Por José María de la Jara, asociado de Bullard Falla Ezcurra y profesor de Análisis Psicológico del Derecho.

Se acerca el inicio del año escolar y Pedro debe decidir si matriculará a Luis, su hijo de 15 años. Desde afuera – o desde adentro, pero con el aire acondicionado a toda potencia para aplacar el calor de febrero – la decisión parece simple. La realidad es más complicada y, para entenderla, Pedro nos invita a ingresar a su cerebro por un momento.

Las personas de bajos recursos toman malas decisiones de manera consistente. Sí, suena horrible, pero no por eso deja de ser cierto. Cada decisión, desde la elección de nuestra profesión hasta la elección de qué almorzar, requiere que invirtamos energía mental. Esta no es infinita; tenemos un presupuesto cognitivo limitado. Al igual que un carro solo puede marchar si cuenta con gasolina, el ser humano puede tomar decisiones razonadas solo si cuenta con suficiente energía mental en el tanque. Por ello, es más difícil hacer dieta de noche, pues a esa hora ya hemos gastado buena parte de nuestra gasolina y es más fácil que sucumbamos a tentaciones.

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La situación de las personas de bajos recursos es más complicada. La falta de infraestructura (agua, salud, seguridad) implica que deben tomar más decisiones. Como señala Anna Fruttero, “si tú quieres tomar agua limpia, y posees altos ingresos, solo abres el grifo de tu cocina, y bebes. Sin embargo, para una persona pobre requiere ir a la fuente, desinfectar el agua, y repetir tal suceso cuantas veces requiere. No es tan fácil.”

Lo anterior implica que gran parte de la energía mental de Pedro está asignada a decisiones para conseguir servicios básicos. No le es posible avanzar a velocidad crucero; en cambio, la carretera de su día a día está plagada de garitas que le cobran un impuesto cognitivo. Por ello, cuenta con menos combustible para destinar a decisiones importantes como si debe matricular a Luis en el colegio.

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Al respecto, un equipo liderado por la economista Ananda Mani analizó las decisiones de agricultores indios antes y después de la cosecha, pidiéndoles que tomaran pruebas de funciones ejecutivas e inteligencia fluida en cada escenario. La diferencia en los resultados de los agricultores antes y  después de la cosecha fue de 10 puntos de coeficiente intelectual (IQ). Esta diferencia equivale a ¾ del déficit cognitivo asociado a perder una noche entera de sueño.

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Desde esta perspectiva, la pobreza no solo implica carencia de dinero e infraestructura, sino también falta de recursos cognitivos y mayor propensión a decisiones sesgadas. Y en particular, como sugiere Sendhil Mullainathan, un sesgo característico de las personas de bajos recursos es la preferencia intensa por el presente (objetivos de corto plazo).

Volvamos con Pedro. Lo que decida tendrá un impacto profundo en el futuro de su hijo Luis. Él conoce los beneficios de la educación, pero se ve tentado por la posibilidad de contar con mano de obra gratuita. Las investigaciones psicológicas sugieren que podría escoger el segundo camino, por ser un objetivo de corto plazo.

En el Perú, el Programa Juntos es un buen ejemplo de la preferencia por objetivos de corto plazo. Este otorga S/. 200 soles cada dos meses a familias en estado de pobreza y pobreza extrema, siempre y cuando sus hijos cumplan con asistir al menos al 85% de las clases, entre otros objetivos. Como manifiesta la ONG Contribuyentes por Respeto, Juntos aún no tiene un impacto significativo en la educación secundaria, pues las familias prefieren que sus hijos trabajen aun cuando ello signifique dejar de recibir la asistencia estatal.

A nuestro entender los mayores índices de deserción en secundaria no solo son explicados por un aumento de la rentabilidad de la mano de obra de los hijos a medida que crecen, sino también porque dicha situación coincide con la preferencia de padres e hijos de bajos recursos por objetivos de corto plazo (y no tanto por apuestas a largo plazo como la educación).

No obstante, la deserción de la escuela secundaria puede ser paliada poniendo atención al momento en que se otorgan los beneficios, como se muestra en un estudio realizado en Bogotá. Así, Barrera-Osorio y otros tomaron como base las respuestas de familias sujetas a un régimen igual al del Programa Juntos (pago total cada dos meses), y luego lo compararon con un segundo grupo de familias que solo recibía 2/3 de la transferencia, destinándose el tercio restante a una cuenta de ahorros. Dichos ahorros eran entregados a fin año coincidiendo con la época de matrícula escolar. Este cambio en el régimen de pago incrementó en 4% el índice de reinscripción, un aumento significativo sin modificar la inversión de dinero estatal.

