Por Gustavo M. Rodríguez García, abogado PUCP, Magíster por la Universidad Austral de Argentina, Summer Scholar por The Coase-Sandor Institute for Law and Economics de la Escuela de Leyes de la Universidad de Chicago y Socio de Rodríguez García consultoría especializada.

A nadie le gusta pagar precios más altos. Un precio más elevado, en el mejor de los casos, nos obliga a disponer de más recursos para adquirir algo o a optar por un sustituto más barato. En el peor de los casos, nos condena a no acceder a ese producto y no hay producto más caro que el que no se tiene. No debe extrañarnos que la reacción social frente a los elevados precios suela ser visceral y que los políticos, interesados en responder al clamor social a cambio de votos, encuentren en los precios altos el contexto perfecto para proponer leyes y otras medidas orientadas a cazar a este odioso duende.

Los precios son señales que reflejan fundamentalmente la escasez de un producto. Los precios nos dan información (tanto a consumidores como a proveedores). Los consumidores valoramos más un producto cuando encontrarlo se torna escaso (esa es la razón por la que, en condiciones normales, un diamante tiene un precio más elevado que el agua potable que sale de nuestros caños pese a que el agua sea imprescindible para nuestra subsistencia y un diamante no lo sea).

Si un producto es demandado extensamente y la oferta no satisface la demanda, el precio del producto se elevará. Ese precio elevado indicará que es necesario producir más del producto y, por cierto, incentivará a que otros posibles proveedores produzcan ese producto también. En el escenario opuesto, un precio muy bajo le señaliza al proveedor que debería reducir la producción de ese bien. Desde luego, nuestra explicación omite varios matices y complejidades pero, a efectos de nuestra exposición, esta idea es suficiente para expresar un punto claro.

¿Cómo deberían funcionar los precios en tiempos de crisis? Bueno… deberían funcionar de la misma manera en la que siempre lo hacen. Algunos políticos han levantado su voz de protesta por el elevado precio del agua embotellada, por ejemplo. Un precio más alto en tiempos de crisis es un escenario perfecto para que los populistas propongan regulaciones absurdas, los periodistas movilicen el sentir de la gente y las personas desinformadas caigan en el juego. Este escenario es perfecto para que todos quieran convertirse en cazadores de este duende del precio alto.

Veamos: si la botella de agua tiene un precio más elevado, eso señaliza precisamente que el agua es escasa. De esa forma, se revela que la posibilidad de ganancias superiores es posible incentivando a que la demanda no satisfecha se vea aliviada. El precio alto genera dos correcciones: (i) atrae a más proveedores al negocio del agua embotellada precisamente para que la gente adquiera lo que necesita e (ii) incentiva el cuidado del recurso, lo cual probablemente explica el por qué las personas empezaron a guardar agua.

Si en tiempos de crisis el precio del agua no subiera, la gente no tendría ninguna señal de que el agua se está tornando escasa y probablemente la conservación del recurso no sería considerado esencial. En ese caso, la gente desperdiciaría precisamente aquello que es escaso porque no lo “sentiríamos” como escaso. Asimismo, dado que el precio se mantendría normal, la oferta también se mantendría a niveles normales lo cual es malo para la sociedad que, en medio de la crisis, requiere más agua. Como se puede ver, los precios en niveles normales en medio de una crisis son una pésima idea porque pueden retrasar la llegada del recurso que más se necesita de inmediato.

Si uno le pone topes a los precios o persigue los “precios abusivos” en tiempos de crisis, lo que se hace es desincentivar la conservación de los bienes que tanto se necesitan justamente en el momento en que más se necesitan y eliminar toda motivación para que se hagan esfuerzos adicionales en proveer ese producto necesitado. La gente que requiere de acceso inmediato a un recurso “nos comunica” esa necesidad urgente mediante el precio elevado y, de esa forma, tenemos la posibilidad de responder a esa necesidad urgente. Esto es algo que a veces se pierde de vista: la situación de los precios en una localidad nos comunica a quienes estamos en otra qué necesidades se tienen en esa localidad distinta. Los precios mitigan, de alguna forma, el aislamiento.

En suma, la persecución de precios elevados en tiempos de crisis, a diferencia de lo que los cazadores de duendes quieran hacerles creer, no solo es ineficiente sino que es inmoral porque perjudica precisamente a la gente damnificada (aislándola y retrasando la llegada del producto que demandan con urgencia). Los cazadores de duendes parecen creer que las donaciones son una mejor forma de ayudar a la gente necesitada. La economía elemental y el sentido común los contradice. La crisis que el Perú todavía atraviesa como consecuencia de las fuertes lluvias nos enseña varias lecciones (la necesidad del planeamiento adecuado de nuestras ciudades y la necesidad de penalizar la corrupción); pero si algo debemos tener claro es esto: el odiado precio alto hace más por la gente necesitada que el interesado cazador de duendes que solo quiere, en verdad, cazar tu voto en las próximas elecciones.

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