Sebastián León de la Rocha, filósofo por la PUCP, predocente en la misma casa de estudios y miembro del Grupo de Investigación sobre Teoría Crítica en la PUCP.  

Quisiera revisar dos afirmaciones hechas por Alfredo Bullard hace algunas semanas. La primera afirmación es sobre la polémica noción de “lo social”: según Bullard, se trataría de una abstracción difusa que pretende disolver la realidad de las acciones individuales(1). La segunda afirmación se desprende de la anterior: los socialistas que buscan restringir las libertades individuales en nombre de una supuesta “responsabilidad social” harían imposible la verdadera responsabilidad, que consiste en que un individuo asuma las consecuencias de sus actos(2). Pienso que estas dos afirmaciones encierran el principal problema que plantea el autor: la aparente contradicción entre la libertad y “lo social”.

Primero tenemos que considerar de qué se habla cuando hablamos de libertad. Bullard parece entender la libertad como la posibilidad de un individuo de elegir sin verse sujeto a restricciones externas (se es más libre cuantas menos restricciones se tiene). Entonces dice, solo cuando el individuo puede elegir libremente puede hacerse responsable, asumiendo las consecuencias de su elección. Yo estoy de acuerdo con esa última idea, pero tengo problemas con la comprensión que tiene Bullard de la libertad: pienso que su aproximación a esa noción es demasiado abstracta. Si se quiere comprender algo concreto, hay que analizarlo en todos sus niveles, y no permanecer unilateralmente en uno de ellos. Digamos que Bullard solo quiere ver un primer nivel de la libertad, y por eso la comprensión que tiene de esta es incompleta.

Cuando se dice que puedo hacerme responsable de algo se quiere decir que puedo asumir un compromiso. Entonces el individuo que se hace responsable debe, en principio, actuar de cierta manera o de acuerdo con cierta regla de conducta. Ahora bien, imagino que Alfredo Bullard podría estar dispuesto a aceptar esto. La pregunta que toca hacer entonces es, ¿de dónde vienen estas reglas según las que me comprometo a actuar? Quizá en este punto surja la tentación de decir que el individuo se las da a sí mismo, que las halla en su propia conciencia (y que nuevamente es libre porque puede actuar de acuerdo a la regla que a él, y solo a él, le parezca correcta). El problema con esta mirada individualista es que hace imposible hablar de compromiso y responsabilidad: para poder estar comprometido con algo, tiene que haber alguien que pueda considerarme comprometido; esto es, tiene que haber otro individuo. Y esto porque las reglas que hacen posible asumir un compromiso tienen que tener contenidos, y estos no pueden inventarse sobre la marcha o no se podría hablar propiamente de reglas. Así pues, si hay otros individuos que pueden reconocer los contenidos de estas reglas, que las consideran válidas y que por esa razón esperan que uno actúe conforme a ellas, se puede decir que hay un acuerdo colectivo (a menudo tácito) sobre cuáles son las reglas de conducta que determinan cómo hay que comportarse. Por supuesto, los contenidos de las reglas pueden modificarse, pero hay que decir que la responsabilidad implica siempre reglas y solo existe como un hecho social.

Quisiera ir un poco más allá en el análisis: afirmar que la libertad es precisamente aquello que estas reglas hacen posible. Pensemos, por ejemplo, en un juego como el fútbol: este solo existe porque hay ciertas reglas que determinan la conducta de los jugadores. Por ejemplo, no se puede coger la pelota con las manos, pero todos hemos visto la libertad que un buen jugador puede expresar en la cancha, el número casi ilimitado de nuevas jugadas que el conjunto de reglas de juego posibilita. Entonces es solo cuando existen ciertas instituciones y prácticas sociales que se puede hablar propiamente de libertad. La contradicción entre la libertad y lo social sería solo aparente y, en un sentido estricto, hablar de libertad social se hace innecesario sencillamente porque es una expresión redundante.

De este análisis se desprende que el mercado no es una esfera libre de restricciones, cercada por instituciones intrusivas que buscan limitar las libertades individuales que ahí se expresan, como sostiene Alfredo Bullard; tales esferas solo existen en la imaginación. El mercado es simplemente otra institución, y el intercambio, como toda práctica social, es una actividad reglamentada. La operación que realiza Bullard al aproximarse a la libertad sin considerar todos sus niveles es un ocultamiento de la condición social del mercado, hacerlo aparecer como un ámbito liberado de la “influencia” de lo social (y en ese sentido, como algo “natural”, ajeno a toda crítica o revisión); el problema con ese tipo de abstracciones es que no dejan ver que el mercado solo existe como el conjunto de reglas que hacen posible el intercambio. Si se puede decir algo muy básico sobre el socialismo a partir de lo visto en este artículo es que, a diferencia de la mayoría de posiciones liberales, la postura socialista reconoce la cualidad social del mundo humano, su construcción a partir de reglas. Por esa razón, comprende que antes que un mundo natural o necesario, es un mundo histórico. De ahí que digamos que somos libres: cuando nuestras reglas e instituciones solo benefician a unos pocos, estas pueden (y deben) transformarse.

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