Por ello, los esfuerzos para incentivar la educación de niños y jóvenes de bajos recursos no se pueden concentrar únicamente en mejorar la infraestructura y simplificar los procedimientos. Como sugiere el Banco Mundial, prestar atención a la minimización de impuestos cognitivos, a través de incentivos en épocas donde las personas tengan suficiente combustible en el tanque, otorga mayores posibilidades de que la iniciativa sea acogida y se rompa la transferencia inter-generacional de la pobreza.

7 COMENTARIOS

  1. Muy interesante tu análisis Jose María. ¿Cuales podrían ser los incentivos en épocas donde las personas tengan suficiente combustible en el tanque?

  2. Gracias por la pregunta, Carlos. Lo interesante es que el Estado ni siquiera es necesario inventar otro paquete de incentivos. El ejemplo de Bogotá sugiere que se podrían lograr mejores resultados con la misma inversión (S/. 200 soles por familia cada dos meses). Lo único que habría que cambiar es cómo se reparte ese dinero.

    El objetivo es que cuando las personas tengan suficiente energía mental tomen decisiones importantes. En el ejemplo de la dieta, por ejemplo, Dan Ariely sugiere afiliarse a comienzo de mes (acaban de pagar, tanque lleno) un servicio de delivery que envíe diariamente fruta. Tenemos que comernos la fruta o sino se malogra. Es una manera interesante de, conociendo nuestra voluntad acotada, hacer un contrato con uno mismo (Ulysses contract) para comer mejor.

  3. Interesante el artículo y el análisis del autor respecto a diversas opiniones de especialistas. Al respecto percibo cierto halo prejuicioso, pues es muy aventurero extrapolar estudios específios (hechos en espacio-tiempos concretos) hacia la gama inmensa de personas aquejadas por la pobreza y en donde dicha condición (casi siempre de caracter histórica) constituye el motor fundamental para la toma de decisiones trascedentales (por su NECESIDAD) de salir de dicha condición, no sólo en el corto plazo, sino en el largo plazo. Deberíamos mirar la vida con ojos de sociólogos, antropólogos, estadístas y políticos, a la vez que psicólogos.

    • Hola Antonio:

      Si he sonado prejuicioso no ha sido mi intención. Más bien, mi interés al poner el tema sobre la mesa ha sido poder contribuir en algo a que se creen mejores políticas públicas.

      Es cierto que todos somos distintos pero las consecuencias psicológicas que comento, a mi parecer, trascienden fronteras y diferencias culturales. Si quieres conocer un poco más sobre esta posición, te recomiendo leer el libro “Scarcity” de Sendhil Mullainathan.

    • Hola César:

      Agradezco la pregunta. El ego depletion es un fenómeno que se presenta en todos los seres humanos. Que las personas de bajos recursos lo sufran en mayor medida – porque la falta de infraestructura les cobra un impuesto cognitivo – no significa que este no esté presente en la vida de quiénes tienen mayor capacidad adquisitiva.

      Un estudio de Baumeister ayuda a explicar el punto. Él y su equipo analizaron cómo influiría – gastar energía en – resistirse a comer galletas en pruebas cognitivas. Específicamente:

      (1) Los participantes tenían en frente un bowl de rábanos y un plato con galletas de chocolate recién horneadas.
      (2) Los participantes no habían almorzado, por lo que tenían hambre
      (3) Un tercio recibió las instrucciones de comer dos o tres rábanos (y ni pensar en agarrar una galleta); otro grupo solo podía comer los chocolates; y el último grupo, no tuvo en frente comida alguna.
      (4) Luego se le dio a cada participante una tarea que no tenía solución. Se les dejó en claro que podían rendirse.

      Quienes solo podían comer rábanos gastaron más energía mental. Tenían que resistirse a comer galletas recién horneadas. Este gasto de energía causó que cuando dichos participantes pasaran a la siguiente tarea se rindieran más rápido; ya no tenían tanta gasolina en el tanque para persistir en resolver el problema.

      Como ves, el ego depletion es un fenómeno humano que se aplica sin importar la condición económica.

      Saludos,
      José María

  4. Un buen análisis y hasta es una buena contribución; no es bueno que el estado continúe con su política de dádivas que al final de cuentas es como dice el refrán al mendigo o al hambriento no hay que darle un pescado, hay que enseñarle a pescar.

    Podría ser una gran fórmula, eso de darle 2/3 y guardar uno para entregárselo posteriormente por ejemplo cuando se acerca la época del inicio del año escolar; pero esa política tiene que llevar adicionalmente una preparación o educación a los beneficiarios para que empleen el extraordinario en educar a sus hijos, por que de no hacerlo así sucedería o tendría los mismos resultados de los préstamos agrarios que en lugar de ir al campo sirvió para artículos suntuosos que en nada van a contribuir a cambiar su status.

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