“Pequeña y oculta es la puerta que se abre hacia lo interior, innumerables los prejuicios, premisas, opiniones y miedos que impiden el acceso. Se presta oídos a los grandes programas políticos y económicos, que precisamente siempre han llevado a los pueblos al lodazal. Suena grotesco por lo tanto hablar de puertas ocultas, de los sueños y del mundo interior. ¿De qué sirve ese vaporoso idealismo frente a un gigantesco programa económico, frente a los llamados problemas de la realidad?”

 (Carl Jung. El significado de la psicología para el presente)

Desde hace un tiempo he estado pensando en escribir sobre las elecciones teniendo en mente el pensamiento psicoanalítico y me ha sido difícil. Las elecciones parecen existir en un plano de tanta superficialidad que al preguntarse por sus aspectos inconscientes uno se siente abrumado. Somos muy poco conscientes de nosotros mismos en este país, en esta elección, en esta época. No se oye hablar sobre qué revelan estas elecciones de nosotros mismos, como individuos y como sociedad. Lo inconsciente esconde siempre verdades de una realidad incómoda, dolorosa, histórica, conflictiva; habla de aquello que permanece oculto, de nuestra propia oscuridad. Siendo ello así, nuestros discursos y discusiones electorales se mueven en la superficie, donde la realidad está solo en el presente, en el día a día, segura de no ser cuestionada por aquella oscuridad secreta que esconde nuestras verdades.

Sin embargo, el ojo atento puede ver lo inconsciente latente moldeando la superficie de nuestro proceso electoral. Se le puede encontrar oculto en la rabia hacia el que piensa diferente, en la ilusión de sentir que uno es lo máximo y el otro es el ignorante, en el llamar democracia a una timocracia, en la incapacidad para pensar creativa y autónomamente en cambiar el sistema político aun cuando odiamos sus resultados y sabemos que está enfermo, en la fuerza gravitacional del escándalo y la envidia, en el arreo de los medios de comunicación que define aquello de lo que hablamos.

¿Qué nos dicen todo esto de nosotros, como individuos y cómo sociedad? ¿Qué indicios nos dan de las fuerzas profundas e inconscientes que guían nuestras elecciones? ¿Llegará el día en que dentro de nuestro país viva gente que se comprenda a sí misma y al resto con coraje y empatía? Bien nos haría ver aquello de las elecciones que vive en nosotros, en nuestras familias, en nuestro trabajo, en nuestra propia oscuridad; bien nos haría mirar nuestras propias verdades antes de juzgar al mundo entero.

Lamentablemente, la conciencia del ser humano sigue siendo joven y, bajo ella, las mareas inconscientes siguen siendo fuertes y desconocidas. Nuestras elecciones, mitológicas e históricas, hablan de nuestra relación con la autoridad y entre nosotros mismos, del dominio, la falsedad y el engaño, de la falta de interés genuino por el otro y el narcisismo necesitado de reconocimiento, de la fractura y la tendencia a la separación. No se puede comprender el presente sin verlo como parte del pasado, tal como enseña el psicoanálisis. Nosotros, lejos de la historia, nos ubicamos en la superficie del presente, al filo del escándalo, donde yo siempre tengo la razón y mi oscuridad vive como realidad reflejada en el diferente.

Ser peruano es ser oculto a uno mismo. El problema con eso es la pérdida de autonomía porque, como dijo Jung, “… no somos nosotros los que tenemos secretos, son ellos los que nos tienen”. Hasta que no aprendamos a hablar de nosotros mismos, con coraje y sinceridad, seguiremos teniendo elecciones inconscientes.

El camino hacia la comprensión de uno mismo no es fácil en un nivel personal y menos aún en un nivel social. Siento que uno de los motivos de tal dificultad, también mitológico, es la arrogancia y el deseo de ser como Dios. La arrogancia hace que nos veamos incompletos, dejando de lado aquello de nosotros que nos da vergüenza, tristeza y miedo. Esto impide también madurar en el futuro porque olvidamos el significado de la duda, expulsamos a la incertidumbre, desaparecemos de nuestro lenguaje el “no sé” y el “no lo tengo pensado”, nos convertimos en ladrones de la pausa y somos promotores de la opinión inmediata. La arrogancia esconde también la inseguridad más íntima, aquella que por ser tan incómoda pasa a ser desconocida.

Enseña la mitología y el psicoanálisis que peligrosa es la ilusión de certeza y poder porque sirve para camuflar la dura realidad del engaño y la mentira. En este proceso electoral todos parecemos saber todo y quizá esa actitud esconda que, sobre lo que ocurre en realidad, no sabemos nada. El deseo de ser como sabio e omnipotente, como Dios, trae separación, desintegración y destrucción, confunde realidades, nos hace presa del engaño y nos aleja de nosotros mismos. Con la pascua recién pasada, cuán necesaria se muestra la imagen de Cristo, de respeto por la realidad interior, de armonía entre materia y espíritu, de amor y comprensión a uno mismo y al otro, de reconocimiento humilde de los poderes que viven dentro del ser humano.

Se siente también la necesidad de la mirada psicoanalítica, que tan buena vista tiene en los ojos de los y las grandes psicoanalistas que tenemos en nuestro país. Miradas bien pensadas, intuitivas, que nos sirvan de espejo, aun ante el riesgo de que el temor nos aleje del mundo interior detrás de la imagen reflejada.

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