Por David Maco Cano, abogado por la Universidad Católica San Pablo, máster en Economía por la Universidad Francisco Marroquín y colaborador de Regulación Racional.

Titular un artículo con “La ingenuidad de terminar con el ahorro previsional” y decir, líneas más abajo, que los libertarios cuestionamos la conveniencia del Sistema Previsional Obligatorio, puede llevar a conclusiones equivocadas. Podría pasar, por ejemplo, que lleve a asumir que los libertarios deseamos “eliminar el ahorro previsional”. Nada más lejano de la realidad. Los libertarios no queremos eliminar ni crear nada de forma particular, sino que deseamos que el Estado, de forma general, deje de coaccionar a los ciudadanos para que hagan algo que puede ir, o va ya, en contra de sus intereses obligándolo a asumir un mal o elegir entre dos males. En el caso del ahorro previsional, por ejemplo, no queremos que este sea obligatorio que es diferente a querer acabar con el ahorro previsional. No deseamos que un funcionario público, mediante decreto o ley, piense que puede estimar mejor que millones de ciudadanos sus necesidades presentes o futuras y así determinar qué porcentaje de nuestra renta se debe consumir o atesorar.

Hecha esa necesaria aclaración para no caer en vicios de partida, es menester también analizar los argumentos de fondo que ha expuesto Carlos Ganoza  para sostener porqué sí debería haber ahorro previsional obligatorio. Sus razones, en esencia, son tres:

    • Si no se tiene ahorro previsional obligatorio, el 80% de la población caería en riesgo de pobreza en la vejez per se.
      • Las limitaciones cognitivas llevan a que las personas gasten todo su dinero hoy en vez de ahorrar para el mañana por un sesgo que él atribuye al “descuento hiperbólico”.
    • Si se llegasen a eliminar el ahorro previsional, habrían “externalidades políticas peligrosas” para satisfacer a un grupo de votantes los de la tercera edad, situación que llevaría a un desastre económico.

SIN EMBARGO, el autor olvida profundizar, en cada una de sus 3 razones, cuestiones importantes que afectan gravemente su posición final con respecto al “ahorro previsional obligatorio”:

1. No es necesariamente cierto que, si no hay ahorro previsional obligatorio, el 80% de la población vaya a caer en “riesgo de pobreza”. Esto por la sola razón que el dinero que no se ahorra (obligatoriamente o no), por necesidad se invierte y esta inversión bien se puede hacer de forma directa como agente activo del mercado. Carlos Ganoza asume que si el Estado no nos obliga a ahorrar, ese dinero no ahorrado mágicamente desaparecerá del mercado. Eso no es verdad. Si el Estado no me obliga a ahorrar, y yo tampoco lo hago por propia voluntad, esa renta bien podría ir destinada invertirse en acciones o algún activo que me deje, incluso, rentabilidad presente o de corto plazo y, en un futuro de largo plazo, pueda disponer de él con el valor que haya ganado para poder convertirlo nuevamente en capital y este, a su vez, genere renta mensual para la jubilación (aunque no es una situación que nos agrede mucho a los libertarios, las licencias de taxi en España o Argentina son un ejemplo claro de ello).

Otro factor que omite el autor es si ese 80% que alega haber calculado está compuesto por las personas que hoy ya ahorran obligatoriamente para su jubilación o si su estimado considera también a las personas que hoy, aún con la obligatoriedad impuesta por ley, no lo hacen por estar inmersas en el sector informal.

Es de tomar en cuenta que “obligados a ahorrar” solo están a aquellos que pertenecer a la PEA ocupada del sector formal. En cambio, las personas ocupadas en el sector informal –que representar ¾ de la fuerza laboral del país- hoy de por sí no ahorran nada para su jubilación de forma obligatoria y el presunto problema que pretende solucionarse con el ahorro obligatorio, en realidad, no ayudaría en nada. Es decir, incluso su estimado podría estar bien, pero si las personas que van a estar obligadas a ahorrar no representan el grueso de ese 80% con riesgo de pobreza en la vejez, el ahorro previsional de forma obligatoria no es solución para la problemática que él plantea.

Por lo tanto, su porcentaje propuesto, salvo que muestre el procedimiento para llegar a él, parece exagerado y, en caso de ser cierto, podría no estar interiorizando que la obligatoriedad a ahorrar no cubre a todos los trabajadores del país y, en consecuencia, no es solución al problema a futuro que presenta.

2. La limitación cognitiva de la que habla tiene cierto asidero porque es correcto estimar que los seres humanos tenemos preferencia al tener hoy antes que mañana –incluso la preferencia temporal habla de ello, pero eso tiene un “GRAN PERO”: tenemos esa preferencia siempre que la espera no sienta me es compensada –interés para el caso del capital- y que no se logre interiorizar los beneficios del ahorro para el futuro que, considerando se trata de la vejez y la posibilidad de ruina en ella, bien podría obligar a pasar por el “pensar lento” del que habla Kahneman antes que por el “pensar rápido”, como el autor asume-.

