Los peruanos crecemos aprendiendo una versión de nuestra verdad como país. Es la historia del peruano oprimido, la ominosa cadena y la humillada cerviz. Un país que otrora fue la joya de América y hoy recién comienza lentamente a reconstruir lo que sus antepasados no aprovecharon. Es el Perú que fue conquistado por 300 españoles; el Perú que perdió la Guerra del Pacífico; el Perú que perdió Leticia, el Putumayo, el Acre, Tarapacá y Arica. Un país al que se le quiere a pesar de su historia, a pesar de sus derrotas.

Solemos olvidar, sin embargo, que nuestro himno (al menos la estrofa que yo canto) termina en indolencias sacudidas y cervices levantadas. Y no es hasta que descubrimos esto que nos damos cuenta de que nuestra verdad tiene otra versión distinta. La del Perú de Manco Inca resistiendo la invasión española en el Vilcabamba. La del Zar Nicolás II remembrando la valentía de Bolognesi. La de un Perú que puede decir con orgullo que nunca ha robado territorios ni empezado guerras de agresión. Un país con honra, tradición y cultura.

Los peruanos podríamos conocer bien este lado de nuestra historia, pero escogemos esconderla. Es el motivo por el que el 8 de octubre es feriado, pero no el 27 de noviembre (click aquí, Sr. Lector, si no tiene idea de qué ocurrió el 27 de noviembre). Es un Perú que nos enorgullece. Es Grau rescatando a los náufragos de la Esmeralda y regresando la Espada de Prat a su viuda. Es Alcídes Carrión inoculándose la verruga para poder encontrar su cura. Es el retrato de Pérez de Cuéllar en la ONU y el de Bustamante y Rivero en La Haya. Ese es el legado que nos dejaron los peruanos de otrora. El legado del Perú en el que vivimos.

Ahora nos toca a nosotros, los peruanos de hoy, continuar este legado. Somos el Perú de los ochentas y noventas. Somos los sobrevivientes de Sendero y los testigos de Fujimori. Nuestra gran verdad es la que contaremos de nuestra propia guerra contra el terror.

Para contar esta verdad, sin embargo, tenemos también dos versiones. Una cuenta la historia de un país que derrotó al terrorismo porque decidió ponerse los pantalones y ensuciarse las manos. Es el Perú que tan campante reza que los derechos humanos son sólo para los humanos que son derechos. Ese Perú en donde valía la pena matar a 80 campesinos con tal que 5 ó 6 de ellos fuesen senderistas. Ese que está de acuerdo con que un acusado de terrorismo no tenga derecho a un abogado, habeas corpus o siquiera la posibilidad de presentar pruebas que demuestren su inocencia. Ese Perú del Comando Rodrigo Franco y el Grupo Colina, que mataban sin debido proceso a quienes mejor les parecía: nueve campesinos en El Santa, 15 comensales en una fiesta, un periodista entrometido. Es el Perú del Gaucho Cisneros, Telmo Hurtado y Martin Rivas. Un país que indolentemente ensalza la crueldad y minimiza la sangre.

La otra versión es más larga. Empieza también contando la historia de un país azolado por el terrorismo. Un país que mató 80 campesinos para encontrar a 6 senderistas. Creó grupos de aniquilamiento, cerró el Congreso y perdió su democracia. Un país en total crisis y desesperación. Pero esta versión es diferente a la anterior. En este Perú, nos dimos cuenta de que estábamos perdiendo el camino y perdiendo la guerra. En este Perú, hacia fines de los 80 el Ejército cambia sus políticas y comienza a trabajar lado a lado con las rondas campesinas, que con hondas y rifles obsoletos empiezan a ganarle la batalla al terrorismo. Es el Perú que crea el GEIN, una unidad policial dedicada a la generación de inteligencia que termina por capturar (no matar) a Abimael Guzmán. Es el Perú de un pueblo unido ante el terror. Es el Perú de María Elena Moyano, Juan Valer y Epifanio Quispe.

Esta historia, esta verdad, sin embargo, no termina allí. No basta simplemente con decir que no todo fue malo o que algunas cosas fueron buenas. Esta verdad trae consigo un deber. Y es que el derecho a recordar nuestro pasado sin vergüenza y con orgullo no es solo una decisión personal. De nada habría servido hundir la Esmeralda si Grau hubiese rematado a sus náufragos. En el país de indolencias sacudidas y cervices levantadas, el país de Grau y Bolognesi, no podemos simplemente escudarnos en nuestras victorias para escondernos de nuestras víctimas y huir de nuestro pasado. La Cantuta, Barrios Altos, Pucará, Cayara, Acomarca, Los Cabitos, Chuschi, El Frontón; todas estas son marcas imborrables en nuestra verdad. Recordarlas, conocerlas y evitar que queden impunes es el deber de todo patriota consciente del pesado legado que sus ancestros le dejaron.

Ser patriota, después de todo, no es golpearse el pecho hablando de cómo era necesario matar culpables rendidos e inocentes indefensos. Ser patriota es admitir que el Perú es mejor que eso, y que si lo hicimos estuvo mal, porque estuvo por debajo de quienes somos; porque para destruir a un monstruo no debemos convertirnos en uno nosotros mismos.

Esta es la verdad con la que debemos reconciliarnos: Sí, ganamos nuestra guerra y sí, nuestra guerra fue justa, pero al ganarla también estuvimos por debajo del legado de quienes nos precedieron. Aceptémoslo. Juzguemos a nuestros culpables, honremos a nuestros héroes, remembremos a nuestras víctimas y digámosle a nuestros enemigos que no ganaron, porque no lograron hacernos olvidar nuestra verdad.

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