Por Roy Irribarren, alumno de la Facultad de Derecho de la PUCP y miembro del Consejo Editorial de EnfoqueDerecho.com

 “Saber más… es ser más libres”

-Cesar Vallejo-

El hombre, a lo largo de toda su existencia y evolución, siempre tuvo la necesidad de mostrar su poder –por no llamarlo poderío– para reafirmar su dominio y control en la tierra. Dicho poder se manifestaba y actualmente, también, se presenta con la imagen subjetiva de ubicar a cierto grupo por encima de otro u otros grupos sociales. En otras palabras, el ser humano siempre busca oprimir, de alguna u otra manera, con menos o mayor grado, a los suyos por considerarlos inferiores o mejor dicho por no considerarlos sujetos sociales.

La historia de la sociedad es un testigo de primer orden y, por lo tanto, se encarga de demostrarnos la veracidad de las afirmaciones propuestas, ya que tanto la historia como la sociedad se encargaron de definir este comportamiento humano. En primera instancia, el hombre dividió al mundo de forma trascendente en dos porciones, los del norte y los del sur; el primer grupo es el que posee “el control de la tierra” y por lo tanto del segundo grupo; en otras palabras los del norte son los países occidentales (los ricos) y los del sur los países “subdesarrollados” (los pobres).

Como segunda división que se hizo en la sociedad se encuentra la separación de “razas”; esta división del mundo tomo otro rumbo después de la Segunda Guerra Mundial, para ser más exactos después del antisemitismo Nazi, la cual paso de un mundo dividido en razas a un mundo dividido en culturas. Esta concepción de la sociedad trajo otras divisiones como el menosprecio a la dialéctica de otras culturas, creyendo que la de una es mejor que la dialéctica de otra; otra división que, también, produjo este nuevo “mundo de culturas”, y quizá la más peyorativa, es de crear una zanja social entre personas blancas y negras. Dicha división, basada en el color de piel, trajo más conflictos que las demás “distinciones” hechas por el hombre; su repercusión fue tan violenta que, a pesar que se produjo una solución para esta en la Declaración De los Derechos Civiles, aún quedan vestigios en la sociedad actual provocando diversos prejuicios.

En tercera y última instancia existe la problemática de una jerarquización. Como sabemos, la sociedad está formada por géneros (hombre y mujer); sin embargo, el problema, como los anteriores, no radica en la existencia de dos grupos sociales, sino, el hombre, por su afán en sentirse superior a los demás, se encargó de jerarquizar subjetivamente a estos grupos, ubicando al género masculino por “muy” encima del grupo femenino. Esta última concepción estuvo presente en la sociedad desde tiempos pasados, aunque no visible; es la razón por la que apenas hace cincuenta años atrás, aproximadamente, la sociedad emprendió la búsqueda de una solución impulsada, claro está, por ellas mismas para mermar este dilema de la sociedad. Si bien la reacción para solucionar este dilema fue tarde, ya que se arraigó fuertemente en la sociedad, se logró que la sociedad reconozca a la mujer como un individuo no inferior al hombre; es decir, se logró que las mujeres sean reconocidas como sujetos sociales y que merecen una “voz” en ella. Sin embargo, la sociedad actual no deja ir los vestigios que quedaron de la época con mayor opresión a la mujer.

Después de presentar esta fugaz “reseña histórica” de las diferenciaciones que el hombre hizo a lo largo de su existencia, y aun las hace, podemos concluir que la humanidad siempre se esmeró -erróneamente- en calificar, jerarquizar y diferenciar subjetivamente y de manera peyorativa a los suyos, que en palabras más simples, no es otra cosa que DISCRIMINAR.

Ahora, retornando en la línea del eje temático que nos acerca al título de este artículo; y después de haber abordado de manera tangencial las diversas maneras (más generales) de discriminación que existe en la sociedad podemos adentrarnos en el análisis de estos tipos de discriminación y buscar un análisis filosófico-ético adrede de estos “males” que la sociedad padece. Por lo consiguiente, solo me centrará en discutir, analizar y plantear una posible solución, exclusivamente, al tema de la discriminación a la mujer (DISCRIMINACIÓN DE GÉNERO).

En primer lugar, introduciremos unas de las concepciones del filósofo moderno Immanuel Kant sobre la moral: la Dignidad Humana. En ella se nos plantea que no debemos reducir a la persona solo como medio, sino también debemos concebirla como un fin; en otras palabras, las personas no deben ser reducidas a un simple objeto; el hombre es un fin en sí mismo y, por lo tanto, acreditarlo como un ser poseedor de dignidad. La indiferencia que la sociedad tuvo para con esta idea planteada por Kant explica, en parte, el porqué de la concepción de inferioridad que el hombre atribuye a la mujer.

