Por Eileen Infantas, asociada del Estudio Echecopar asociado a Baker & McKenzie International

Esta predicción, que hace algunas décadas podría haber parecido un extracto de una novela de ciencia ficción, está cada vez más cerca de la realidad. El paradigma de la interconectividad es la base del concepto bautizado como «Internet of Things», «IoT» por sus siglas en inglés o «internet de las cosas» por su traducción literal en español. La tecnología IoT ha dejado de ser una posibilidad y se ha convertido en una realidad.

La sociedad se encuentra superpuesta a una gigantesca red de dispositivos interconectados entre sí, que recolectan y transmiten datos a través de internet (Morgan, 2014). Los dispositivos que implementan tecnología IoT se han incorporado rápidamente a nuestra cotidianidad, han transformado las más diversas industrias e, incluso, se han convertido en elementos centrales en la administración de ciudades.

La naturaleza del Internet de las Cosas

La tecnología IoT representa una nueva forma de establecer conexiones e interacciones (Morgan, 2014). Los seres humanos nos caracterizamos por nuestra capacidad para relacionarnos, comunicarnos y generar conexiones entre nosotros. A estas conexiones entre personas, podemos sumar las conexiones e interacciones, hoy indispensables, entre personas y objetos, como con nuestros smartphones. La tecnología IoT apuesta por conexiones entre objetos, en las cuales la intervención humana no existe (o se reduce mínimamente), automatizando procesos y buscando una mayor eficiencia.

Todo esto es posible gracias a un contexto en el cual la conectividad que permite la tecnología IoT no se encuentra atada -ni literal ni metafóricamente- a objetos estacionarios (Richardson et al, 2017). En los primeros años de la expansión del internet, dependíamos de grandes y aparatosas computadoras personales que accedían a la web, a través de cables telefónicos a velocidades que hoy nos parecen irrisorias. Esto significaba que el usuario tenía siempre -o casi siempre- el control absoluto del punto de acceso, de modo que los datos recolectados y compartidos se circunscribían a una ventana de tiempo determinada por el propio usuario.

En las últimas dos décadas y media, la naturaleza de la conectividad ha avanzado a pasos agigantados. Hoy en día, los dispositivos interconectados son portátiles, responden a contextos determinados y tienen permanente conexión a internet. Ahora bien, teniendo en cuenta que las cosas (dispositivos) se conectan unas con otras a través de la conexión a internet, estas también interactúan entre ellas, lo que genera que se procese y, a su vez, se produzca más información que nunca antes en la historia de la humanidad.

La tecnología que se emplea en el contexto del internet de las cosas no es particularmente nueva. Los sensores que permiten la recolección de información de la gran mayoría de dispositivos IoT han estado disponibles desde finales de los años setenta (Peppet, 2014). Sin embargo, el contexto actual ha permitido que su implementación se generalice por la reducción del costo del acceso a internet de banda ancha, lo cual ha sido un catalizador para el surgimiento de dispositivos que utilizan conexiones inalámbricas (Morgan, 2014). Así, vemos que las barreras de acceso para un gran porcentaje de la población se han disminuido considerablemente por la reducción de los costos asociados a la tecnología.

Las innovaciones que forman parte del IoT se han incorporado a todas las dimensiones de la vida humana. En su documental del año 2014, The Human Face of Big Data, Smolan nos presenta una serie de escenarios en los cuales la implementación de tecnología IoT tiene el potencial para revolucionar las industrias, las investigaciones y las políticas públicas. Precisamente, la información es recogida a través de sensores conectados, los cuales la envían a otros dispositivos, de modo que sea procesada y analizada sin la intervención humana.

Retos y oportunidades

Como hemos visto, el Internet de las Cosas, representada por la gigantesca red de objetos interconectados, tiene el potencial para impulsar la vida diaria de los individuos, desde cosas tan simples como recordatorios hasta implementaciones tan trascendentales como llamadas automáticas a servicios de emergencia. Del mismo modo, puede volver las industrias más eficientes y generar ciudades más inteligentes con un menor impacto ecológico (Morgan, 2014).

Sin embargo, las aparentemente infinitas posibilidades que surgen de la expansión del Internet de las Cosas no puede ser motivo para que hagamos caso omiso a los riesgos y los retos que estas tecnologías traen consigo. El reto más discutido de la implementación de tecnologías IoT es el riesgo que representa para la privacidad de datos, en donde el consentimiento del procesamiento de información sea dudoso. Asimismo, diversos autores han identificado y problematizado la posibilidad de que la tecnología IoT genere el surgimiento de nuevas prácticas discriminatorias, potencie los ataques a la seguridad personal y nacional (Peppet, 2014; Richardson et al, 2017).

En efecto, al integrarse en la trama de nuestra vida cotidiana, la tecnología IoT produce visibles beneficios en acceso a servicios y muchas oportunidades de innovación. Por otro lado, esta situación también vuelve al individuo, a la empresa o, incluso, al Estado mucho más vulnerable al acceso y uso desautorizado -o «involuntariamente» autorizado- de sus datos personales.

