Por: Carolina Diez Canseco, estudiante de Derecho en la PUCP y miembro del programa de desarrollo social Khuska

“Estacionados frente a las pequeñas pantallas – del televisor, del ordenador y de la agenda electrónica- podemos navegar hasta las imágenes y breves reportajes de los desastres en todo el mundo… Sin embargo, aunque las noticias sobre la guerra sean propagadas en la actualidad por todo el mundo, ello no implica que la capacidad para reflexionar acerca del sufrimiento de la gente distante sea sensiblemente mayor.”

Susan Sontag

En esta ocasión no voy a hablar de los problemas de Siria, voy a hablar, en concreto, de la facilidad que tenemos nosotros para ser conmovidos por las imágenes de niños sufriendo la guerra, y luego olvidarnos de ellos. En concreto,  analizaré cómo la memoria colectiva es de corto plazo y, por más que uno quiera ser la excepción, esta insensibilidad del olvido parece ser una característica del siglo XXI.

En un mundo donde tenemos toda la información en la palma de la mano, no existen fronteras que nos aíslen de conocer las tragedias de la guerra, ni de ver a las víctimas en tiempo real. En esta era de las redes sociales, las imágenes juegan un rol crucial para generar un impacto, ya que se pueden volver rápidamente virales. Es el caso de la foto de Aylan, el niño Sirio de 3 años que se encontró muerto en la orilla de la playa de Bodrum en Turquía.

Aylan murió ahogado, al igual que su madre, su hermano y otras nueve personas que estaban cruzando el mar tratando de escapar de la guerra. El 2 de septiembre de 2015, la conmovedora imagen de su pequeño cuerpo sin vida arrastrado por el mar se expandió por internet en cuestión de horas. Y, como toda imagen de guerra que se vuelve tendencia en los medios, generó la reacción de políticos, activistas y lideres mundiales, prometiendo medidas para que nunca más vuelva a suceder una tragedia como tal.

El expresidente de Francia, François Hollande, dijo que era “una tragedia y una interpelación para ayudar a los refugiados”. El entonces primer ministro de Inglaterra, David Cameron aseguró estar “profundamente conmovido”. La canciller alemana, Angela Merkel, declaró que esta crisis nos concernía “a todos”. Sin embargo, como dice el título de una noticia publicada un año después del incidente, por el diario El Mundo de España, “Aylan, la foto que no sirvió de nada”, ya que, después de un año de la muerte de Aylan, el número de menores fallecidos se multiplicó. Conforme a cifras de la organización Save the Children, otros 423 niños perdieron sus vidas en medio del mar Mediterráneo. A pesar del escándalo y el alcance que tuvo la foto, nos olvidamos de Aylan.

En agosto del 2016, la imagen de otro niño sirio estremeció al mundo y a la opinión pública internacional. Fue la imagen de Omran, un niño de cuatro años, sentado solo en una ambulancia en Alepo, cubierto de polvo y sangre. Su rostro perdido e inocente fue capturado por una cámara y luego compartido por todos en los medios de comunicación. Al igual que Aylan, nuevamente surgieron promesas y declaraciones más allá de los tweets y de Facebook.

En su intervención en la ONU sobre el tema de inmigración, el entonces presidente de EE.UU., Barack Obama, usó de ejemplo a Alex para avocar a la sensibilidad de las personas, ya que este era un neoyorquino de seis años que le mandó una carta ofreciendo su hogar para Omran y pidiendo que por favor vayan a rescatarlo. Sin embargo, pasaron los años y ahora ellos son solo dos niños de los 8.4 millones, según UNICEF, que son víctimas de la violencia en Siria. Omran y Aylan son niños que tenían todo el derecho de estar jugando, aprendiendo, descansando, y de ser amados. Pero que, en cambio, dadas sus circunstancias se convirtieron en la cara visible de una guerra que el mundo solo recuerda cuando algún fotógrafo captura una imagen tan impactante como la de ellos dos.

¿Por qué que estas imágenes logran impactar al mundo entero? Según Virginia Woolf, las fotografías “no son un argumento; son simplemente la burda expresión de un hecho dirigido a la vista… La vista está conectada con el cerebro; el cerebro con el sistema nervioso. Este sistema manda sus mensajes en un relampagueo a los recuerdos del pasado y a los sentimientos presentes”. Bajo esta idea, podemos entender que, por el hecho de ser un registro de la realidad, las imágenes nos generan emociones y nos sorprenden. Las imágenes que reflejan realidades en guerra tienen el poder de denunciar y conmocionar, de tal manera que pueden generar conciencia en el público para que se deje de lado la indiferencia.

Dentro del rubro de imágenes de guerra, son aquellas específicamente con niños -como las de Omran y Aylan- las que tienen una carga emocional más impactante para el espectador. Esto se debe a que los niños son las víctimas que más nos dan pena, porque son totalmente vulnerables e inocentes, ajenos de cualquier motivo trastornado de los líderes de la confrontación; pero que, sin embargo, son las víctimas más afectadas. Hay que reconocer también que parte del poder de una imagen está en hacernos ver, cuando nuestros instintos nos dicen que miremos a otro lado.

