Oscar Sumar, director de Regulación Racional y doctor en Derecho por UC Berkeley.

De un tiempo a esta parte, se ha vuelto una costumbre que cada semana el Congreso o reguladores nos sorprendan con una nueva gran idea de regulación. Estas normas –supuestamente- nos benefician como consumidores; pero, en realidad, nos quitan alternativas y le restan dinamismo al mercado. Algunas de estas nuevas “grandes ideas” incluyen:

  • Establecer que el cobro de los estacionamientos sea por minuto y no por hora. Se dice que cobrarte por hora implica que muchas veces se cobre de más (injustamente). ¿Cuál es la racionalidad detrás de cobrar por hora y no por minuto? No es muy difícil darse cuenta que –principalmente- se debe a que incentiva el uso del espacio a las personas que quieren quedarse más tiempo. De hecho, el alquiler de otros espacios como casas u oficinas sigue un criterio similar. Yo, como host en Airbnb, de hecho premio a las personas que se quedan más tiempo en mi casa (digamos, un mes), versus las que solo quieren quedarse un día. Es tan clara la racionalidad detrás que incluso Airbnb sugiere un descuento para usuarios que se quedan más tiempo. Luego, cobrar algunas horas (las primeras) completas y las siguientes por fracción, sería muy complejo. Sin embargo, el regulador no ve más allá de sus narices y simplemente percibe –de forma tonta e ignorante- que existe un “abuso” por parte de los estacionamientos. Esto, además, se suma a una retórica que pretende hacer ver a los estacionamientos como bienes público y monopolios. Ni lo uno, ni lo otro. Nadie tiene “derecho” al estacionamiento (privado o público). Tampoco son monopolios, dado que existen diversas alternativas para estacionar o para trasladarse en la ciudad sin necesitar un estacionamiento. Las discusiones sobre “abusos” en los estacionamientos son uno de los ejemplos más claros de cómo los limeños a veces nos comportamos como niños malcriados y pensamos que el mundo gira alrededor nuestro. ¿No te parece lo que te cobran en un estacionamiento? Perfecto, hazte hombre o mujer y anda en micro a tu trabajo o donde sea que quieras estacionar.
  • Poner información nutricional (número de calorías) en los menús de los restaurantes. Para comenzar, nadie lo leerá. Segundo, si asumimos que las personas leerán y entenderán esa información, precisamente usarán la información para poder ordenar mejor sus consumos durante el día, pero no para reducir el número de calorías. Las preferencias no varían por saber más, ya que las personas tienden a compensar el nivel de riesgo que asumen. Por ejemplo, si una persona quiere comer “chatarra” y le prohíbes comer chatarra en el desayuno, no comerá menos chatarra en general, sino que comerá más en el almuerzo y la cena. Esto incluso tiene un nombre: risk compensation, que es una variable del fenómeno más conocido de moral hazard. En definitiva, ésta es una nueva carga para los restaurantes, que no tiene forma de lograr nada que pueda ser considerado positivo a favor de la sociedad.
  • Regulación de apps de transporte privado. Se ha dicho mucho sobre este tema, por lo que solo me enfocaré en un aspecto que me parece el más interesante desde el punto de vista de la teoría regulatoria. Las sociedades tenemos más de una forma de “regular” nuestras conductas (sobre esto, los dejo con un artículo famoso del profesor de Harvard L. Lessig que cambió mi forma de entender el Derecho y la regulación). Una de ellas es el Derecho (normas emitidas por el Estado); pero muchas veces nos olvidamos –en los países con una gran tendencia hacia el intervencionismo estatal como Perú- que existen varias otras. Otra forma de regularnos es a través de los precios en un mercado. Si el precio de hacer “x” sube, las personas lo hacen menos. Si baja, lo hacen más. Otra forma es a través de normas sociales, quizá la que más se parece al Derecho y por eso es más fácil de entender. Por ejemplo, si es socialmente mal visto que se fume, ¿acaso no es una forma de regularlo? Otra forma es a través de la arquitectura. Puedo sacar una norma estatal prohibiendo que se cruce un determinado punto, pero también puedo construir un muro y físicamente impedirlo. Finalmente, la tecnología también puede “regular” la conducta de las personas. Por ejemplo, las apps de transporte regulan la forma en la que conductores y consumidores interactúan. Los taxis en Lima tradicionalmente han sido regulados por el Derecho. El Derecho trató de solucionar problemas como la calidad o seguridad del servicio fijando estándares a los conductores (pintar de amarillo sus carros, tener un botiquín, pasar una revisión técnica, etc.). Ese modelo, claramente, ha fracasado. Casi nunca se cumple y –cuando se cumple- no logra los objetivos supuestos. En ese escenario nacen las apps, que intentan lograr lo mismo (seguridad y calidad) por otros medios: ratings a los conductores y usuarios, información sobre el conductor, estándares impuestos por la empresa, recopilación y procesamiento inteligente de una gran cantidad de información sobre precios, preferencias, etc. El resultado es que estas apps son preferidas por las personas con suficiente dinero para optar por ellas. Es un caso casi puro de competencia entre dos modelos de regulación (Derecho vs. Tecnología), donde hay un claro ganador. Permitir que el Derecho estatal, a través del Congreso, regule las apps de transporte privado, en la práctica, equivale a reemplazar la alternativa ganadora por la perdedora, más allá de los detalles que se puedan mencionar o la retórica que se pueda usar para justificar la regulación.

Estos tres ejemplos creo que demuestran que nos encontramos en un momento en que nuestros legisladores o reguladores están desbocados. ¿Cómo parar esto? Fuera de aumentar el número de congresistas (que me parece absurdo), creo que el primer paso es darnos cuenta de que estas regulaciones no son la solución a ningún problema y que –más bien- nos traerán costos como sociedad.

 

Fuente de la imagen: iAgua

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