Por: Cuerdas Separadas

Ayer fue mi cumpleaños. “¡Happy Birthday to you, Doctor!”, me dijo el socio del estudio. Al instante, se plegaron al saludo vigilantes, secretarias, practicantes y abogados. Conociéndolos bien, no les interesa nada. Mi cumpleaños tampoco. Pero les agradecí. Seguí caminando.

Al fondo del pasillo, el procurador asomó la cara: ¿cuántos años cumples? Le respondí con los dedos: 21. Parece que tuvieras 50. Le volví a responder con los dedos, con el del medio.

Después, me ubiqué en mi pequeño escritorio. El regalo estaba allí. Una resma de papeles que esperaban ser revisados y convertidos en una hermosa apelación, en este día tan especial.

Era increíble lo que me estaba pasando. Días atrás, pedí el día libre. No me respondieron. Con las montañas de hojas que tenía al frente, entendí el mensaje. Sería un día cualquiera. Algo está mal. No sé precisamente qué es, pero hay algo que no marcha bien.

Mientras revisaba cada folio, pensaba en los libros que tengo en casa. Son menos los de derecho que de literatura. Tengo el código civil comentado. Y al costado de éste, la edición en Anagrama de Los detectives salvajes de Roberto Bolaño; también tengo, sin leer, 2666. Muy cerca de estos ejemplares, están los Problemas del Proceso Civil de Eugenia Ariano. Al costado de la profesora convive Cortázar, Rayuela, en la última edición de la Real Academia Española. La compré por antojo. Allí cerca dan vueltas los malditos de Lautreámont y Baudelaire ante la presencia apacible de los libros de Neves. En esa proporción va la pequeña biblioteca.

No debería preocuparme mucho. ¿O sí? El derecho absorbe mi indignación; el arte, la canaliza, la permite discurrir. Creo que ambas disciplinas pueden combinar muy bien.

En respaldo de esta afirmación, puedo citar “Una novela criminal” de Jorge Volpi. Entre sus páginas, encontré una suerte de parábola:

«[R]eparo en que han transcurrido dos décadas desde la última vez que me adentré en un asunto judicial, un mundo que creí haber abandonado de forma definitiva en 1995, cuando, poco más de presentar mi tesis de licenciatura, renuncié a la posibilidad de estudiar un doctorado en Filosofía del Derecho para, creí yo, dedicarme sólo a la literatura. Ante mí se extienden los primeros legajos y descubro que, detrás de su jerga enrevesada, sus mentiras y verdades a medias, se esconde un cúmulo de historias entrecruzadas que me corresponde sacar a la luz valiéndome tanto de las herramientas de la literatura como de los instrumentos del derecho”.

Sin embargo, hallar razones que podrían unir ambos universos es inútil frente a lo que la literatura me genera. En un pequeño viaje a México, por ejemplo, sentí una epifanía. La novela que traía entre manos estaba ambientada en las calles del DF (ahora llamada Ciudad de México). Si Arturo Belano o Ulises Lima doblaban la esquina en dirección a Bucareli, yo hacía lo mismo. Como es de sospechar, yo no estaba caminando por allí, yo estaba caminando por Los detectives salvajes. Más tarde, cayó la lluvia. Mojó el libro. Inundó mis recuerdos. Concluyó el momento.

Hubiera querido que la fuerza de ese aguacero llegase progresivamente a Lima. Y que la violencia de su paso invadiera todos los rincones del estudio hasta destruir el cúmulo de papeles que me aprestaba a resumir.

Imposible. En esas páginas aburridas se disputan unos cuantos millones. Me animo a creer que la naturaleza tendría reparos de pasar por allí. Ni modo, las calles, la novela, la lluvia tuvieron un propósito más llano: tomarme de la mano y, mirándome a los ojos, decirme que estoy vivo.

Pensar en esto me coloca en una encrucijada. La literatura y el derecho permiten cosas distintas, pero complementarias. Aunque, siendo honestos, el viaje, México, la novela, la lluvia fue gracias al derecho. Mejor dicho, a la Facultad de Derecho. Estuve allá porque fui a representarla en la UNAM. Si no fuera porque podía defender la postura jurídica de la universidad, no hubiera existido nada. Me cuesta conectar estas cuerdas separadas. En el fondo, algo está mal. No sé precisamente qué es, pero hay algo que no marcha bien.

Así, logré terminar el esquema de la apelación. Era la una de la mañana. Los demás practicantes insistieron en bajar a Sargento Pimienta. Pedimos un taxi. Barranco a esa hora es una conjunción de luces mortecinas, avenidas descoloridas, hispters, converses y olor a marihuana. Sargento tiene esa esencia lúgubre, solo que no hay olor a hierba sino a chelas caras.

Sonaba mucho rock progresivo. De rato en rato caía alguna canción de salsa dura. Pusieron Plástico de Blades e, inmediatamente después, El cantante de Lavoe. Provisto de valor o de borrachera pedí a una chica bailar. Accedió. Mientras bailábamos noté que su rostro iba desapareciendo. Pestañeaba profusamente para distinguirla mejor. Fue en vano. Estaba bailando con un espectro. Voltee a buscar a mis amigos. El local estaba vacío. Siempre estuvo vacío. Me vi vestido con terno en un antro apenas reconocible. Más allá de huir, empecé a saltar de forma desbocada y delirante. Me desperté.

En mi cama, sudando y tembloroso, dije: “Algo está mal. No sé precisamente qué es, pero hay algo que no marcha bien”. En ese trance, recordé que mi madre me había conseguido una cita con el psicólogo. Sería la primera vez que me haría ver por uno de estos especialistas.

El tipo tenía una actitud inspectiva. Escribía todo lo que le decía, incluso mis ácidos cuestionamientos a su oficio. A pesar de mis acusaciones, se mostró condescendiente conmigo. Por fin había podido contar a alguien problemas vocacionales, fobias y derrotas. Te voy a dejar una tarea, exclamó con una sonrisa disimulada. Escribe un diario. ¡Explota allí! Coloca cada asunto que te inquiete o te moleste. Este será el inicio de la terapia.

Heme aquí. Me siento mejor.

Imagen: Adaptación de “Le reproduction interdite”, de René Magritte, por Pedro Llerena.


Los hechos relatados y los personajes presentados en este espacio son ficticios. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Enfoque Derecho no se solidariza necesariamente con los comentarios vertidos en este espacio.

 

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