Históricamente, la mujer fue obteniendo un rol específico frente a la sociedad: la encargada de los hijos y su función primordial de procrear. La mujer vista solo como un medio. Yuval Davis en su libro “Género y Nación” nos muestra como la mujer a lo largo de la historia fue siendo reducida a un medio, un medio para conservar una Nación. Es decir, se redujo a las mujeres como un objeto reproductivo. Este contexto tenía como fin primordial el crecimiento poblacional de una Nación en un determinado Estado; por ejemplo, los países de Medio Oriente buscaban ampliar su poder militar y para eso era necesario la existencia de más soldados, por lo que se plantearon leyes para obligar a las mujeres a tener un número determinado de hijos sin importar la opinión de ellas. Del mismo modo, este contexto también estuvo presente en la sociedad Nazi, en la cual se obligaba a las mujeres a tener hijos solo con los soldados de la SS, ya que de esa manera se obtendrían niños de raza (Aria) pura, convirtiéndose esto en un fin y a la mujer en un medio para este propósito. Por otro lado, en algunos países occidentales como Inglaterra también concebían a la mujer como medio y no como fin; esto se demuestra en regímenes cuyas autoridades ofrecían dinero a las mujeres que decidían ser madres; incluso el Perú Republicano también tenía esta política. En conclusión, podemos decir que se concebía a la mujer solo como un medio (objeto reproductivo) para un fin, que no es la mujer en sí misma, (mantener la soberanía de una Nación). Todo este ideal que se fue construyendo alrededor de la mujer contribuyó, en parte, para los cimientos de la discriminación de la mujer, como la creación del estereotipo de que solo la mujer se puede dedicar al cuidado de los hijos y del hogar, en general: “la mujer es ama de casa”.

En segundo lugar y continuando con la idea anteriormente expuesta de Kant, hablaremos de como la mujer, actualmente, sigue siendo reducida a un mero objeto y, por lo tanto, se va dejando de lado su dignidad. En esta era la mujer ya no es vista como un objeto reproductor sino como un objeto sexual. A esta la llamaremos la cosificación de la mujer. Este término, que se liga con la reducción del hombre a un mero objeto y a su vez se desprende de la idea de Kant sobre la dignidad humana, se encuentra, quizá, más ligado con la discriminación de género, ya que en una sociedad machista, como lo es por ejemplo nuestro Perú, la mujer va perdiendo su dignidad como persona debido a que el “macho” peruano las rebaja a una imagen sexual y deja de lado su valor como personas, como ser social. Una de las consecuencias que traería consigo la discriminación de género en base a la cosificación de la mujer es el acoso callejero que este grupo sufre a diario y en cualquier lugar. Retomando al Perú como ejemplo podemos apreciar como esta forma de ver a las mujeres se hizo latente.

Hanna Arendt y su planteamiento sobre el juicio de valor y la responsabilidad serán, en tercer lugar, la base para continuar con el análisis sobre la discriminación que sufre la mujer. Este ideal consiste en otorgarle un valor a la persona usando nuestra capacidad para pensar y a la vez hacerse responsable de sus juicios: la capacidad de juzgar. De esta concepción se podría decir que en nuestra época está muy denigrada, ya que, actualmente, nuestra sociedad realiza un juicio valorativo muy despectivo e inclinado a la discriminación. El hombre no otorga un valor a la mujer como debe de ser, al contrario, la desvaloriza y la imagina como inferior a él, lo cual crea el imaginario de poder del hombre sobre la mujer.

La desvalorización del grupo femenino responde a la violencia que la mujer sufre por parte del varón en el hogar. Como el marido se siente el “amo y poderoso” en el hogar y cree que tiene el derecho de agredir tanto física como psicológicamente a su esposa; y en algunos casos llegar hasta el feminicidio. Esta acción nos muestra como la sociedad ha creado la imagen de que el hombre tiene el control de la misma y, por consiguiente, también de la mujer, ya que, ella es vista como el género débil e inferior, lo cual es la base para el machismo. Y si hablamos de machismo no solo es concepción del varón, sino existen mujeres que aceptan esta idea de inferioridad. Aunque parezca extraño, algunas mujeres también tienen arraigado, en diferente grado e inconscientemente, esta idea de que el género masculino es superior a las mujeres. Un claro y simple ejemplo se puede ver cuando las madres suelen decirles a sus pequeños hijos varones “los hombres no lloran” después de haberse lastimado. Por más simple y trivial que suene esta frase engloba la percepción que la sociedad tiene sobre estos dos géneros; al decirles a sus hijos esta frase también, implícitamente, están aceptando que las mujeres sí lloran, que los hombres son más fuertes y por ende, no lloran. Frases que a primera vista parecen inocentes son clichés machistas.

