, incluso. A lo mucho la historia de la filosofía lo toma como un postestructuralista; palabra que tampoco le gustaba a Foucault. Ni siquiera le gustaba que le digan “filósofo”. A lo mucho se hacía llamar profesor.

    El tema que expones se termina muy rápido en dos párrafos pero la idea central se entiende. En efecto, las sociedades postcapitalistas y altamente tecnologizadas hacen las veces del pueblo antemoderno que necesitaba del espectáculo para sentir que la culpa era resarcida. Hecho similar ocurría en la Roma antigua cuando se quemaba una estatua de cera del rey como modo de expiación del pueblo. Pero, sobre todo ahora, lo que tenemos es un economía de la punibilidad: mientras que la decisión demonónica de crear la prisión fue porque era más económica -en muchos sentidos, actualmente es más económico prestar los medios para estos juicios populares sin rostro -ganancias en dinero y en poder simbólico para algunos que tienen a bien dominar y controlar a las mayorías.

    Como digo, falta mayor desarrollo.

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