Ahora, ¿por qué olvidamos las realidades que tanto nos impactaron, como las reflejadas en las imágenes de Omran y Aylan? Vivimos en una sociedad con una cultura de consumo y una sobreoferta de información. Estas características combinadas implican un peligro para la sensibilidad y la memoria colectiva de la sociedad. La cultura de consumo causa la competencia constante de información, y ya que desde tu computadora o televisor estás a un clic de cambiar la página, tienes el control para decidir evadir todo lo que no quieres ver.

Gemma Corradi reflexiona sobre la tremenda aceleración de nuestra sociedad, observando que el hombre civilizado se encuentra constantemente aburrido o apurado, porque se ha hecho incapaz de cultivar un saber conectado con la vida interior. Al hacerse cada vez más difícil esta capacidad de establecer conexión interior, las personas estamos sujetas por un ritmo de vida basado en la productividad y eficiencia, que finalmente nos acostumbran a estar siempre de prisa, a pasar la página y seguir con nuestras vidas.

Al tener el control sobre qué mirar y qué no mirar, a qué detenernos a leer y qué simplemente desplazar de tu news feed, se nos facilita el hecho de ignorar todo aquello que nos pueda abrumar. La historia ha demostrado que hay demasiadas injusticias en el mundo, y, para alguien lejano a ellas, es más fácil ignorarlas o no recordarlas, y seguir con tus propios problemas. Si a ello le sumamos el hecho de ser espectadores de calamidades que tienen lugar en un país lejano, la posibilidad de perder empatía se amplía, ya que donde quiera que uno se sienta seguro está tentado a sentir indiferencia hacia el otro.

Teniendo todo esto en cuenta, espero que uno esté muy equivocado si cree que a causa de esta era de sobrecarga informativa, en la que se convierte normal ver desde la comodidad de nuestras casas a las víctimas lejanas de la guerra, podríamos convertirnos en insensibles ante la desdicha de los otros. No espero pedir que los lideres políticos cumplan con sus promesas, es más un mensaje a la sociedad para que no pierda la sensibilidad frente a los horrores por los que otros pasan. Espero que esta reflexión informe sobre lo peligroso que puede ser la memoria colectiva que olvida, y la facilidad con la que olvidamos hasta aquellas cosas que más nos conmocionaron.

Debemos recordar que este 2018 serán ya siete violentos años que han sembrado la muerte y la destrucción en Siria. Millones de personas han sido víctimas, y muchas de estas son niños. Que como Omran y Aylan, con foto o sin ella, no dejan de sufrir. Que con foto o sin ella, son niños a quienes se les han robado la infancia, la tranquilidad, la familia, la salud, la educación, y todos los derechos fundamentales que les pertenecen. Que con foto o sin ella, son niños que no debemos olvidar, más ahora que se ha demostrado con el último ataque en la localidad de Duma, que lamentablemente esta guerra aún no vislumbra un final.


Fuentes recomendadas:

  • SONTAG, Susan

2004    Ante el Dolor de los demás. Traducción de Aurelio Major. Madrid: Santillana Ediciones Generales, S.L.

  • KREBS, Victor

1997    Del alma y el arte. Reflexiones en torno a la cultura, la imagen, y la memoria. Caracas: Editorial Arte, pp.80-108

  • O’HAGAN, Sean

2015 “The photographs that moved the world to tears – and to take action”. The Guardian. 11 de Septiembre. Fecha de consulta: 18 de abril 2018
https://www.theguardian.com/commentisfree/2015/sep/06/photograph-refugee-crisis-aylan-kurdi

  • GALLARDO, Maria del Mar

2016    “Los otros Aylan”. El Periódico – Edición Catalunya, Edición Global. Barcelona, 6 de Septiembre. Fecha de consulta: 19 de abril 2018.
https://www.elperiodico.com/es/internacional/20160902/un-ano-de-aylan-el-icono-de-la-tragedia-5356840

  • CÁRCAMO, Magdalena

2016    “Niños, guerra y Siria: lo que hay detrás de la foto que todos compartieron”. El Definido. 25 de Agosto. Fecha de Consulta: 20 de abril 2018.
http://www.eldefinido.cl/actualidad/plazapublica/7328/Ninos-guerra-y-Siria-lo-que-hay-detras-de-la-foto-que-todos-compartieron/

  • ROJAS, Alberto

2016    “Aylan, la foto que no sirvió de nada”. El Mundo. España, 21 de Agosto. Fecha de consulta: 18 de abril 2018.
http://www.elmundo.es/cultura/2016/08/21/57b88fff22601dfd7d8b4661.html

  • COMITÉ INTERNACIONAL DE LA CRUZ ROJA

2017    “Los niños en Siria”. El Comité Internacional de La Cruz Roja. Fecha de consulta: 19 de abril 2018
https://www.icrc.org/es/donde-trabajamos/medio-oriente/siria/ninos

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