Luego de haber analizado brevemente con un enfoque filosófico-ético las consecuencias y los por qué de algunos contextos sobre la discriminación de género pasaremos a plantear algunas sugerencias que podrían ayudar a mermar la discriminación que sufre la mujer actualmente en la sociedad.

Continuando con H. Arendt plantearemos otra concepción que ella nos presenta en su trabajo “Condición Humana”: “En el hombre, la alteridad que comparte con todo lo que es, y la distinción, que comparte con todo lo vivo, se convierten en unicidad, y la pluralidad humana es la paradójica pluralidad de seres únicos.” En esta idea la filósofa Arendt nos presenta una concepción muy interesante, la pluralidad; esta nos explica cómo todos nosotros somos seres iguales (igualdad) y a la vez, también, somos diferentes (equidad). El planteamiento que Arendt da a relucir es una pieza fundamental para educar al hombre en un sistema de responsabilidad social y sin discriminación. Es decir, la discriminación a la mujer disminuiría y posiblemente desaparecería del pensamiento de cada individuo si se inculcara los ideales de igualdad y equidad. El primero nos enseñaría que todos los seres humanos somos iguales, en este caso sin importar el sexo, debido a que todos poseemos los mismos derechos y deberes. El segundo nos enseñaría que todos somos diferentes, y es ahí donde radica la paradoja, ya que cada ser es único porque posee una identidad y autonomía, en este caso posee un sexo distinto. Estos principios, en síntesis, infunden una sociedad tolerante, libre y responsable.

Para finalizar, tenemos como segundo supuesto de solución contra una sociedad discriminadora de la mujer a “Las tres formas básicas de reconocimiento entre seres humanos” escrita por Axel Honneth. Primero encontramos al amor. En ella se plantea formar al hombre desde el hogar, que es la base de la sociedad y de las relaciones. El propósito es construir a la mujer psicológicamente sana, desaparecer del hogar cualquier rastro machista y cualquier vestigio que impida desarrollar las autoconfianza de la mujer; crear un ideal en las hijas de que no son inferiores a nadie, que son tan iguales como el género masculino. Segundo se encuentra el Derecho. Esta “forma” llega a ser más objetiva, ya que el respeto por parte de la otra persona no radica en los sentimientos o afectos que se tienen hacia ella, sino, por el contrario, estos elementos pasan a segundo plano; el reconocimiento de la persona se basa en la razón, respetar al otro porque la ley lo demanda así no sepas ni lo mínimo de esa persona. Ergo, las mujeres, igual que los hombres, son individuos sociales y, por lo tanto, son iguales en materia de derechos, lo que las lleva a la exigencia de respeto en la sociedad. Por otro lado, este “nivel” de reconocimiento genera en el individuo mismo un autorespeto, una autovaloración. Tercero y último tenemos al reconocimiento en su forma ideal, en su forma máxima y generalizada: Estima social. En ella las dos formas anteriores llegan a fusionarse y a establecerse de manera más universal. De este modo el reconocimiento de una persona no solo estaría basada en leyes (respeto) sino también tendría que existir una estima por esa persona que no conoces, una estima por el simple hecho de valorarla socialmente: un “afecto ampliado” -solidario-. Este punto en el caso de la discriminación de género llega a su máximo esplendor en cuanto a encontrar una solución posible para tal problema, ya que la valoración y la estima sería ampliada; es decir, el valorar y respetar a otros grupos humanos, como lo es el género femenino. Una valoración a todas las mujeres en general, sin importar si las conoces o no, del mismo modo, un respeto hacia ese grupo humano que si bien son diferentes, también, son iguales.

Si se logra tales planteamientos la sociedad alcanzará un nivel moralmente bueno; alcanzará un comunismo moral donde no exista una subyugación de la mujer; y es lo que el hombre debe ansiar, así como personalmente yo lo espero, aunque quizá, en un principio, parezca raro escuchar a un hombre hablar de feminismo, ya que no es común en nuestra sociedad. Y es desde ese punto que las mentalidades deben partir para que los arcaicos pensamientos machistas, que arrastra hasta la Iglesia misma, desaparezcan y  así lograr un mérito moral.


BIBLIOGRAFÍA:

FERNANDEZ, Ana María (1993) Las mujeres en la imaginación colectiva: una historia de discriminación y resistencia. Buenos Aires: Paidos.

YUVAL-DAVIS, Nira (2004) Género y nación. Lima: Flora Tristán

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