Por César Landa, profesor de Derecho Constitucional en la PUCP y ex presidente del Tribunal Constitucional.

El centenario de la PUCP es una buena ocasión para recordar que somos una universidad nacida en 1917, en un contexto nacional de cambios sociales, económicos  y políticos, que motivó la creación de la universidad como un centro de formación superior con  una identidad católica. Tarea que no se ha reducido a educar a las nuevas generaciones, sino también a contribuir al desarrollo cultural y social de la sociedad peruana.

La universidad, fiel a sus propósitos, ha sabido mantener su independencia moral y científica del poder político, económico y religioso de turno, en particular de las últimas décadas. Esto ha garantizado una autonomía que le ha permitido de manera crítica producir y transmitir cultura y ciencia, mediante la enseñanza y la investigación.

Como la universidad es depositaria del pensamiento humanista se caracteriza por el pluralismo y el respeto de las ideas de los profesores y de los alumnos, así como por el rechazo a la intolerancia en el debate académico; a fin de salvaguardar las condiciones necesarias para asumir sus objetivos en materia de formación y progreso continuo de los conocimientos puros y aplicados.

Por eso, celebramos el centenario con una universidad altamente reconocida en el medio nacional e incluso internacional por haberse ganado un merecido prestigio académico e institucional; el cual se ha logrado en virtud al goce y ejercicio en las aulas y patios de la libertad de pensamiento, conciencia, expresión y crítica; lo cual es expresión de la libertad de cátedra e investigación, con lealtad a los principios constitucionales y a los fines de la formación cristiana.

Más aún, la universidad no ha quedado encerrada intramuros cumpliendo su misión, sino que se ha proyectado a la sociedad rechazando toda forma de pensamiento único en el marco de la búsqueda de la verdad y el bien común para la comunidad peruana y las personas más desvalidas, como ha quedado registrado en el rol que han cumplido sus autoridades, profesores y ex alumnos en la vida pública nacional. Ejemplo de esto es el caso de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación Nacional.

No obstante, eso le valió las críticas interesadas de poderosas élites reacias al rol e influencia que ha asumido el modelo educativo de universidad en la sociedad y el Estado. Expresión de ello han sido los juicios que el Arzobispo de Lima le inició a la universidad, hace más de una década, para administrar sus propiedades y, en consecuencia, intervenir en la vida académica de nuestra comunidad universitaria.

Pero la universidad ha sabido defenderse legítimamente en todos los frentes y gracias al nombramiento del Papa Francisco como Sumo Pontífice en el Vaticano, llegamos al centenario con un acuerdo con los representantes de su Santidad; en virtud del cual, la Asamblea Universitaria ha adecuado sus Estatutos a la Constitución Ex Corde Ecclesiae, con el compromiso Vaticano de contribuir a resolver el conflicto con el Arzobispo de Lima.

Así, por un lado, el Vaticano ha dejado sin efecto el Decreto del ex Secretario de Estado del anterior Papa Benedicto XVI, por el cual se nos prohibía usar el nombre de Pontificia y Católica; se ha reconocido como Gran Canciller de la universidad al Prefecto para la Educación Católica, Cardenal Versaldi; se han reincorporado los obispos de la Conferencia Episcopal al seno de la Asamblea Universitaria; así como, también, ha confirmado al Rector como tal.

Confiamos que el compromiso asumido con el Vaticano constituya la base para una paz perpetua con el Arzobispado de Lima, que contribuya a restablecer la seguridad y respeto de su autonomía e identidad, que requiere la PUCP para seguir contribuyendo a la educación del Perú, por otros cien años más.

Pando, 18 de marzo de 2017.

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