Oscar Sumar, profesor de calidad regulatoria en la PUCP y director de la asociación civil Regulación Racional.

Hace pocas semanas, el presidente Vizcarra ha anunciado que impulsará la reforma de la Constitución en al menos seis puntos. Esta vez, me quisiera concentrar en dos de ellos: el bicameralismo y la prohibición de reelección. Considero que ninguna de estas dos reformas tiene posibilidades reales de mejorar la forma en la que se hace política, ni la calidad de las normas o investigaciones llevadas a cabo por el Congreso.

¿Por qué dos cámaras?

Los argumentos son bien variados. Van desde que necesitamos más “reflexión” en el Congreso hasta mayor representatividad. Sin embargo, lo cierto es que dividir el voto en dos partes no garantiza ninguna de las dos cosas.

En relación a la supuesta mayor reflexión, hoy en día, los proyectos de ley pueden pasar por más de una revisión. Primero, en comisiones de trabajo y, luego, en la comisión permanente o el pleno. ¿Eso garantiza que sean proyectos bien pensados? No, lo único que garantizan es que será más difícil aprobarlos, ya que requerirán una mayor negociación por votos. El mismo resultado se podría lograr elevando la cantidad de votos necesarios para aprobar una norma. Si el Congreso está en venta, elevar el precio del producto solo hará que su adquisición sea inequitativa, beneficiando a los grupos con más recursos y mejor organizados de la sociedad. ¿El resultado de las políticas mejorará así? Siempre va a depender de a quién se quiera ver beneficiado.

Otra forma de verlo es que –independientemente de a quien beneficien- habrán menos normas. Esto tiene doble filo: por un lado, efectivamente podría servir para detener la avalancha de normas pero, por otro, ya tenemos miles de normas que –más bien- requerirían ser derogadas y para eso se necesitaría de un congreso activo. Además, en los últimos años la mayor parte de la producción normativa no ha estado en manos del Congreso, sino del Ejecutivo, con lo cual reducir el número de normas que el Congreso apruebe no tendrá un gran impacto en el total de normas aprobadas.

Esta no es, sin embargo, la razón preferida de la mayoría. La mayoría ve (o sueña) al senado como un espacio donde no tendremos a los congresistas impresentables de la actualidad, sino a “caballeros”. Esa ficción de que un señor barrigón, canoso y que cite a Montesquieu le agregará “nivel” al debate es eso, una ficción. La verdadera justificación detrás del deseo de la mayoría de tener un senado está basada en prejuicios, en la imagen de un señorón blanco, entrado en canas, que con su sabiduría guiará al pueblo.

Por otro lado, tenemos el tema de la representatividad. ¿Realmente es necesario que cada provincia o región tenga un representante en el Congreso? Creo que hay formas más eficientes de lograr que las normas con impacto regional reciban feedback de las regiones involucradas. Por ejemplo, se podrían utilizar mecanismos de consulta. Un poder legislativo se ha mostrado como una tecnología que resiste el paso del tiempo; sin embargo, eso no quiere decir que algunas de sus premisas no puedan ser revisadas y encontremos mejores caminos para lograr algunos de sus objetivos.

Al final, hablar de bicameralismo es hablar simplemente de más congresistas y de votos en dos rondas. Lo primero, lo único que hará será diluir –incluso más- la responsabilidad de los congresistas y hacerlos más difíciles de fiscalizar. Lo segundo, se puede lograr mediante cambios en las reglas de votación. En definitiva, tener más congresistas no soluciona ningún problema, sino que lo agrava.

¿Es mala la reelección?

En realidad, todo lo contrario. Si tenemos un buen sistema de elección de congresistas (donde los votos realmente se vean reflejados en curules) entonces la reelección crea un poderoso incentivos para que los congresistas alineen sus objetivos a los de sus electores. Por otro lado, también da la opción de tener “políticos profesionales”.

Actualmente, la cantidad de congresistas reelectos es pequeña, por lo que tenemos solo “aves de paso” en el congreso. El camino, fuera de quitar la reelección, debería de ser más bien crear más incentivos para que se alineen. Por ejemplo, implementar la renovación por tercios, quitar la inmunidad y aumentar el sistema de control a los parlamentarios. Sabemos que la calidad profesional y moral de los actuales congresistas es paupérrima, pero eso no se va a mejorar con buenas intenciones, sino con incentivos congresos y fuertes para que ellos cambien su comportamiento. Hacerlos responsables de sus actos y sus decisiones es la única forma de lograr cambios reales.

Quizá es hora de plantear si en lugar de más congresistas y más cámaras dentro del Congreso más bien tengamos menos: así serían más fáciles de fiscalizar, cada uno sería más responsable de las políticas que apruebe, costarían menos (cada congresista cuesta más de 100 mil soles mensuales) y no tendríamos a tantos impresentables que lamentar día a día. Que a su vez, dichos impresentables puedan ser removidos a la mitad de su mandato y que no tengan inmunidad. Quizá eso sí ayude a mejorar la calidad del Congreso.

Fuente de imagen: infobae

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