Los Budas de Bamiyan, Afganistán, estatuas que se cree que fueron esculpidas en el Siglo V o VI, declarados por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad, no sobrevivieron al fanatismo intransigente de los talibanes: luego de casi 1500 años, los destruyeron a dinamitazos durante el Siglo XX. Querían imponer su visión al pueblo afgano borrando su historia. Ellos se proclaman como dueños de la verdad: su interpretación del Islam es la única y debe prevalecer. Sin embargo, no hacen nada contra el hambre y pobreza de su entorno.

Las líneas de Nazca, Perú, que se cree que fueron trazadas entre los años 100 a.c. y el Siglo VI, también declaradas por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad, fueron vulneradas por el fanatismo intransigente de algunos miembros de Greenpeace: ingresaron y dañaron las líneas en pleno Siglo XXI. Querían imponer su visión al mundo sin tener en cuenta si dañaban la historia. Ellos son dueños de otra verdad: la protección al medioambiente es prioridad y debe prevalecer ante todo. Sin embargo, no protestan contra el narcotráfico y la minería ilegal que sabemos que depredan irremediablemente los bosques húmedos que son vitales para la humanidad.

Ambas son posiciones cómodas e intolerantes. La tolerancia es el respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás aun cuando sean diferentes o contrarias a las nuestras. La tolerancia nos permite convivir pacíficamente, aprender del otro y progresar. Dañar restos históricos de la humanidad para imponer o dar a conocer su posición son muestras claras de intolerancia e ignorancia.

La tolerancia tiene como límite la ley, el derecho del otro. En el Perú, las leyes y demás normas tienen como límite a la Constitución. Nuestra Constitución recoge lo que la mayoría de los peruanos estamos dispuestos a tolerar o no con el fin de vivir pacíficamente. El respeto a este sistema de convivencia da garantías para el desarrollo de las personas, de la empresa y de la generación de trabajo. Es al Estado a quien corresponde velar por ello, pero no lo hace. Confundido, quiere agradar a todos, tiene miedo de imponer respeto por no parecer intolerante dándonos la sensación de un Estado incapaz de asumir su obligación. Debo decir que hay buenos funcionarios, no los menciono para que no los sancionen por eficientes (en algunas entidades como la Contraloría, los cuestionan porque resuelven rápido o porque no exigen requisitos absurdos).

El Estado cómodamente se ensaña solo con los formales: a ellos, les realiza las fiscalizaciones buscando los absurdos para multar; a ellos, les reclama responsabilidad social, les exige PAMA y EIA; a ellos, no se les da seguridad ciudadana ni jurídica. Es decir, a los informales no se les exige ni libros contables, ni personal en planilla, ni libro de reclamaciones; a los ladrones no se los encarcela, a los que toman las carreteras no les pasa nada, sino que se les garantiza la impunidad.

El Estado está siendo cómodo e intolerante, como los talibanes y Greenpeace, está destruyendo la convivencia y el desarrollo. Quiere imponer el desorden como forma de vida, como la nueva cultura peruana. No se esfuerza, no da lo mejor de sí. No nos respeta. En realidad sabe que estamos confundiendo tolerancia con inacción: nos corresponde como peruanos, que queremos el desarrollo pacífico de nuestro país, exigir el respeto a nuestros derechos. Es la mínima contraprestación al pago de nuestros impuestos, recabados única y valientemente solo a las empresas formales. Exijamos, tenemos derecho a un país con seguridad ciudadana y jurídica.

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