Por ejemplo, es cierto que si yo puedo elegir tener S/. 680 hoy o S/. 1000 en un año, es muy probable que prefiera S/. 680 hoy. Puesto así, el sesgo se sostiene porque hablamos de una decisión simple, rápida y que se toma casi por inercia, pero qué pasa si hablamos de algo más complejo y trascendental como el dinero a ahorrar para la jubilación presentado de esta manera: Una gestión pasiva de ahorro para la vejez, por ejemplo (Siguiendo el índice de Standard and Poor’s 500). Si hiciéramos ello para una persona que ahorra S/. 5000 soles anuales (poco más de S/. 415 mensuales, con 12 sueldos, o S/. 358 soles con 14 sueldos), habría que considerar la rentabilidad media de los últimos 15 años del índice (6.46% real), lo cual podría llevar a que, luego de 35 años de ahorro (más o menos el tiempo medio para una jubilación), se reciba unos S/. 750,000.00 –reales- (ya habiendo descontado la inflación promedio esperada). Puesta la cosa así, el sesgo ya no es tan evidente ni tan fuerte. Es más, si se hace un análisis más profundo, el trabajador empezará a notar las ventajas de la capitalización compuesta: Si hiciéramos el mismo ejercicio con un colchón en casa, el resultado sería S/. 175,000.00 que, si le restamos inflación esperada, fácilmente pueden ser menos de S/. 100,000.00. Entonces, el trabajador tendrá incentivos no solo para no caer en el sesgo y ahorrar, sino a hacerlo de forma que le sea lo más rentable posible.

Si se piensa con calma (un pensar lento), el sesgo que acusa Carlos Ganoza ya no es tan preciso como alega. Además, aun cuando se admita la existencia del mismo, ningún teórico del behavioral admite como solución obligar a las personas a hacer algo –veremos eso en el siguiente punto-.

3. Finalmente, afirmar que deberíamos aplicar necesariamente una política pública de “ahorro previsional obligatorio” para que, en un futuro, un gremio de personas de la tercera edad no nos “desfalque”, es un argumento que falaz y que escapa de los argumentos expuestos por los teóricos del behavioral economics. Esta es una propuesta que Thaler y Sustein jamás habrían admitido.

Precisamente la idea detrás del “paternalismo libertario” que se desarrolla en Nudge es todo lo contrario a lo propuesta por Carlos Ganoza. La idea detrás de los estudiosos del behavioral consiste en cambiar la inercia de los diseños institucionales (creando opciones “buenas” por defecto) al tiempo que se sigue permitiendo que las personas, asumiendo costes relativamente pequeños, puedan optar por salir del diseño institucional planteado por el estado.

Es decir, la idea detrás de los estudiosos del behavioral no es la de implantar o mantener una obligación, sino la de generar “empujones estructurados por defecto” que lleven a asumir decisiones que el estado podría considerar correctas, pero manteniéndose siempre la opción de salir de ellas cuando uno guste. Carlos Ganoza no apunta a ello. Él insiste en mantener la obligatoriedad negando toda posibilidad de salida.

Es más, como bien apunta Breyer -estudioso de la regulación-, es cuestionable pretender que el paternalismo sea consistente con las nociones de libertad de elección en tanto a que tiene su base en la desconfianza de la racionalidad del consumidor. Justamente apelar a una “racionalidad sintetizada”, “impuesta desde arriba” y establecida por el estado, sin haber antes establecido una “racionalidad básica” que ayude a escoger la normativa idónea que conlleve en una buena ley o decreto, conlleva a soluciones que lindan con lo dictatorial.

Además, si recordamos la omisión del punto 1 –quienes conforman ese 80%-, este riesgo sigue siendo potencialmente alto y no controlado puesto que nuestra PEA ocupada que no ahorra de forma obligatoria para su jubilación representa 1 de cada 4 personas; lo cual hace que, en el futuro, sigamos estando expuestos a los grupos de presión que teme el autor y, en consecuencia, no permite sea una razón válida para mantener el ahorro previsional obligatorio.

Finalmente, me animo a sostener que el verdadero problema, y que el autor no detecta, no es que la gente ahorre o no. El problema de fondo es que el Estado te obligue a ahorrar y te induzca a solo dos opciones creando una falsa dicotomía: 1) aportar al sistema pensionario del Estado que es lo suficientemente ineficiente como para repartir a los de ayer con el dinero de los que ahorran hoy, con la esperanza de que haya mañana para los de hoy, o 2) te dirigen a las AFP que, dados sus resultados en los últimos años, solo han generado rentabilidad para ellas mismas, pero poco, nada o hasta han perdido el ahorro del afiliado.

Por ejemplo, el estado de por sí ha descartado las siguientes formas de invertir el porcentaje de nuestra renta que no va destinado a consumo: 1) la gestión pasiva de los ahorros, que implica replicar el comportamiento de algún índice de referencia o inversor y emular cada acto que este haga como el ejemplo de Standard and Poor’s 500, 2) la gestión activa con fondos de inversión; o, simplemente, 3) la inversión por cuenta propia. Cualquiera de las tres formas no siendo una lista taxativa ni mucho menos exhaustivaes una opción al sistema de ahorro previsional obligatorio impuesto por el estado –incluso demostrado como en el caso del ejemplo- y bien podrían generar mucha más rentabilidad a futuro para el afiliado. Un desperdicio.

Quizá antes de pensar en una solución como la que parece deslizar Carlos Ganoza (regular a las AFP, seguramente estableciendo prohibiciones de cobro de comisiones en caso de no obtener rentabilidad o alguna idea parecida), debería estudiarse y debatirse más las “alternativas a la regulación” de las que habla Breyer en “Analizando el Fracaso en la Regulación: Sobre Malas Combinaciones, Alternativas Menos Restrictivas y Reforma”. Por ejemplo, bien podríamos desregular el sector de la gestión de ahorro para la vejez –abriendo la posibilidad a usar las alternativas del ejemplo anterior- y, más bien, generar el control a partir de la defensa del consumidor o, en todo caso, -algo que me gusta menos- establecer tributos para las comisiones que ganen las AFP en épocas en las que no han generado rentabilidad o incluso han perdido dinero, utilizando lo recaudado para devolver a los ahorristas parte del capital que hayan podido perder por la deficiente gestión.


Fuente de la imagen: blog.upn

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