Separar lo ético de lo legal lleva a hacer de la justicia un cadáver, a crucificarla en el sistema que debería reinar.

Podemos decir que lo legal es lo que está escrito en la ley, pero lo escrito no siempre es claro. Si fuera claro, los abogados no tendrían trabajo. Su tarea es interpretar las normas y, muchas veces, también crearlas. Al hacerlo, deben preguntarse qué es lo correcto, porque lo legal no es lo posible, no es aquello de lo que puedo convencer, no es lo que se me antoja, no es lo que se me ordena ni lo que me conviene, es lo que considero correcto. ¿Correcto conforme a qué? A la matriz ética del Derecho, a los valores constitucionales, a la justicia, a la verdad. Claro, no todos opinarán lo mismo respecto a tal o cual palabra de la ley, pero la discusión debe ser cuál es la lectura correcta, no qué es lo que le conviene a quien tiene poder sobre el abogado.

Por supuesto, existen leyes que son poco éticas, porque, por ejemplo, benefician a quien tiene el poder de “gestionarlas”. Esto pasa, y la ley existe, pero, digamos, no es verdaderamente “legal”. ¿Por qué? Porque no es fruto de relaciones equilibradas, y la Constitución busca el equilibrio y establece procedimientos y principios que inspiran la dación de leyes en ese sentido. De acuerdo a la Constitución, las leyes no se venden al mejor postor, así que una ley comprada no es verdaderamente “legal” y una ley impuesta a la parte débil tampoco debería serlo.

No es legal una ley que sale para hacerle la vida fácil a los amigos, para que se puedan esquivar sanciones o para enquistarse en el poder. Tampoco es legal un contrato que se firma con engaños, ni una compañía que se constituye para lavar plata, ni una operación que busca esquivar impuestos. No es legal usar el derecho a la intimidad para actuar ilícitamente sin ser visto, ni usar el secreto profesional para ocultar fechorías. El abuso del derecho no es legal. Tampoco es legal dilatar el proceso para que la contraparte se quede sin plata porque lo legal es el debido proceso y la plata no debe jugar un papel en la suerte judicial. De igual modo, no es legal que una víctima de violación tenga que pasar un calvario para denunciar a su agresor porque las barreras al acceso a la justicia no son legales.

El hecho que leyes y actos como estos se sostengan en el mundo del derecho no los hace legales, solo muestra que el sistema está corrupto.

Un Estado Constitucional de Derecho no es tal si la ley verdadera es “a más plata más derechos” y “quien tiene poder hace lo que quiere con la ley”. Si eso es así, estamos en un “estado de cosas inconstitucional”, donde nada es legal, aunque este escrito en leyes y sentencias.

Freud decía que el Derecho declara tener como finalidad frenar el uso de la fuerza y la violencia pero termina animado justamente por aquello que buscaba evitar. La verdad del sistema de justicia es, demasiadas veces, lo opuesto a lo que manda nuestra Constitución.

A partir de estas reflexiones, pienso que es necesario, hoy más que nunca, dar vida a la filosofía del derecho, a la ética como fuerza que anima y a la responsabilidad profesional.

Asimismo, pienso en la relevancia del psicoanálisis del derecho porque es necesario mirar aquello que no queremos reconocer de nuestro derecho y de nuestra profesión, aunque sea doloroso y peligroso hacerlo. Es necesario reconocer qué nos anima, qué deseos conducen a nuestro “pensar como abogado” para mejorar desde esa realidad, que hoy es sombra. Sin eso, podrán cambiar las palabras pero la justicia ¡ay! seguirá muriendo.

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