La protección de datos personales no es un tema nuevo y existen marcos jurídicos en distintos niveles que tienen por objetivo garantizar esta protección (Weber & Weber, 2010; Snell & Lee, 2015, Richardson et al, 2017). En Perú, por ejemplo, la Ley No. 29733, Ley de Protección de Datos Personales, fue promulgada en 2011 para regular el tratamiento de esta información. Pese a la existencia de esta Ley y otras similares en distintas jurisdicciones, existe una tendencia en la academia a considerar que la protección proporcionada es insuficiente (Peppet, 2014, Richardson et al, 2017). Ello, en tanto la existencia de reglas no garantiza que las personas se encuentren lo suficientemente informadas para saber a qué se exponen cuando dan su consentimiento para el tratamiento de sus datos personales.

El principal enemigo de la regulación es el cambio. En el caso de la innovación tecnológica, esta estará siempre un paso más adelante que la legislación. Evidentemente, no es posible legislar sobre aquello que aún no ha sido inventado o implementado. En este contexto, considerando la velocidad del surgimiento de nuevas tecnologías, el marco jurídico quedará rápidamente desfasado. En este sentido, la regulación se convierte en un problema, no solo para los usuarios de servicios IoT, sino para los proveedores de servicios, quienes no cuentan con regulación adecuada y clara que se adapte a las propuestas y los productos que buscan llevar al mercado (Weber & Weber, 2010).

El futuro de la regulación

Hablar del futuro de la regulación de nuevas tecnologías no significa formular propuestas restrictivas que ahoguen la innovación y generen mayores costos de transacción a los proveedores de servicios IoT. Richardson et al (2017) propone una regulación basada en la teoría de Regulación Receptiva, la cual busca la colaboración entre reguladores y administrados, considerando tanto a los consumidores como a los proveedores de servicios IoT en el proceso de construcción de regulación. Un marco regulatorio basado en este principio consideraría los intereses de las partes y generaría incentivos considerables para el cumplimiento de la normativa (Nielsen, 2009).

En este contexto, es indispensable reconocer que la regulación no solo es importante para el consumidor. Por el contrario, el status quo, en el cual la normativa desfasada corresponde a un momento distinto y que en la mayoría de los casos no resulta aplicable a las nuevas propuestas producto de la innovación tecnológica, ocasiona mayores costos de transacción a los proveedores de servicios. Al no contar con un conjunto claro de reglas y procedimientos, la incertidumbre aumenta el riesgo de la inversión y las posibles contingencias son mayores.

Ciertamente, toda aplicación de una normativa que no ha sido diseñada pensando en el contexto actual de la tecnología IoT requerirá de un grado determinado de interpretación por parte de las autoridades. Esta interpretación, la cual inevitablemente contendrá un elemento subjetivo, podría escapar a las predicciones de los agentes económicos, propiciando un escenario de incertidumbre sobre las reglas para los negocios que empleen la tecnología IoT.

Reflexiones Finales

Inevitablemente, toda innovación traerá consigo tanto retos como oportunidades. Cuando Gutenberg inventó la imprenta, logró que el conocimiento humano pudiera ser compartido en una escala antes impensable. Este mismo invento ha sido usado para falsificar documentos y divisas, para desinformar, así como para incitar el odio y la violencia. La tecnología es una herramienta, no es ni malvada ni sagrada. Somos nosotros, como consumidores, como proveedores o como reguladores, quienes determinamos el uso de la tecnología.

El Internet de las Cosas representa un paso más en la acelerada historia de la interconectividad, por lo que muchos de los problemas que enfrentamos no son nuevos, pero su dimensión sí lo es. La oportunidad de construir un mundo más eficiente no puede ser desaprovechada, por ello se debe tener en cuenta que la innovación no puede ser ahogada por regulaciones restrictivas.

Una regulación adecuada para el contexto de las tecnologías IoT requiere balancear la promoción de la innovación con el interés del consumidor (Richardosn et al, 2017), tomando como punto de partida las reales preocupaciones y necesidades de los administrados. Especialmente, debe servir como un plano claro que disminuya la incertidumbre y los costos de transacción de todos los involucrados en el mercado de servicios IoT.

Referencias

Morgan, J. (2014, May 13) A simple explanation of ‘The Internet of Things’. Recuperado de: https://www.forbes.com/

Nielsen, V. L. (2009) Testing Responsive Regulation in Regulatory Enforcement. Regulation and Governance 3(4).

Peppet, S. R. (2014) Regulating the Internet of Things: First Steps Toward Managing Discrimination, Privacy, Security & Consent. Texas Law Review 93(1).

Richardson, M. & Bosua, R. & Clark, K. & Webb, J. & Ahmad, A. & Maynard, S. (2017) Towards responsive regulation of the Internet of Things: Australian perspectives. Internet Policy Review 6(1).

Smolan, S. (2014) The Human Face of Big Data. Recuperado de https://www.youtube.com/watch?v=4VeITe6EJDU.

Snell, J. G. & Lee, C. (2015) The Internet of Things Changes Everything, or Does It? – Your Handy Guide to Legal Issues-Spotting in a World Where Everything is Connected. The Computer and Internet Lawyer 32(11).

Weber, R & Weber, R.H. (2010) General Approaches for a Legal Framework. Internet of things.Berlin: Springer-Verlag.

Imagen:  hanss/Shutterstock

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