Como parte de “Nuestras Firmas”, Enfoque Derecho entrevista a Domingo García Belaunde, ex miembro y fundador de THEMIS, especialista en temas de Derecho Constitucional y socio del Estudio Flores Araoz.

ED: ¿Qué expectativas tuvo al publicar la primera Themis – Revista de Derecho?

DG: Considero que mis expectativas al publicar la primera Themis – Revista de Derecho estaban muy vinculadas a mi vocación. Siempre fui amante del periodismo y del género revisteril. Inclusive en el colegio, cuando era adolescente saqué revistas. Cuando entré a la universidad se me ocurrió sacar una revista. Encontré de casualidad un nombre adecuado, que era Themis, por una revista famosa que existió en Francia durante el siglo XIX. Me di cuenta que esto tenía que ser un proyecto colectivo. Llame a varios colegas. Conversamos. Intercambiamos ideas. Hicimos un grupo fundador. Buscamos colaboraciones. Pedimos a un dibujante que nos hiciera la primera carátula. Yo me conseguí papel de la firma Paramonga, pues para ese entonces yo trabajaba en la empresa y me regalaron papel. Fui a la imprenta de un amigo de mi padre que nos dejó a un precio muy especial y salió el primer número. Fue una gran emoción sacar mil ejemplares. Se vendieron todos, y hasta hoy seguimos.

ED: ¿Cuáles fueron los principales retos que tuvo para la publicación de la revista?

DG: Yo diría que fue el ambiente. Las autoridades de la universidad, si bien veían con mucha simpatía que un grupo de estudiantes publicaran una revista, no nos dieron ninguna facilidad. El alumnado no lo recibió con mucho entusiasmo al principio. Colocar una revista nueva en el mercado era muy complicado. Tuvimos que pedir apoyo a los estudios de abogados y empresas. Lo preocupante fue abrirse paso como revista nueva, buscar auspiciadores y colaboraciones. Esos son los primeros retos que tuvimos y creo que los vencimos.

ED: ¿Qué reflexión haría en el 50 aniversario de la publicación de la primera Themis – Revista de Derecho?

DG: Despues de tantos años uno mira a Themis con nostalgia y también con satisfacción porque hicimos algo en nuestra vida universitaria que no pasó desapercibido. La mayor satisfacción que he tenido es que pasados los años, un grupo de jóvenes nos visitó y, en lugar de hacer una revista nueva, decidieron resucitar la nuestra, que había muerto hace mucho tiempo. En su segunda época, en la cual no hemos intervenido, Themis indudablemente ha ido mucho más lejos desde el punto de vista del contenido, diagramación, difusión, etc. Nosotros éramos, pues, ocho personas. No éramos más. Hoy día hay mucha más gente que colabora y hay mucho más entusiasmo. Tuvimos las virtudes y las carencias de los iniciadores.

ED: ¿Cómo considera que ha cambiado el interés y el estudio del Derecho Constitucional?

DG: En mi época había muy poco interés por el Derecho Constitucional. Cuando era estudiante estaba en vigencia la carta de 1933. Los constitucionalistas eran muy pocos. Eran contados con la mano. Los cursos sobre dicha especialidad no tenían mayor trascendencia. Luego del golpe militar, vino la Constitución de 1979, que fue una Constitución muy amplia en el sentido que se metió en todo: habló de tratados, contratos, mercado, exportaciones, importaciones, impuestos, presupuestos, etc. Fue una Constitución que constitucionalizó todo el orden jurídico. Ahí empezó a ser importante. El comercialista o el penalista se dio cuenta que por algún lado la Constitución lo tocaba. Así, comenzó mucho el interés en el Derecho Constitucional, sobre todo en los alumnos, por las clases y cursos que se seguían y por las tesis que llegaron a ser en un momento mayores en número que las de Derecho Civil. Hoy en día con una Constitución, con un Tribunal Constitucional, con procesos constitucionales o con un Código Procesal Constitucional, pues, la cosa es mucho más avanzada. Ha crecido el interés y hoy la Constitución tiene una importancia que no tenía hace treinta años.

ED: ¿Cómo considera que la docencia ha enriquecido su experiencia como abogado?

DG: Yo entré a la docencia porque me gustaba, tanto así que hasta ahora sigo en ella. La docencia tiene la maravilla que obliga al profesor a estudiar. Cuando se dicta cursos uno se ve obligado a leer. Es el mejor método para aprender y, mal que bien, en la docencia un profesor se encuentra con alumnos que hacen preguntas incómodas desde el punto de vista académico que invitan a reflexionar. Los alumnos son un estímulo. En el caso de la maestria, por ejemplo, los alumnos son abogados ya mayores, que tienen experiencia, calle, que han vivido. Hay jueces y fiscales que tienen experiencia vital. Eso ayuda a enriquecer las perspectivas del docente. La docencia es un complemento para la profesión y viceversa.

ED: Usted es socio del Estudio Flórez Araoz, ¿cómo ha influenciado ello en su vida profesional?

DG: Yo estoy aquí desde muchísimos años atrás. Entré porque era amigo de la gente del estudio en esa época. Me quedé por varias razones, entre ellas porque este es un estudio pequeño, que no ha querido crecer en forma desmesurada. Hoy hay estudios de cien o hasta doscientos cincuenta abogados. Esa nunca fue nuestra idea. Somos un estudio de unos quince a dieciocho abogados que tenemos materias seleccionadas. Hay cosas que no vemos o que no hacemos. La ventaja es que todos nos conocemos, intercambiamos experiencias y hasta casos entre nosotros. Hay un ambiente más informal y eso creo que es lo que me ha gustado siempre. Tenemos cierta flexibilidad en los horarios y hasta ahora nos ha ido bien. No podemos quejarnos. No critico ni envidio a los estudios de mayor volumen ni a los que tengan menor volumen. Simplemente es esa la opción que yo vi desde un principio cuando entré al estudio y es la que hemos mantenido. Para mí ha sido muy aleccionador y eso me da un ambiente muy familiar, lo que siempre me ha gustado.

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