El ruido político viene creciendo y, al mismo tiempo, las municiones se vienen agotando para el gobierno del presidente Ollanta Humala. Esta situación me hace recordar a la famosa serie norteamericana The West Wing, en la cual, el entonces jefe de personal de la casa Blanca, Leo McGarry, reúne a todos los asesores principales del presidente y les hace la siguiente pregunta: “Bien, nos quedan 365 días, y en cada uno de estos días ustedes tendrán más poder que todo lo que tengan el resto de sus vidas; entonces, ¿los quieren pasar en cuestiones secundarias o quieren hacer algo significativo?”

Pues bien, un poco esa es la situación de nuestro actual gobierno. El presidente parece abrumado por la coyuntura, y la posibilidad que tiene de hacer reformas ha quedado reducida a su mínima expresión, tomando en cuenta incluso que ha perdido la primera minoría en el parlamento. Así, el gobierno se ha visto condenado solo a resistir, acorralado en su trinchera, los golpes incesantes de la oposición. Ya no hay agenda que llevar adelante, ni planes, ni proyectos, el último de los cuales, por cierto, fue desvanecido tras la abrumadora derrota de la “Ley Pulpín”. En este escenario, el presidente parece tan solo estar resistiendo lo mejor que puede los embates y esperando, en el mejor escenario, una calmada y tranquila salida el 28 de julio del 2016. Sin embargo, yo le diría lo mismo que Leo McGarry: “Señor presidente, nunca usted volverá a tener tanto poder como el que tiene ahora, ¿qué quiere hacer por el país en lo que le queda de mandato? ¿Quiere seguir dando discursos políticos vacíos y confrontacionales? ¿Quiere seguir firmando resoluciones sin sentido? ¿Quiere seguir asistiendo a protocolos militares sin fondo? ¿Quiere seguir viviendo como Alicia en el País de las Maravillas? ¿O quiere utilizar los pocos días que le quedan en algo verdaderamente significativo?”.

Si bien la derrota de la Ley Pulpín ha significado un duro revés político, yo soy de los pocos que no le recomendaría al gobierno rendirse. Aún hay mucho por hacer, por ejemplo, en el campo de la salud o en el sector educación, donde el impulso de esquemas normativos en asociaciones público-privadas viene dando frutos espectaculares, y que tranquilamente podrían ser su legado para las futuras generaciones.

Sin embargo, para impulsar reformas de este tipo se necesitan dos cosas que el presidente actualmente no tiene, pero que si se la juega, las podría conseguir: capital político y liderazgo. El presidente sigue siendo un ente político importante, por más que esté reducido. Es el gran referente del país, le guste o no a la oposición. En ese sentido, el presidente debe aglutinar bajo su liderazgo los grandes proyectos. No debe utilizar su capital político para atacar, pues así solo gasta municiones y no recupera nada a cambio. Por otro lado, Humala debe utilizar el poco capital político que le queda para jugársela por las reformas verdaderamente importantes que cree que necesita el país, convocar él mismo a la oposición (dejando de lado su absurdo pensamiento de la “majestad de la figura presidencial” como si fuera un Dios intocable que puede atacar, pero no ser atacado) y sentarse con ellos a dialogar, no con una agenda vacía como lo intentó infructuosamente la Premier Ana Jara, sino con dos o tres reformas concretas que quiere que sean su gran legado a futuro. Entonces, y solo entonces, el presidente habrá utilizado bien los escasos días que le quedan al frente del país. Nunca más en su vida Ollanta Humala tendrá tanto poder como el que tiene ahora, y es mejor que se vaya a su casa tranquilo sabiendo que lo utilizó para dejar un gran legado y no un gran fiasco. Y solo así, pues, será más un Leo McGarry y menos un improvisado.

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