Por Fernando Del Mastro, Profesor en la Facultad de Derecho de la PUCP. 

Soy un joven de 31 años, y me imagino que eso me hace pertenecer a alguna generación. No sé si soy de la generación “X”, de la “Y” o de alguna otra. Si me preguntan cómo me siento diría que formo parte de una generación de enfrentamiento, de polos opuestos y de discusiones enconadas por cualquier asunto. Caviar vs. Facho, Derecha vs. Izquierda, Regulación vs. No regulación, Religión vs. Ciencia, y tantos otros enfrentamientos que se dan día a día, ante todo nuevo hecho mediático. Discusiones llenas de una rabia que me resulta difícil comprender, que es explícita en algunas ocasiones y en otras implícita, y que parece ser poco reconocida y menos aún comprendida por nosotros mismos. A mí me cansa mucho esta obsesión por enfrentarse y me parece sinceramente que no nos hace mucho bien. Comenzando por nosotros mismos, los jóvenes de hoy, que deberíamos tener un discurso más nuestro, una manera de escapar a esta obsesión por el enfrentamiento, un modo de ver el mundo diferente y más armónico. Lejos de un intento genuino por lograr algo así, parecemos más una generación acostumbrada a pertenecer a uno u otro grupo, a menospreciar al que opina diferente y a repetir uno u otro libreto, sin que se trate de libretos escritos por nosotros mismos.

Somos también una generación peleada con la religión. No queremos saber nada de Dios ni de Cristo. Quizá eso se deba a cómo y a quién nos ha contado la historia. Lejos de la rica simbología  de la Biblia, y de los textos gnósticos no reconocidos, nos llegó muchas veces un conjunto de moralismos dogmáticos. No nos expusieron al simbolismo para que nos viéramos reflejados en él, sino que nos dieron reglas concretas y dogmas que nos generaban principalmente rechazo.

Un ejemplo es la idea del pecado original, que nos era contada en un formato culposo y sin exponernos de modo serio a la narración del Génesis. Adán y Eva comen el fruto del árbol del conocimiento, que los hace conocedores del bien y el mal. El pecado está en ese hecho: en entrar en un formato de opuestos, en un modo de ver el mundo como juicios antes que como realidades, en juzgar antes de comprender. Vivimos entonces en una ficción llena de juicios previos que nos impide comprendernos a nosotros mismos y a nuestra sociedad. Por eso decía Nietzsche que el hombre libre está más allá del bien y el mal, porque comprende por sí mismo antes de juzgar, y de ese modo puede controlar. Decía también Bruce Lee que la lucha entre “a favor” y “en contra” es la peor enfermedad de la mente porque te impide ver la verdad delante de ti. Un niño empuja a otro y se le dice “no, está mal, eso no se hace” y se le castiga. ¿No era real la emoción del niño que lo llevó a empujar a su compañero? ¿No venía de algún lugar? Ni el profesor ni el niño comprenden: uno juzga y el otro recibe el rechazo y la sanción, lo que genera más rabia e impide entender la verdad anímica en la situación, que es real y compleja. Lo mismo ocurre en nuestros conflictos personales, en los que con frecuencia comenzamos por pensar y decir quién actuó bien y quién mal, sin entender antes la profundidad de las emociones, causas y situaciones que dieron origen al conflicto. El reino del juicio lo vemos hoy en todo tipo de debate en Facebook, donde la necesidad de ser aquel que tiene la razón y aquel que gana al otro pareciera pintarlo como el reino de la serpiente: divide, enfrenta y centra todo en lo superficial.

El prejuicio y la culpa son la tentación, son parte del arte del lado oscuro, que vive también en nosotros y tiende a distinguir, dividir y enfrentar. El lado oscuro crea los bandos, nos seduce a formar parte de uno y nos da el libreto para odiar al otro. Toda una ficción que tiende al caos, que es su verdadero reino. Como la manzana de la discordia en la mitología griega, que dio origen a la Guerra de Troya, la manzana del Edén introduce el enfrentamiento, la división y nuestra incapacidad para ver que en el fondo y en lo anímico todos somos bien parecidos porque enfrentamos los mismos retos.

Somos una generación de pecadores porque vivimos un formato en que hay siempre y en todo un “bien” y un “mal”, uno “inteligente” que tiene la razón y otro “bruto” que está equivocado. Somos una sociedad de pecadores porque vivimos en lo superficial de la imagen engañosa y no somos capaces de encontrar, de modo autónomo, aquello que nos une. No nos preocupamos por comprender sino por el juicio casi instantáneo previo al entendimiento. Nos impide comprender al otro, comprendernos a nosotros mismos y comprender la situación en la que estamos. Esto se extiende además a los problemas del país, donde el debate sobre cuál es la mejor solución para un problema comienza antes de comprenderlo profunda y realmente.

El “pecado original” nos aleja también de lo real en nosotros mismos al colocar todo en un formato de “bien” y “mal” que nos impide entrar a nuestro mundo interior detrás del espejo, ya sea porque nos asusta y nos avergüenza la imagen que vemos o porque estamos enamorados de dicha imagen. Como a Narciso, se nos quita la posibilidad de ver lo que realmente somos, fuera de las etiquetas y los juicios, en nuestra luz y oscuridad. Vivimos viendo una imagen que no hace justicia a lo que realmente somos, una imagen externa que puede peligrosamente esconder un gran vacío y hacernos sentir, como a Narciso, una permanente sed insaciable.

En la oscuridad nuestros pleitos parecieran enfocarse en qué es lo mejor para el país, pero a la luz creo que tratan sobre otro asunto: nuestra necesidad de ser reconocidos y de dejar salir nuestra agresividad. No creo que haya nada de malo en eso, pienso más bien que el problema es que no aceptamos ni comprendemos esas y otras necesidades, que terminan llevándonos a buscar satisfacciones sustitutas en likes e insultos entre los muros del Facebook. Dijo Jung que el peor pecado del ser humano es la inconsciencia, es decir, el no saber sobre sí mismo. Bajo esa óptica somos una generación de pecadores porque tenemos opiniones rápidas y concluyentes sobre todo y de todos, menos de nosotros mismos.

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